Tormentas anticipan un septiembre de contrastes: Centroamérica entre sequía, calor y lluvias intensas

Las tormentas Karina, Lowell y Dolly muestran una actividad ciclónica que se intensifica al aproximarse el máximo climatológico de la temporada. Ninguna representa actualmente una amenaza directa para El Salvador, pero las condiciones atmosféricas de la primera mitad de septiembre podrían combinar períodos secos con episodios de lluvia intensa y tormentas eléctricas

by Redacción LaGaceta503

La formación casi simultánea de Karina y Lowell en el Pacífico oriental y Dolly en el Atlántico vuelve a colocar al istmo centroamericano ante una pregunta recurrente cada año: qué comportamiento tendrá septiembre, históricamente uno de los meses de mayor actividad ciclónica y lluviosa de la región.

La respuesta, por ahora, no apunta a un escenario de impacto directo de estos tres sistemas sobre El Salvador. Karina y Lowell se encuentran muy alejadas del litoral centroamericano y se desplazan hacia el oeste-noroeste en el Pacífico, mientras Dolly se formó muy lejos de Centroamérica en el Atlántico y posteriormente perdió organización. El Centro Nacional de Huracanes de Estados Unidos (NHC) mantiene el seguimiento de los sistemas.

Pero la simultaneidad de los fenómenos sí resulta relevante.

No porque las tres tormentas vayan a llegar a El Salvador, sino porque septiembre marca climatológicamente el período de mayor actividad de la temporada de huracanes del Atlántico, cuyo pico estadístico se sitúa alrededor del 10 de septiembre.

Y en Centroamérica el riesgo no depende exclusivamente de que un huracán toque tierra.

Una tormenta tropical o un huracán distante puede modificar los flujos de humedad, interactuar con ondas tropicales, favorecer bandas de precipitación o incrementar temporalmente las lluvias sobre zonas montañosas y cuencas vulnerables.

En un país que acaba de entrar en alerta roja nacional por sequía meteorológica y agrícola, ese contraste puede resultar particularmente delicado.

Karina y Lowell: actividad intensa, pero lejos de El Salvador

La tormenta tropical Karina se formó en el Pacífico oriental el jueves 27 de agosto.

En los primeros avisos del NHC se encontraba aproximadamente 1,330 kilómetros al sur de la península de Baja California, con vientos máximos sostenidos de unos 75 kilómetros por hora.

El pronóstico indicaba una trayectoria general hacia el oeste-noroeste y un fortalecimiento considerable mientras permaneciera sobre aguas cálidas.

Posteriormente, Karina se intensificó y el NHC indicó que podía convertirse en un huracán mayor, pero muy lejos de las costas centroamericanas.

Lowell, también formada el 27 de agosto, se encontraba todavía mucho más al oeste: aproximadamente 2,840 kilómetros al oeste-suroeste de Baja California en el momento de su formación, con vientos de unos 65 kilómetros por hora.

Su trayectoria inicial tampoco apuntaba hacia Centroamérica.

La situación de ambas tormentas es importante para la meteorología regional porque evidencia que el Pacífico oriental atraviesa un período de elevada actividad tropical, aun cuando los sistemas individuales no representen una amenaza directa para El Salvador.

Dolly tuvo una vida mucho más breve

En el Atlántico, Dolly adquirió categoría de tormenta tropical el 27 de agosto, cuando se encontraba aproximadamente 2,500 kilómetros al este de las Antillas Menores.

Su desplazamiento inicial hacia el oeste generó vigilancia sobre las Antillas Menores, Puerto Rico, las Islas Vírgenes y La Española debido al potencial de lluvias fuertes.

Sin embargo, el sistema se debilitó rápidamente y el NHC informó posteriormente que Dolly había perdido su circulación cerrada y se había convertido en una onda tropical abierta.

Por tanto, no existe actualmente una amenaza de Dolly para El Salvador.

Su importancia dentro del panorama meteorológico es otra: constituye una señal de que el Atlántico comienza a entrar en la fase del año en que la actividad ciclónica suele incrementarse.

Septiembre cambia las reglas

El calendario climatológico importa.

La temporada oficial de huracanes del Atlántico se extiende del 1 de junio al 30 de noviembre, pero la mayor concentración de actividad ocurre entre mediados de agosto y mediados de octubre, con un máximo alrededor del 10 de septiembre.

Por ello, la primera quincena de septiembre no puede interpretarse a partir de una sola tormenta.

Lo relevante es observar simultáneamente:

  • ondas tropicales provenientes del Atlántico;
  • bajas presiones;
  • vaguadas;
  • circulación de humedad del Caribe y Pacífico;
  • temperatura superficial del mar;
  • actividad de la Zona de Convergencia Intertropical;
  • y las condiciones de El Niño.

Es la combinación de esos elementos la que puede determinar si Centroamérica atraviesa períodos secos, lluvias generalizadas o episodios de precipitación extrema.

