«Origen”. Lea una introducción de la nueva novela de Dan Brown

by Redacción

El best-seller norteamericano, autor de «El código Da Vinci» e «Inferno», vuelve con otra aventura del profesor de simbología Robert Langdon, esta vez investigando un misterio religioso en tierra española. He aquí un extracto de «Origen» (Planeta), su flamante novela, que saldrá a la venta el 5 de octubre en todo el mundo.

A medida que el viejo funicular ascendía lentamente la pendiente vertiginosa, Edmond Kirsch contemplaba la irregular cumbre de la montaña. A lo lejos, construido en la pared de un acantilado escarpado, el enorme monasterio parecía colgar en el aire como si estuviera soldado al precipicio por arte de magia.

Este atemporal santuario de Cataluña había soportado el implacable tirón de la gravedad durante más de cuatro siglos sin faltar nunca a su propósito original: aislar a sus ocupantes del mundo moderno.

«Irónicamente, ahora serán los primeros en conocer la verdad», pensó Kirsch, preguntándose cómo reaccionarían. A lo largo de la historia, las personas más peligrosas siempre habían sido los hombres de Dios… sobre todo cuando sus dioses se veían amenazados. «Y yo estoy a punto de arrojar una lanza en llamas a un nido de avispas».

Cuando el funicular alcanzó la cumbre, Kirsch vio la solitaria figura que lo esperaba en el andén. Un hombre de frágil constitución ataviado con una tradicional vestimenta católica: sotana negra, fajín y solideo púrpura y roquete blanco. Kirsch reconoció los enjutos rasgos que había visto en distintas fotografías y sintió una inesperada oleada de adrenalina.

«Valdespino ha venido a recibirme en persona».

El obispo Antonio Valdespino era una figura importante en España: no sólo se trataba de un fiel amigo y consejero del mismísimo rey, sino también de uno de los más firmes e influyentes defensores de la preservación de los valores católicos conservadores y las políticas tradicionales.

—Edmond Kirsch, supongo —dijo el obispo en cuanto Kirsch descendió del vagón.

—El mismo —afirmó éste sonriendo y extendiendo un brazo para estrechar la huesuda mano de su anfitrión—. Obispo Valdespino, quiero agradecerle que haya hecho posible este encuentro.

—Y yo aprecio que usted lo solicitara. —La voz del obispo, clara y penetrante como el repique de una campana, era más fuerte de lo que Kirsch había esperado—. Los hombres de ciencia no suelen acudir a nosotros en busca de consejo, y menos todavía los de su relevancia. Por aquí, por favor.

Mientras Valdespino guiaba a Kirsch por el andén, el frío viento agitó las faldas de la sotana del obispo.

—Debo confesar que no tiene el aspecto que imaginaba —dijo Valdespino—. Esperaba a un científico, pero usted parece bastante… —Miró el imponente traje Kiton K50 y los zapatos Barker de piel de avestruz que llevaba su invitado—. «En la onda», creo que se dice.

Kirsch sonrió con educación. «La expresión en la onda pasó de moda hace décadas.»

—Aunque he leído la relación de sus competencias —dijo el obispo—, no me ha quedado claro qué es exactamente lo que hace.

—Estoy especializado en teoría de juegos y en modelos informáticos.

—Entonces ¿se dedica a crear juegos de ordenador de esos con los que juegan los niños?

Kirsch notó que el obispo estaba fingiendo su ignorancia con la intención de mostrarse anticuado. Sin embargo, Valdespino estaba increíblemente bien informado sobre los últimos avances tecnológicos y solía advertir a otros acerca de sus peligros.

—No, señor. En realidad, la teoría de juegos es un campo de las matemáticas que estudia patrones para realizar predicciones sobre el futuro.

—Ah, sí. He leído que hace unos años predijo usted una crisis monetaria europea. Aunque nadie le hizo caso, usted inventó un programa informático que evitó que la Unión Europea se fuera a pique. ¿Qué fue lo que dijo? «A los treinta y tres años, la misma edad que tenía Jesucristo cuando resucitó».

