Economía

En un mes comienza el Brexit: goodbye and good luck

El 31 de enero de 2020, Gran Bretaña empieza un largo proceso para abandonar definitivamente la Unión Europea. ¿Qué va a pasar ese día en el Eurotunel y en el Canal de la Mancha?

El sentimiento británico antieuropeo viene de muy lejos. Ya los romanos de la Britania odiaban a los Francos y los Celtas de la Galia francesa. Por siglos, los flemáticos habitantes de la Rubia Albión, observaron con desdén a los del otro lado. El clásico titular del Daily Mail, de 1930, muestra claramente la concepción británica de Europa: “Niebla en el Canal, el continente aislado”. La asociación a la Unión Europea les dio medio siglo de convivencia con sus hermanos del Viejo Continente. Pero no fueron suficientes para lograr una amalgama entre esas tierras tan regadas de sangre y sufrimiento. Los de las islas, siempre desconfiaron. La memoria histórica no les permitió romper con esa inercia de dos milenios. Finalmente, en un mes lo habrán logrado. A las 23:00 del viernes 31 de enero de 2020, los que quedan aislados son los británicos. Haya o no haya niebla en el Canal de la Mancha. Será el instante del tan cacareado Brexit, del desenganche de Gran Bretaña de la Unión Europea.

A partir de las 23:01 del 31 de enero, ya no es posible revocar el artículo 50, el proceso formal de salida de la Unión Europea (UE). El Reino Unido habrá pasado el punto de no retorno y ya no será miembro de la comunidad. Si todo va según lo planeado en Westminster, el Parlamento Europeo ratificará el acuerdo de retirada dos días antes, el 29 de enero. Pero no habrá grandes modificaciones inmediatas en ninguna de las orillas del canal. En general, la vida continuará igual para los ciudadanos. Gran Bretaña entrará en un período de transición de once meses, para permitir que tanto el gobierno de Downing St. como la UE determinen cuál debería ser la relación futura.

Durante esos once meses, Gran Bretaña permanecerá en la unión aduanera y en el mercado único, lo que significa que el comercio continuará normalmente. Los ciudadanos europeos podrán seguir viajando y trabajando en las islas sin restricciones y los británicos pueden hacer lo mismo en el resto de Europa. Pero el reino estará fuera de las instituciones políticas, ya no tendrá representación en el consejo de ministros de la UE ni en el parlamento europeo. El Reino Unido debe seguir obedeciendo las reglas de la UE, pero no tendrá voz en su legislación y ejecución. El tribunal de justicia europeo seguirá teniendo poderes durante el período de transición para que los tribunales británicos puedan remitir los casos allí. El papel que tendrá el TJCE después del período de transición aún no se ha determinado. Pero es probable que sea limitado.

Una manifestante pro-Brexit con espíritu navideño frente al Parlamento en Westminster. REUTERS/Toby Melville
Una manifestante pro-Brexit con espíritu navideño frente al Parlamento en Westminster

Las negociaciones para el desenganche definitivo no serán inmediatas. Primero, tanto la UE como Gran Bretaña tienen que publicar sus objetivos de negociación. Aunque ambas partes tienen una idea bastante clara de cuáles son las posiciones de las otras partes después de cuatro años de idas y vueltas. El proyecto de ley de retirada le da al premier Boris Johnson 30 días para publicar sus objetivos de negociación. Se espera que los estados miembros de la unión acuerden su mandato de negociación el 25 de febrero, que luego se entregará al jefe negociador de la UE, Michel Barnier, y a los funcionarios de la comisión europea. Las conversaciones para establecer una frontera en el Mar de Irlanda pueden comenzar a partir del 1 de febrero. Los comités especiales de representantes británicos y de la UE deben reunirse para acordar detalles técnicos sobre la implementación del protocolo en Irlanda del Norte, un acuerdo que deja a esa zona bajo las reglas de la unión, con un estatus separado para Gran Bretaña.

Y más allá de todo el protocolo, Londres tendría todavía una opción más para alargar todo el proceso. De acuerdo al pacto inicial, hasta el 1 de julio de 2020 podría solicitar una extensión del período de transición por uno o dos años. Ya hubo conversaciones sobre esto y todavía no está claro si se puede o no ejecutar la opción. En una reunión privada con diplomáticos de la UE27 esta semana, los abogados de la UE dijeron que no podría haber una extensión después del 1 de julio de 2020.

También hay otro paso que debe cumplir el gobierno de Johnson. Tiene que aprobar una nueva legislación en cuatro áreas clave: inmigración (para reemplazar la libertad de movimiento que rige actualmente en todo el continente), agricultura, medio ambiente y comercio, todo lo cual está regulado por la UE en este momento. En su último discurso de la Reina, Isabel II también prometió proyectos de ley sobre pesca, servicios financieros y derecho internacional privado. De todos modos, nadie apuesta a que se pueda llegar a fines del 2020 con un acuerdo definitivo. Probablemente se alcance un pacto de intercambio de bienes y algunos servicios que les permitirá a los brexistas cantar victoria. Pero los que conocen los pasillos del poder en Bruselas son escépticos de que haya tiempo suficiente para concluir un pacto integral que vaya más allá de los asuntos específicos del comercio de bienes y cubra toda la gama de acuerdos, incluidos la ciencia, la educación, el intercambio de datos y la seguridad, que implica aproximadamente cuarenta leyes de la UE.

