Literatura

«Lo que resta de la vida», un libro a leer durante la cuarentena. Tercer entrega

Algo de espacio dentro de otro espacio mayor. Eso es la muerte enterrada en un cementerio. Cierta organización dentro de la oscuridad final en la que se pierde cualquier cuerpo. Ya no queda tiempo, el tiempo queda fuera de sus límites, el tiempo es solo un privilegio de la vida. Si bien se nace para morir algún día del porvenir, ocultamos la muerte en algún rincón alejado de lo cotidiano. Bien alejado. Somos humanos durante buena parte de nuestras vidas, seres que creemos poderlo casi todo. Y eso pasa hasta que se acerca el final. Ahí, recién ahí, nos terminamos convirtiendo en lo que realmente somos: simples animales que vamos a morir.

Miembros de la más presumida especie animal.

O mejor ahí, recién ahí, nos convertimos en humildes restos de lo que alguna vez fuimos: los animales más presuntuosos del universo.

Detrás de las enormes bóvedas edificadas a la vera de la avenida principal, hacia la izquierda según entramos, se alza un paredón altísimo y oscuro. Del otro lado, se encuentra el cementerio protestante de mi pueblo.

Las bóvedas pertenecen a los católicos.

Ignace, mi chozno francés, fue enterrado allí, en el cementerio protestante, atrás del paredón. Mi bisabuelo todavía no había comprado la bóveda ni la familia se había hecho católica, sospecho. Cuando Emilio la compró, en mil novecientos siete, se tomó el trabajo de llevar los restos de Ignace al panteón familiar. Pero, a pesar de la placa con la inscripción de su nombre en el piso superior, sus restos fueron a parar al osario. Directamente al osario. Mi chozno no fue un animal muy querido por sus descendientes. Demasiado presuntuoso. Por eso, quizá, las mayúsculas de la inscripción. Y por eso, también, fue que le tocó en suerte inaugurar el osario.

Otro paredón. Esta vez en grises y ocres. Deslucido. Sucio. Otro intento por separar no ya la vida de la muerte, sino de separar a los muertos entre sí o a los vivos que los visitan. Protestantes y católicos. Igual en mi pueblo que en la Chacarita. Exactamente igual de imposible.

Aunque el osario familiar guarda también un montón de huesos que no son tan familiares. Huesos de otras familias de animales humanos que no tenían una bóveda enorme ni ningún otro sitio en donde ir a parar, me cuenta alguna mañana del pasado mi tío José mientras toma un largo trago del único vaso alto de ginebra que ocupa la mesa del bar que está frente a la plaza principal de mi pueblo.

Mi tío sabe que terminará allí.

Igual que yo.

Los dos sabemos que sabemos. Y también que hay tiempos y tiempos, que hace rato dejamos de ilusionarnos, que solo nos queda ese espacio lejano y escondido. Ese mínimo espacio anónimo y eterno. Lo sabemos hasta que, justo en ese momento, el vaso de ginebra interrumpe nuestro saber partiéndose en mil pedazos al chocar contra el piso del bar.

Un ruido es tiempo, solo tiempo.

El grito póstumo de un vaso.

Y los pedazos de vidrio, esparcidos junto a la mesa, solo ocupan un espacio que después, dentro de unos minutos, alguien tendrá que limpiar.

Los huesos, la familia y los pedazos informes de vidrio en medio del charco de ginebra. Un muchacho se acerca a limpiar. El vaso ha dejado de ser. Sus restos irán a parar al tarro de basura que hay junto a la barra. Y de allí, esa misma noche, partirán hacia el basural que queda cerca del río Arrecifes. ¿Alguien recordará, algún día del futuro, que en este bar existió un vaso alto que podía llenarse con ginebra?

No lo creo.

Las familias de vasos no acostumbran almacenar los restos de sus difuntos en bóvedas enormes ni en ningún otro sitio. Terminan en el basural, esa suerte de cementerio de todo lo anónimo, de todo lo que no es humano.

Me pregunto si acaso somos muy diferentes las familias de humanos a las familias de vasos. ¿Hasta dónde llega el recuerdo de los muertos? ¿Cuánto es lo que sabemos de nuestros bisabuelos o de nuestros tatarabuelos? ¿Cuánto es lo que recordamos de las vidas que ya fueron y que tanto tienen que ver con lo que somos?

Mi madre se olvida con facilidad que hace unos segundos me ha contado exactamente lo mismo que me está contando por enésima vez. Se olvida. Tampoco recuerda los nombres de los protagonistas de aquello que me cuenta. Lo intenta. Vuelve a intentarlo. Pero no puede. Y se pone mal ante su olvido. Muy mal. Se enoja consigo misma, suspira, la imagino mordiéndose los labios.

Sin embargo, no deja de acordarse de mi padre.