Kirsch se encogió de hombros.

—Fue una analogía desafortunada, monseñor. Era joven.

—¿Joven? —El obispo se rio entre dientes—. ¿Y cuántos años tiene ahora…? ¿Tal vez cuarenta?

—Exacto.

El anciano sonrió mientras el viento le seguía agitando las faldas de la sotana.

—Bueno, se supone que los humildes han de heredar la Tierra, pero en vez de eso ha ido a parar a los jóvenes, a los expertos en cuestiones tecnológicas, a aquellos que prefieren contemplar pantallas en vez de sus propias almas. Debo admitir que nunca hubiera imaginado que tendría alguna razón para conocer al joven que lidera este cambio. Si no me equivoco, lo llaman a usted «profeta».

—Pues no he sido uno muy bueno en este caso, monseñor —respondió Kirsch—. Cuando pregunté si podía reunirme con usted y sus colegas en privado, calculé que sólo un veinte por ciento de ustedes aceptaría.

—Como les dije a mis colegas, los devotos siempre pueden beneficiarse de escuchar a los no creyentes. Es al oír la voz del diablo cuando mejor podemos apreciar la de Dios. —El anciano sonrió—. Estoy bromeando, por supuesto. Por favor, disculpe mi anquilosado sentido del humor. De vez en cuando me fallan los filtros.

Tras decir eso, el obispo Valdespino le indicó que siguiera adelante.

—Los demás están esperando. Por aquí, por favor.

Kirsch observó su destino: una colosal ciudadela de piedra gris que colgaba del borde de un escarpado acantilado de cientos de metros. A sus pies podía verse el exuberante tapiz que conformaban las boscosas faldas de la montaña. Algo intranquilo por la considerable altura, apartó la mirada del abismo y siguió al obispo por el sendero serpenteante que se extendía a lo largo del borde del acantilado, y volvió a centrar sus pensamientos en el encuentro que le esperaba.

Había solicitado una audiencia con tres prominentes líderes religiosos que acababan de asistir a un congreso celebrado en ese mismo lugar.

«El Parlamento de las Religiones del Mundo».

Desde 1893, cientos de líderes espirituales de casi treinta religiones del mundo se reunían cada pocos años en una localización distinta para disfrutar de una semana de diálogo interreligioso. Entre los participantes había una amplia selección de influyentes sacerdotes cristianos, rabinos judíos y mulás islámicos de todo el mundo, así como pujaris hinduistas, bhikkhus budistas, sacerdotes jainistas, sikhs y demás clérigos.

El objetivo del parlamento consistía en «cultivar la armonía entre las religiones del mundo, construir puentes entre distintas espiritualidades y celebrar los puntos de encuentro de todas las fes».

«Una noble intención», pensó Kirsch, a pesar de considerarlo un ejercicio completamente vano; una búsqueda sin sentido de correspondencias aleatorias en medio de un variado surtido de ficciones, fábulas y mitos antiguos.

Mientras el obispo Valdespino lo guiaba por el sendero, Kirsch echó un vistazo por la ladera de la montaña y no pudo evitar un sardónico pensamiento: «Moisés ascendió una montaña para aceptar la Palabra de Dios… Yo, en cambio, he ascendido otra para hacer lo contrario».

Si bien se había dicho a sí mismo que su motivación era ética, era consciente de que una buena dosis de presunción también alimentaba esa visita; se moría de ganas de sentir la satisfacción de estar sentado cara a cara con esos clérigos y pronosticar su inminente ocaso.

««Tuvisteis vuestra oportunidad de definir nuestra verdad».

—He visto en su currículo que estudió usted en Harvard —dijo de repente el obispo mirando a Kirsch.

—No llegué a graduarme, pero sí.

