Opinión

El capitalismo Woke y la democracia

Han existido y existen gobiernos y regímenes que buscan destruirla, pero siempre han sido fáciles de distinguir

Por Ricardo Israel -Abogado, excandidato presidencial en Chile (2013)-

La democracia siempre ha estado amenazada desde distintas orientaciones políticas, en lugares diferentes y bajo distintas culturas. Es una debilidad, pero al mismo tiempo su gran fortaleza es que ha logrado sobrevivir a estos desafíos.

Esta resiliencia de la democracia y su unión con los derechos humanos en su versión más perfeccionada ha sido muy positiva para el progreso de la humanidad, incluyendo al Estado de Derecho, como garantía de las libertades.

La democracia ha tenido también una característica muy destacable, su permanencia en el tiempo, toda vez que lo logrado por los griegos (aunque originalmente existían esclavos y no podían participar las mujeres) en el periodo clásico de Atenas, ha permanecido en lo esencial hasta el día de hoy, además, que tanto el derecho internacional como la ciencia política recogen definiciones que generalmente expresan lo mismo.

Han existido y existen gobiernos y regímenes que buscan destruirla, pero que sin embargo le agregan un apellido para disfrutar de su prestigio, tal como ocurriera con las que se llamaban “populares” en el siglo XX o las que se llaman del “socialismo del siglo XXI”, tal como ocurre con las castrochavistas de nuestro continente. Lo único seguro, es que cuando le agregan un apellido están muy lejos de ser consideradas democracias, ya que estas por lo general, no necesitan adjetivarse para ser tales.

Muchas de las doctrinas que han querido reemplazarla tienen un fuerte sesgo colectivista, sin embargo, la novedad del siglo XXI es un desafío desde un lugar inesperado, ya que desde el interior del capitalismo ha surgido una amenaza a la república y a la democracia y algunas de sus instituciones mas queridas. No se trata de enemigos tradicionales como las dictaduras militares, el comunismo o el fascismo, sino de una nueva variedad que se originó en países desarrollados y se ha internacionalizado hacia sociedades menos prosperas y estables, presentándose en algunos lugares como una derivación posmoderna del capitalismo, es el llamado capitalismo “woke”.

Se inicia en las universidades, al interior del progresismo, y con las redes sociales ha adquirido un muy fuerte despliegue en muchas partes del mundo. El nombre “woke” proviene del idioma inglés y alude al despertar, la necesidad de “estar despiertos” e “iluminar” a otros, a través del activismo.

Nació con aspectos tan positivos como la justicia social y la equidad racial junto a otros tan negativos como la intolerancia y la cancelación de aquellos que piensan distinto.

El wokismo no habla de reemplazar a la democracia, pero como movimiento se presenta como una forma de superación de ella, como una especie de posdemocracia, al mismo tiempo de asegurar que tiene una propuesta económica adecuada al siglo XXI y a la globalización que se vive, sobre todo, en temas de género y raciales, además de proponer todo un discurso de cambio de época en torno al tema climático, promoviendo la desaparición de las energías tradicionales, aunque no tengan un verdadero reemplazo para ellas.

No ataca al mercado, pero sí a la democracia y a las instituciones republicanas. El movimiento woke trajo al Occidente su propia versión de revolución cultural. Lo suyo se inicia en el plano ideológico, y la versión mas extrema del movimiento aspira a imponer sus ideas y proyecto al resto de la sociedad.

No la imita ni la nombra ya que las condiciones son distintas, pero, así como la Revolución Cultural china del siglo pasado fue un gigantesco intento de acabar con la herencia de Confucio, este movimiento de las elites combate la herencia de la ilustración, incluyendo aportes tan notables a la humanidad como la libertad de pensamiento y la libertad de opinión. En lo que se unen ambas es en derribar estatua y borrar la presencia en el espacio público de lo que no les gusta, aplicando a siglos anteriores una lectura actual, y, por lo tanto, distorsionada, de hechos que simplemente no pueden igualarse por el tiempo transcurrido.

Es un movimiento de elites por el origen social y la formación universitaria de posgrado de muchas de sus figuras más representativas, quienes pueden haber creado partidos políticos nuevos o pueden haberse integrado a uno tradicional, pero se les distingue por una actitud de confrontación aguda en el plano de las ideas y una visión de la democracia muy diferente a la tradicional, la única que la historia reconoce como tal.

