Reportajes

Las consecuencias verdaderas de las noticias falsas

Mucho se ha escrito sobre las noticias falsas en los últimos dos años, en especial desde la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos. Este tipo de noticias existen desde que los medios existen. Sin embargo, está muy extendida la creencia de que su volumen y la velocidad con la que circulan han aumentado en los últimos tiempos.

La preocupación por las noticias falsas llegó a los votantes: en Brasil, en sus últimas elecciones presidenciales, 53% de los votantes no creyó en las noticias que les llegaban por WhatsApp, y el 56% de los estadounidenses cree que las empresas de tecnología deberían tomar medidas para restringir la difusión de información falsa online.

Esta preocupación es un síntoma de una de las transformación más significativas en el ecosistema comunicacional del siglo XXI: la forma en que las redes sociales combinan los sistemas que facilitan el intercambio de información entre las personas (como el correo electrónico y la telefonía celular) y los que proveen un contenido de un emisor mediático a un público masivo (como la radio, la televisión y la prensa escrita).

Una de las diferencias clave entre ambos sistemas se centra en si existe o no un control de calidad sobre el contenido que se comunica. Por un lado, sistemas como el correo electrónico y la telefonía celular no controlan los mensajes que las personas intercambian. Por el otro, las organizaciones periodísticas seleccionan (o deberían hacerlo) y verifican la información que proveen al público.

Al fusionar en una plataforma única estas dos modalidades de comunicación distintas, las redes sociales dan lugar a un conflicto entre dos lógicas contradictorias frente al control de calidad de la información y abren un escenario de incertidumbre respecto del contenido al que acceden sus usuarios.

A esto le agregan la posibilidad de establecer conversaciones entre múltiples interlocutores y de generar micro-públicos. Esto es, espacios como los grupos de WhatsApp o de Facebook permiten diálogos multilaterales a veces con cientos de interlocutores. Y cuentas en Instagram o Twitter con miles o cientos de miles de seguidores han dado lugar al surgimiento de influencers con un poder de convocatoria que compite con el de medios pequeños y grandes. Los diálogos multilaterales y los micro-públicos amplifican la circulación de información no verificada.

Además de combinar dos sistemas y lógicas comunicacionales divergentes, permitir conversaciones multilaterales y congregar micro-públicos, las redes tienen miles de millones de usuarios, que contribuyen, comentan y comparten billones de posts todos los días. En este contexto, es virtualmente imposible controlar la veracidad de la información de cada uno de los mensajes y comentarios.

¿Cuáles son las consecuencias que este nuevo ecosistema comunicacional tiene en el comportamiento electoral? Especialistas de Estados Unidos, México, Colombia, Brasil, Chile, Guatemala y El Salvador ofrecen respuestas diversas sobre esta pregunta crucial para la calidad de la vida democrática.

Víctor García Perdomo, profesor de la Universidad de la Sabana en Colombia, advierte acerca del «reduccionismo de la discusión política mediante… estrategias de miedo». Las mismas, agrega este especialista, «se condensan en memes o mensajes textuales cortos que divulgan desinformación en cadena y a gran velocidad, especialmente a través de WhatsApp».

García Perdomo ilustra esta reflexión con el caso de la votación del Plebiscito por la Paz en Colombia, donde el jefe de campaña por el No «reconoció abiertamente en una entrevista haber usado estas estrategias en las redes sociales para exacerbar a los votantes, incluso con desinformación y apelando a sentimientos de rabia, lo que facilitó que los colombianos rechazaran por un estrecho margen de diferencia el acuerdo de paz entre el gobierno y la guerrilla de las FARC».

Marco Aurelio Ruediger y Lucas Calil, investigadores de la Fundación Getulio Vargas en Brasil, fueron parte de un equipo que investigó la desinformación en el contexto de la elección presidencial de este país en 2018. Ellos identificaron «algunas noticias falsas que tuvieron un fuerte impacto en el debate público, provenientes de todos los grupos del espectro político en Brasil».

Estas noticias «discutían temas muy delicados para el electorado… y se compartían ampliamente en las redes sociales, logrando llegar a millones de votantes potenciales, incluso cuando los medios publicaran verificaciones» de estas noticias. En línea con lo que argumenta García Perdomo, los investigadores brasileños también concluyen que «es seguro decir que las noticias falsas y el uso de bots tuvieron un fuerte impacto en el resultado» de la contienda electoral.

Sin embargo, otros especialistas consultados disienten con esta evaluación del efecto de las noticias falsas. Rachel Mourao, profesora de Michigan State University en Estados Unidos, sostiene que «es muy, muy difícil disociar conversaciones online del contexto offline general en una campaña y hacer una evaluación precisa del impacto de las noticias falsas en el resultado. Personalmente, no creo que la elección de Bolsonaro se haya producido debido a noticias falsas».

Esta académica agrega que los mensajes del entonces candidato presidencial «algunos con información errónea, otros con mensajes hiperpartidistas, deben entenderse dentro del contexto macro de la campaña. Tampoco estoy seguro de que las personas que no eran sus partidarios fueran persuadidas por un meme que contenía información errónea».

Flavia Freidenberg, profesora de la Universidad Autónoma de México, coincide con Mourao al señalar que «no cree» que la desinformación haya tenido una incidencia mayor en las elecciones que culminaron con el triunfo de Lopez Obrador: «Al menos no tengo en este momento evidencias y argumentos para sostener que el resultado se debió a noticias falsas».