—Entiendo. Hace poco leí que, por primera vez en la historia de Harvard, entre los estudiantes nuevos hay más ateos y agnósticos que gente que se identifique como adepta a alguna religión. Se trata de una estadística muy reveladora, Kirsch.

«Qué quiere que le diga —le habría gustado contestarle—, nuestros estudiantes son cada vez más listos».

El viento soplaba ahora con más fuerza, pero al final llegaron al antiguo edificio de piedra y se adentraron en su interior. En la entrada, tenuemente iluminada, podía percibirse el denso aroma del incienso. Los dos hombres enfilaron a continuación un serpenteante laberinto de oscuros pasillos, y los ojos de Kirsch tardaron un momento en acostumbrarse a la falta de luz. Por fin, llegaron a una puerta de madera inusualmente pequeña. El obispo llamó con los nudillos, agachó la cabeza y, tras cruzarla, le indicó a su invitado que lo siguiera.

Con paso vacilante, Kirsch también cruzó el umbral.

De repente, se encontró en una cámara rectangular cuyas altas paredes estaban completamente cubiertas por unas estanterías repletas de antiquísimos libros encuadernados en cuero. Asimismo, había otras estanterías transversales que sobresalían como costillas y, entre éstas, unos radiadores antiguos de hierro fundido cuyos ruidos metálicos y siseos hacían que uno tuviera la espeluznante sensación de que la sala estaba viva. Kirsch levantó la mirada hacia la ornamentada balaustrada de la balconada que circundaba el segundo piso y supo sin duda alguna dónde se encontraba.

«La famosa biblioteca de Montserrat», cayó en la cuenta, sorprendido por que le hubieran permitido acceder a ella. Se rumoreaba que esa sala sagrada contenía oscuros textos accesibles únicamente a aquellos monjes que habían dedicado sus vidas a Dios y que vivían recluidos en el mismo monasterio.

Tom Hanks como Robert Langdon en “Inferno”, la última novela de Brown llevada al cine.

—Pidió usted discreción —dijo el obispo—. Éste es el espacio más privado de que disponemos. Pocas personas ajenas al monasterio han llegado a entrar.

—Es un generoso privilegio. Gracias.

Kirsch siguió al obispo hasta una larga mesa de madera a la que dos ancianos esperaban sentados. Al hombre de la izquierda se lo veía ajado. Tenía los ojos cansados y lucía una enmarañada barba blanca. Iba vestido con un traje negro arrugado, una camisa blanca y un sombrero.

—Le presento al rabino Yehuda Köves —dijo el obispo—, un prominente filósofo judío, autor de una extensa bibliografía sobre cosmología cabalística.

Kirsch extendió un brazo por encima de la mesa y estrechó con educación la mano del rabino.

—Encantado de conocerlo, señor —dijo Kirsch—. He leído sus libros sobre la cábala. No puedo decir que los haya entendido, pero los he leído.

El rabino asintió afectuosamente al tiempo que se secaba sus acuosos ojos con un pañuelo.

—Y éste es el respetado ulema Syed al-Fadl —prosiguió el obispo, señalando al otro hombre.

El venerado erudito islámico se puso de pie esbozando una amplia sonrisa. Era bajo y achaparrado y su jovial sonrisa contrastaba con sus ojos oscuros y penetrantes. Iba vestido con un modesto zaub blanco.

—Y yo, señor Kirsch, he leído sus predicciones sobre el futuro de la humanidad. No puedo decir que esté de acuerdo con ellas, pero las he leído. Kirsch sonrió afablemente y estrechó la mano del hombre.

—Como saben —concluyó el obispo, dirigiéndose a sus colegas— nuestro invitado es un respetadísimo científico informático, teórico de juegos e inventor, además de algo así como un profeta del mundo tecnológico. Teniendo en cuenta su área de competencia, me sorprendió que solicitara reunirse con nosotros tres. Así pues, dejaré que sea él mismo quien explique por qué ha venido.