No atacan al sistema económico, respetando y aun promoviendo el carácter capitalista, pero sí dañan a las instituciones republicanas, sobre todo a la democracia y el diálogo que se necesita para para poder funcionar y prosperar.

El capitalismo woke daña y perjudica a la democracia a través del individualismo sin control y de políticas identitarias que acaban con la noción de igualdad ante la ley. Se hace difícil la mantención de la democracia sin apellidos cuando se imposibilita lo que esta necesita para prosperar, lo que ocurre cuando los movimientos de característica woke llevan al gobierno la cancelación y la superioridad moral, al negar la legitimidad de aquellos que no piensan igual.

Y algo más, no solo se desconoce al otro como igual en democracia, sino que además y en forma muy característica, se intenta controlar nada menos que el lenguaje, la producción de ideas y hasta el nombre de ellas, promoviendo un metalenguaje que recuerda el 1984 de Orwell y su ministerio de la verdad.

No parecen creer en la búsqueda del consenso en la actividad política, dificultando algo de lo mejor de la democracia, toda vez que, como sistema de poder, su ventaja sobre cualquier otro radica en permitir y promover la resolución pacífica de los conflictos.

No basta con ganar elecciones. Ello no solo se aplica a aquellos grupos políticos que utilizan un triunfo electoral para acabar con la democracia, cambiando la constitución y las reglas de juego, para hacer permanente su pasajera presencia en el poder.

También se aplica este principio a algunos movimientos woke, ya que además de la legitimación electoral se necesita el respeto más absoluto a la separación de poderes, la libertad de opinión y la presencia del imprescindible diálogo democrático. Por cierto, todo ello pasa como condición insustituible, por aceptar a los otros y no por la imposición de una sola visión al resto de la sociedad, es decir, la coexistencia entre las alternativas, y no una sola, como verdad oficial.

Hoy, el problema existe como tal a distintos niveles, al igual que el riesgo para las libertades. Por ejemplo, es un profundo retroceso lo que ocurre en muchas universidades, institución que durante casi un milenio se distinguió en la defensa y promoción de la libertad, lo que condujo a que fueran intervenidas por monarquías, iglesias, diferentes dictaduras, golpes de estado y similares. La tragedia es que hoy, en pleno siglo XXI, en muchas universidades, aun en algunas de gran prestigio, sin vivir en sistemas totalitarios, se presencia en occidente la persecución de quienes son críticos o disidentes, aceptando así a la intolerancia.

El éxito del wokismo ha sido notorio en grandes empresas globales, con la idea que no solo se deben producir bienes y servicios, sino sobre todo usar ese inmenso poder para que administradores y propietarios inclinen la balanza a favor de una de las posiciones que compiten en el mercado político, en cada uno de los temas que para ellos son importantes, casi siempre en nombre de lo que llaman “justicia social”.

Son guerreros de sus causas y a diferencias de los monopolistas de siglos pasados, los actuales activistas billonarios no solo defienden intereses, aportando la novedad que buscan además imponer sus ideas al resto de la sociedad. No solo es la negación de instituciones tan importantes como la libertad de opinión, sino también una forma de corrupción de ellas, ya que aprovechan la unión entre un programa político y el poder económico para imponerse a rivales. Nada más notorio que la censura selectiva que han utilizado las grandes empresas tecnológicas, sobre todo, en países desarrollados.

Existen también casos donde la ideología supera a los intereses, como se demuestra en los informes de algunas empresas internacionales que aplaudían la propuesta constitucional chilena, que perjudicaba la inversión extranjera.

Se expresan con hipocresía en la critica a la democracia de Estados Unidos y de Occidente, en contraste con su falta de crítica a China, país donde al igual que en muchas naciones islámicas, no existe aquellos por lo que dicen luchar, por ejemplo, el respeto a las minorías raciales y las disidencias sexuales.

Todo lo relatado es malo para la democracia, ya que sin decir que quieren reemplazarla, y aunque crean en elecciones, no lo hacen con el clima necesario para que la democracia prospere, el del total respeto a la libertad de opinión.

Por último, lo que no cambia es que, como en toda otra oportunidad en la historia, aparece una nueva elite, deseosa de los mismos privilegios de aquella que busca desplazar, siendo lo de ellos una mezcla de clase dominante en lo económico con una nomenklatura en lo político.

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