Sebastián Valenzuela, profesor de la Pontificia Universidad Católica de Chile, desestima la posibilidad de un impacto directo de la desinformación en las elecciones chilenas de 2017: «No hay evidencia empírica robusta como para establecer que las noticias falsas causaron un cambio en el comportamiento de los votantes».

Pero este especialista no descarta la posibilidad otro tipo de impactos sobre la opinión pública. «Eso no quiere decir que las noticias falsas no puedan tener un efecto indirecto en los votantes, como por ejemplo, que cambien la agenda de discusión y pongan el foco en ciertos temas que pueden beneficiar a un candidato… y perjudicar a otro».

Esta apreciación de Valenzuela implica que aun cuando no haya, o no se puedan probar, efectos directos de las noticias falsas, esto no significa que las mismas no tengan consecuencias sociales negativas. Daniel Kreiss, profesor de la University of North Carolina en los Estados Unidos, afirma que la desinformación es «claramente corrosiva para la democracia, y hay muchas formas de participación diseñadas para silenciar a los otros, especialmente online».

Kreiss sostiene que en un contexto actual de gran polarización, lo que hace falta es «información que se relacione fundamentalmente con el reconocimiento, la idea de que las personas tienen valor moral y social; que promueva normas democráticas y solidaridad social, no solo conflictos».

Este investigador propone que las redes sociales «tienen la responsabilidad, a través del funcionamiento de sus algoritmos, de promover [este tipo de] información, no el discurso polarizador que actualmente promueven y monetizan fácilmente». Y también hace hincapié en el rol del Estado, mediante «subsidios positivos diseñados para promover la información digital y la participación ciudadana deseables».

En sintonía con Kreiss, Ruediger y Calil enfatizan la importancia de cooperación entre «la academia, los medios de comunicación, el gobierno, los partidos políticos y las empresas de redes sociales para abordar la desinformación. De esta forma, será más fácil para los ciudadanos saber si un contenido recibido en línea es verificado o falso, y quién lo está financiando».

Para Luis Vazquez-Becker, periodista, comunicólogo y director de la empresa de servicios digitales eBranding, Centroamérica es víctima de una estrategia de desinformación orquestada por grupos de poder y políticos inescrupulosos. En Guatemala, organismos como la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) han utilizado medios digitales para lanzar noticias falsas para robustecer sus casos y con el objetivo de apoyar la candidatura a la presidencia de la exjefa del Ministerio Público, Thelma Aldana. El resto de los precandidatos se están poniendo en sintonía.

En Honduras, el excandidato a la presidencia, Salvador Nasralla vendió a la audiencia de internautas un triunfo inevitable, con lo que luego, al perder la justa electoral, acusó al sistema político hondureño de fraude. Los números fueron revisados y se comprobó que la estrategia en redes sociales del político de izquierda habían mentido adrede. El resultado fue varios muertos y cientos de negocios vandalizados por sus seguidores, provocando millones de dólares en pérdidas económicas en Honduras.

En El Salvador, el candidato a la presidencia por la derecha, Carlos Calleja y el del oficialismo de izquierda, Hugo Martínez, se enfrentan a una horda de trolles que difunden noticias falsas y que son diseminadas por al menos una docena de medios digitales creados por el equipo de asesores de campaña de Nayib Bukele, un jóven populista rodeado de expertos en manejo de tecnología de la información, que ha seguido la estrategia del hondureño Nasralla y que mantiene al país centroamericano en una confusión entre lo inventado para objetivos políticos y la realidad.

Algunos de los medios falsos propiedad de Nayib Bukele, candidato a la Presidencia de El Salvador.

Ni Calleja ni Martínez y sus asesores, algunos importados de Europa ó México, ó Cuba, han sido capaces de ponerse al nivel de Bukele en el manipuleo de la información y han permitido que este, un populista de izquierda que corre bajo la bandera de un partido de derecha fundado por el expresidente salvadoreño Elías Antonio Saca (preso por el robo de 300 millones de dólares de fondos públicos mientras ejercía la presidencia) hagan su fiesta y pongan en vilo al país más pequeño del continente.

Mourao advierte sobre lo difícil que resulta la detección automatizada del contenido desinformativo.

«Según mi investigación, la mayor parte del contenido de baja calidad publicado en las redes sociales no tiene fabricaciones que vengan de la nada. En cambio, los artículos tienen un componente verdadero que estaba distorsionado o enmarcado de manera deshonesta para promover un punto de vista partidista particular. Eso hace que sea más complicado rastrear y cerrar las páginas de ‘noticias falsas’ ¿estaríamos eliminando todo el contenido que tiene opinión? ¿Cómo categorizar contenido engañoso?».

Becker observa que cualquier tipo de acción social sobre las noticias falsas puede tener importantes efectos colaterales sobre la libertad de expresión. Y es por esto que hay que tener en cuenta no solo la evidencia empírica sobre los efectos directos e indirectos de las noticias falsas, sino también de las posibles derivaciones en el sistema democrático. Lo que está en juego no es solo la veracidad del contenido noticioso, sino la calidad de la información que nutre al cuerpo social en su conjunto.

Por Pablo J. Boczkowski y Eugenia Mitchelstein -Actualizado-

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