A continuación, el obispo Valdespino se sentó entre sus dos colegas, entrelazó las manos y levantó su expectante mirada hacia Kirsch. Los tres ancianos permanecieron sentados ante éste como si formaran un tribunal. El ambiente parecía más el de un proceso inquisitorial que el de una reunión cordial de eruditos. Kirsch se dio cuenta de que el obispo ni siquiera había dispuesto una silla para él.

El científico se quedó mirando a los tres ancianos que tenía delante y se sintió más desconcertado que intimidado. «Así que ésta es la Santa Trinidad. Los Tres Sabios…».

Tras permanecer un momento en silencio para reafirmar su autoridad, Kirsch se dirigió hacia la ventana y echó un vistazo al impresionante panorama que había debajo. Un mosaico de antiguos campos iluminados por el sol se extendía por un profundo valle hasta las irregulares cimas de la sierra de Collserola. Kilómetros más allá, en algún lugar sobre el mar Mediterráneo, un amenazador banco de nubes tormentosas empezaba a formarse en el horizonte.

«Pertinente», pensó a sabiendas de la turbulencia que estaba a punto de causar en esa sala y en todo el mundo.

—Caballeros —comenzó a decir, volviéndose de golpe hacia ellos—, creo que el obispo Valdespino ya les ha comunicado mi petición de confidencialidad. Antes de proseguir, quiero aclarar que lo que voy a compartir con ustedes debe mantenerse en el más estricto secreto. Básicamente, estoy pidiéndoles un voto de silencio. ¿Estamos de acuerdo?

Los tres hombres asintieron, mostrando con ello su consentimiento tácito. Kirsch sabía que, de todos modos, era algo innecesario. «Querrán enterrar esta información, no hacerla pública».

—Hoy estoy aquí —continuó Kirsch— porque he realizado un descubrimiento científico que, a mi parecer, encontrarán alarmante. Se trata de algo que llevo muchos años investigando con la esperanza de dar respuesta a las dos preguntas más fundamentales de la experiencia humana. Ahora que lo he conseguido, he querido reunirme específicamente con ustedes porque creo que esta información afectará al mundo de la fe de un modo tan profundo que sólo puede describirse como, digamos, «disruptivo». De momento, yo soy el único que conoce la información que estoy a punto de revelarles.

Kirsch se metió una mano en un bolsillo de la americana y sacó un teléfono móvil de grandes dimensiones diseñado y fabricado por él mismo para satisfacer sus propias necesidades. Un mosaico de un vibrante color turquesa decoraba la funda del teléfono. Kirsch lo sostuvo en alto ante los tres hombres como si fuera un pequeño televisor. Al cabo de un momento, el aparato se conectaría a un servidor ultrasecreto, Kirsch introduciría su contraseña de cuarenta y siete caracteres y les mostraría un vídeo.

—Lo que están a punto de ver —dijo Kirsch— es el borrador de un anuncio que espero compartir con el mundo en más o menos un mes. Antes de hacerlo, sin embargo, quería mostrárselo a algunos de los pensadores religiosos más influyentes para comprobar cómo recibirán esta noticia aquellos a quienes más afecta.

Más aburrido que preocupado, el obispo exhaló un sonoro suspiro.

—Un intrigante preámbulo, señor Kirsch. Habla usted como si lo que está a punto de enseñarnos fuera a sacudir los cimientos de todas las religiones.

Kirsch echó un vistazo alrededor del antiguo depósito de textos sagrados y pensó: «No sacudirá sus cimientos. Los destruirá».

Luego examinó con atención a los hombres que tenía delante. Lo que no sabían era que, en apenas tres días, tenía inención de hacer hacer pública esa presentación en un fastuoso evento meticulosamente planeado. Cuando lo hiciera, la gente de todos los países del mundo se daría cuenta de que, efectivamente, las enseñanzas de todas las religiones tenían una cosa en común. Todas estaban completamente equivocadas.

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