El Salvador llega a septiembre desde una situación de sequía

El escenario salvadoreño es especialmente complejo.

La Dirección General de Protección Civil declaró alerta roja por sequía meteorológica y agrícola el 25 de agosto, después de que el país acumulara déficit de precipitación, períodos secos prolongados y temperaturas extraordinariamente altas.

La declaratoria señala que durante agosto y parte de septiembre pueden continuar períodos secos asociados a El Niño y a la prolongación de la canícula.

También establece probabilidades elevadas de precipitación inferior a lo normal durante agosto-octubre:

70 % a 90 % en las zonas paracentral y oriental,
50 % a 70 % en la zona central, y
40 % a 50 % en el occidente.

La misma perspectiva señala que la transición hacia la época seca se espera para la segunda mitad de octubre, con establecimiento pleno hacia finales de octubre o principios de noviembre.

Esto significa que septiembre será un mes decisivo para determinar cuánto logra recuperarse la disponibilidad de agua antes del inicio de la estación seca.

Pero sequía no significa ausencia absoluta de lluvias

Esta es probablemente la mayor dificultad para interpretar el clima salvadoreño durante las próximas semanas.

Que exista una perspectiva de precipitaciones inferiores a lo normal no significa que dejará de llover.

De hecho, Protección Civil reconoce simultáneamente una baja probabilidad de lluvias extremas a escala de agosto-octubre —20 % a 30 %— pero advierte que no se descartan tormentas de corta duración acompañadas de fuerte actividad eléctrica.

El resultado puede ser paradójico:

semanas secas interrumpidas por episodios de lluvia intensa.

Para la agricultura, eso no necesariamente resuelve el déficit hídrico.

Una lluvia torrencial de pocas horas puede producir escorrentía, erosión e inundaciones locales, pero no necesariamente permite recuperar de inmediato los niveles de humedad del suelo, los caudales de los ríos o los acuíferos.

El problema de las lluvias concentradas

Este comportamiento tiene una importancia especial para El Salvador.

Después de un período prolongado de sequía, el suelo puede presentar condiciones que favorecen una rápida escorrentía cuando llegan precipitaciones intensas.

En zonas de ladera, esto puede incrementar el riesgo de erosión y deslizamientos.

En áreas urbanas, la lluvia concentrada en poco tiempo puede superar temporalmente la capacidad de drenaje.

Y en las cuencas hidrográficas, una tormenta intensa puede producir crecidas rápidas.

Por eso, una lluvia fuerte no debe interpretarse automáticamente como el final de la sequía.

La recuperación hidrológica requiere acumulación sostenida de precipitaciones.

El factor El Niño

El comportamiento climático de septiembre estará además condicionado por El Niño.

La perspectiva oficial salvadoreña indica que las condiciones de agosto a noviembre estarán fuertemente influenciadas por este fenómeno y contempla una tendencia hacia su fortalecimiento durante finales de 2026 e inicios de 2027.

El Niño también ayuda a explicar la diferencia entre los dos océanos.

En términos generales, este fenómeno suele favorecer una mayor cizalladura vertical del viento sobre el Atlántico tropical, lo que dificulta el desarrollo de muchos ciclones.

Eso coincide con la evaluación de NOAA, que en su actualización del 6 de agosto elevó al 75 % la probabilidad de una temporada atlántica por debajo de lo normal. La agencia proyecta 7 a 13 tormentas con nombre, 2 a 6 huracanes y entre cero y dos huracanes mayores.

Pero una temporada por debajo de lo normal no significa una temporada sin peligro.

Una sola tormenta puede producir inundaciones, deslizamientos y pérdidas importantes.

El Pacífico puede comportarse de manera diferente

La actividad de Karina y Lowell también recuerda que el Pacífico oriental no responde exactamente igual que el Atlántico.

El calentamiento del Pacífico asociado a El Niño puede favorecer condiciones más propicias para la actividad ciclónica en esa cuenca.

De ahí que en estos últimos días se haya observado una concentración de sistemas tropicales en el Pacífico oriental mientras el Atlántico mantiene una actividad relativamente menor.

Esto no significa que una tormenta del Pacífico vaya automáticamente a ingresar a Centroamérica.

Las trayectorias son determinantes.

Karina y Lowell son ejemplos claros: pese a encontrarse en la misma cuenca que las costas centroamericanas, sus trayectorias las mantienen alejadas del istmo.

¿Qué puede ocurrir en Centroamérica durante la primera quincena de septiembre?

Con la información disponible al 28 de agosto, no existe fundamento para afirmar que Centroamérica enfrentará una nueva tormenta tropical durante los primeros días de septiembre.

Sí puede establecerse un escenario de vigilancia elevada.

En Guatemala, por ejemplo, el INSIVUMEH presentó en julio la perspectiva climática regional para agosto-octubre y señaló que septiembre debía registrar un incremento de las lluvias respecto de agosto, aunque acompañado de temperaturas por encima de los valores normales.