Con cualquier excusa, lo nombra.

Mi padre murió hace diecisiete años. Y la voz de mi madre, a través del teléfono, siempre encuentra algún buen motivo para traerlo a la charla.

El recuerdo está ligado al amor. Me parece. El recuerdo de una persona, de un lugar, de una mascota, de una tarde, de cualquier cosa. Aunque el recuerdo también puede amontonarse cerca del odio. Recordamos lo que amamos o lo que odiamos, quiero decir. Nunca recordamos aquello que no conocimos o que pasa por nuestras vidas sin dejarnos alguna huella.

Claro que ni el amor ni el odio son contagiosos. Los restos de Ángela, mi abuela, descansan encima de los restos de mi padre, contra la pared izquierda del piso superior de la bóveda familiar. Cuando vivía, le decían Angelita. Yo no. Ninguno de sus nietos la llamaba Angelita. Para nosotros era granmamá, una suerte de pomposo galicismo que sonaba cariñoso y cercano en medio de la chatura pampeana.

Granmamá se reía mucho.

Todo el tiempo.

Cuidaba de sus muchos gatos y nos hacía barriletes con cañas, papel y engrudo. Murió dos meses antes de que naciera Juan. Y aunque yo la amaba, no creo que pueda contagiarle ese amor a mi hijo. No lo creo. El recuerdo de ella seguramente morirá conmigo.

La vida es luz, repite la metáfora. Y la luz es tiempo. Solo tiempo. La muerte queda fuera. Entre las sombras de estos árboles alemanes o allá, entre las bóvedas de mi pueblo. Queda ahí. Definitivamente. Dentro de un mínimo espacio de oscuridad en medio del brillo de la vida. Resulta algo así como la oscura eternidad del olvido, la muerte.

Termino con la tarta de manzana y llamo por teléfono a mi hijo. Necesito preguntarle si recuerda a sus abuelos. Me contesta que apenas. Y que de los dos, lo que recuerda no es grato: recuerda enojos, un enojo en particular de cada uno de ellos, que lo demás son anécdotas que otros le han contado.

Sus dos abuelos murieron casi al mismo tiempo.

Cuando él recién había cumplido ocho años de edad.

Y solo recuerda el temor que sintió ante sus respectivos enojos. Ni siquiera recuerda cuál fue el motivo de esos enojos.

Hace poco más de veinte años y de manera casual, empecé a pensar en la muerte. Antes no. Antes nunca. Antes era eterno. Mi trabajo de aquella época consistía en microfilmar el diario La Nación. Debía hacer dos rollos de película por día, esa era la tarea que tenía asignada. En cada rollo entraban alrededor de seiscientos fotogramas y, a finales del siglo XIX y durante las primeras décadas del XX, el diario solo tenía cuatro páginas de extensión. Tampoco se publicaba los domingos. Cada mañana, entonces, microfilmaba un año entero del diario La Nación. 

No la pasaba mal.

Me divertía.

Sobre todo revisando las increíbles publicidades de aquella época. Me divertía hasta que llegué a mil ochocientos noventa y cinco. Me divertía hasta que ya no me divertí más.

Mis abuelos paternos, Esteban y Ángela, nacieron el mismo año: mil ochocientos noventa y cinco. Esteban el veinte de septiembre y Ángela el veintidós de noviembre. Esteban nunca me importó demasiado, tenía un carácter complicado y se la pasaba gritando. Pero a granmamá la amé.

La muerte, entonces, se hizo carne en mi vida durante esos días. Mientras microfilmaba las páginas del diario La Nación. Al llegar al mes de noviembre de mil ochocientos noventa y cinco, para ser del todo preciso. Paradójicamente, justo el día en que nacía mi abuela.

A la mañana siguiente, granmamá cumplía un año.

Y apenas un par de semanas más tarde, ya estaba microfilmando su primer día de escuela y también el último: solo hizo hasta tercer grado.

La vida de mi abuela pasaba muy rápido. Entre títulos y noticias que informaban de cuestiones sin ninguna importancia. Pasaba demasiado rápido, la vida. Y a mí me resultaba del todo imposible que ese vértigo, que la velocidad con la que transcurría una vida tan querida, no me llevara a pensar en la muerte. En la de ella, claro, pero también en la mía.

Llamo a la chica que me atendió y le pago. Enseguida, me levanto y me interno lentamente dentro del cementerio. He buscado sin éxito la tumba de alguno de los Strauss durante todos estos días. Supongo que están enterrados acá, qué sentido tendría, si no es así, que el bar se llame como se llama.

Pero no.

Tampoco los encuentro esta vez.

Entonces me siento en un banco, abro el libro que estoy leyendo y enciendo un cigarrillo. Aunque no leo. Solo fumo mientras me acuerdo de la risa suave y constante de mi abuela.

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