La reina Isabel II de Gran Bretaña después de grabar su mensaje anual del día de Navidad, en el Castillo de Windsor. Pidió a los británicos que superen sus divisiones después de un año
La reina Isabel II de Gran Bretaña después de grabar su mensaje anual del día de Navidad, en el Castillo de Windsor. Pidió a los británicos que superen sus divisiones después de un año «lleno de dificultades», entre el Brexit destrozando su país y los escándalos que sacuden a la familia real británica

Y, sobre todo, los británicos deberán abandonar esa actitud de desdén y superioridad que siempre han mostrado a sus socios europeos. Lo hicieron desde la firma del primer acuerdo, en 1957. A la ceremonia de la firma del Tratado de Roma, Londres envió a Russell Bretherton, un funcionario de comercio de rango intermedio, ni siquiera un secretario de Estado. Iba a observar, no a unirse. Cuando el entonces primer ministro Harold Macmillan reconoció el error estratégico y pidió la entrada en 1961, su viejo aliado de guerra, Charles de Gaulle, temió que el Reino Unido se convirtiera en un caballo de Troya anglosajón y no le dejó entrar hasta 1973. En aquellos primeros días, fue el líder laborista Hugh Gaitskell (1955-63) quien levantó la bandera euroescéptica contra la perspectiva de perder “mil años de historia” como Estado independiente. Sus enemigos en la izquierda del partido, que pensaban que Europa era una rampa de lanzamiento capitalista, lo aplaudieron. Sus colegas moderados se sintieron horrorizados. Los tories también tenían sus euroescépticos, entre ellos, los nostálgicos de la Commonwealth, que predicaban en un lenguaje indignado y hablaban de traición. Quedaron marginados, neutralizados por los parlamentarios eurófilos del Partido Laborista y el Partido Liberal (Demócrata Liberal), además de la mayor parte de Fleet Street, la calle tradicional de la prensa de Londres, cuyos puestos más altos, como en Westminster, los ocupaban veteranos de la Segunda Guerra Mundial que habían jurado no volver a tener otra guerra “nunca jamás”. Con las excepciones de The Daily Express, proimperio, y The Daily Worker, comunista, la prensa votó sí en el referéndum de 1975 sobre la pertenencia del Reino Unido a la Comunidad Europea. Siete miembros del Gobierno laborista –encabezados por Michael Foot– obtuvieron permiso para hacer campaña por el no. Margaret Thatcher defendió el sí con Harold Wilson, Ted Heath, David Steel y Roy Jenkins. El centro de gravedad de los dos grandes partidos no se movió hasta finales de los ochenta, cuando los recuerdos de la guerra empezaban a desvanecerse.

En 1988, Thatcher aseguró que la habían engañado y denunció el “federalismo”, justo mientras Neil Kinnock, el entonces líder opositor, animado por el visionario presidente francés de la Comisión Europea, Jacques Delors, convencía a los laboristas de que aceptaran una Europa social, que protegería a los trabajadores contra el capitalismo de libre mercado de Thatcher y Ronald Reagan. A medida que el laborismo se inclinaba hacia Europa, la mayor parte de Fleet Street se alejaba en la dirección opuesta. En 1991, Londres consiguió salirse del proyecto de la moneda única en Maastricht y varios compromisos de hacer reformas económicas “más competitivas, más anglosajonas”.

Barry Clarkson, 79, and Alastair Sutcliffe, 71, en una concentración a favor de la salida de la Unión Europea en la que habló Nigel Farage REUTERS/Phil Noble
Barry Clarkson, 79, and Alastair Sutcliffe, 71, en una concentración a favor de la salida de la Unión Europea en la que habló Nigel Farage REUTERS/Phil Noble

Pero eso no aplacó el “euroescepticismo”, que a esas alturas era, sobre todo, propiedad de la derecha populista. Los proeuropeos eran tecnócratas y racionales, mientras que sus adversarios empleaban el lenguaje agitador de la independencia y la libertad. La aparición de partidos con un objetivo único como el Partido de la Independencia del Reino Unido arrastró a las bases conservadoras todavía más de la idea de Europa. David Cameron aseguró su candidatura a dirigir el partido en 2005 con la promesa de abandonar el bloque conservador de la UE (el PPE) en Estrasburgo y formar un grupo menos “federalista”. Después, se le ocurrió la estúpida idea de llamar a un plebiscito para determinar la permanencia o no del reino en la Europa grande. Apareció el Brexit y aplastó todo. La ola se lo llevó como también lo hizo con Theresa May. Tuvo que aparecer la tromba rubia de Boris Johnson para terminar poniéndose al frente de este desenganche. La Gran Bretaña queda aislada bajo una neblina espesa que deja ver poco y nada. Goodbye and good luck.

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