Esto resulta particularmente importante porque Centroamérica no tendrá necesariamente un comportamiento uniforme.

Mientras algunos sectores pueden recibir precipitaciones suficientes para mejorar temporalmente la humedad del suelo, otros pueden continuar con déficit.

La posición de las ondas tropicales y la distribución de la humedad determinarán en gran medida dónde se concentren las lluvias.

El riesgo para El Salvador: el agua y la agricultura

En El Salvador, la preocupación principal no debería ser únicamente si Karina, Lowell o Dolly llegan al país.

No hay actualmente una trayectoria que indique eso.

La cuestión fundamental es si las condiciones atmosféricas de septiembre permitirán recuperar parte del déficit hídrico acumulado.

La declaratoria de alerta roja señala que el país ya experimentó tres episodios de sequía meteorológica durante 2026 y que el último comenzó el 7 de agosto, con períodos de hasta 19 días consecutivos sin lluvia en algunos sectores.

También registra un déficit de precipitación de 41 % en mayo y temperaturas de hasta 43.9 °C en Santa Rosa de Lima, además de 14 récords de temperatura durante agosto.

La combinación de calor y falta de lluvia incrementa la evaporación y acelera la pérdida de humedad.

Esto tiene consecuencias directas para cultivos y ganadería.

Una tormenta puede aliviar, pero también provocar daños

El Salvador enfrenta ahora una situación de doble riesgo.

Si septiembre resulta demasiado seco, aumentará el estrés sobre los cultivos, las fuentes de agua y las reservas para consumo humano.

Si, por el contrario, se producen lluvias muy concentradas, pueden aparecer inundaciones, crecidas y deslizamientos sin que necesariamente desaparezca el déficit hídrico acumulado.

Por eso, la gestión de la emergencia requiere vigilar los dos extremos simultáneamente.

Protección Civil ha ordenado precisamente mantener el monitoreo de precipitación, períodos secos, humedad del suelo, caudales, niveles de las fuentes de agua, condiciones de cultivos y seguridad alimentaria.

El corredor seco sigue siendo el punto vulnerable

Las zonas oriental y paracentral son particularmente sensibles.

La perspectiva oficial asigna a ambas las mayores probabilidades de precipitaciones por debajo de lo normal durante agosto-octubre.

En estas regiones, una prolongación de los períodos secos puede afectar directamente la agricultura de subsistencia y la disponibilidad de agua.

Esto adquiere mayor importancia cuando se considera que septiembre es una etapa decisiva para determinados cultivos y para la recuperación de las reservas de humedad antes de la estación seca.

Si las lluvias no se normalizan, la crisis puede trasladarse desde la meteorología hacia la economía rural.

¿Y los precios de los alimentos?

La conexión es indirecta pero importante.

Una reducción de las cosechas de maíz, frijol y otros productos puede reducir los ingresos de los agricultores y, si disminuye la oferta nacional, incrementar la necesidad de importar.

Si al mismo tiempo otros países de Centroamérica enfrentan condiciones climáticas adversas, el costo de abastecer los mercados puede aumentar.

Por eso, septiembre será importante no solamente para los agricultores, sino también para los consumidores.

Una temporada de lluvias irregular puede terminar reflejándose meses después en los precios de los alimentos.

El verdadero desafío comienza después de las tormentas

Karina, Lowell y Dolly serán probablemente recordadas como tres nombres dentro de una temporada ciclónica particularmente contrastante.

Pero para El Salvador su importancia inmediata es limitada.

Ninguna de las tres representa actualmente una amenaza directa para el territorio salvadoreño.

La preocupación real es más amplia.

El país llega al período climatológicamente más importante del año para la actividad tropical con una alerta roja por sequía, temperaturas récord, déficit de precipitación y una perspectiva de lluvias por debajo de lo normal en buena parte del territorio.

La primera mitad de septiembre puede traer lluvias capaces de aliviar parcialmente el déficit.

También puede producir tormentas eléctricas intensas.

Y puede, igualmente, mantener períodos secos.

Lo que no debe hacerse es confundir cualquiera de esos escenarios con una solución definitiva.

Una tormenta tropical distante no es una amenaza para El Salvador simplemente por tener nombre y categoría. Pero una sucesión de ondas tropicales, lluvias intensas y períodos secos sí puede modificar rápidamente el balance hídrico del país.

Por ello, mientras los meteorólogos siguen la evolución de Karina y Lowell en el Pacífico y los remanentes de Dolly en el Atlántico, la atención para El Salvador debe concentrarse en algo menos espectacular pero mucho más determinante:

cuánta lluvia caerá realmente sobre el territorio salvadoreño durante septiembre, cómo se distribuirá y cuánto de esa agua conseguirá convertirse en humedad del suelo, caudal de los ríos y recuperación de las fuentes de abastecimiento.

Ese será el verdadero indicador de si el país comienza a salir de la actual crisis hídrica o si entra en los últimos meses de 2026 con un déficit todavía mayor.

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