La reunión extraordinaria del Consejo Permanente de la Organización de los Estados Americanos (OEA), celebrada este martes tras la captura de Nicolás Maduro, no solo sirvió para discutir la legalidad del operativo estadounidense, sino que se convirtió en un crudo examen sobre la salud de las democracias en el hemisferio.
En una de las intervenciones más comentadas, la representación diplomática de El Salvador, encabezada por la embajadora Wendy Acevedo, fue contundente. Al referirse a la caída del líder chavista, explicó que la crisis actual es una “consecuencia esperada tras más de una década de un régimen autoritario”. La postura salvadoreña instó a la organización a no limitarse a «comunicados simbólicos» y a centrar esfuerzos en restaurar el orden constitucional en el país suramericano.
El fenómeno del «Caballo de Troya» Democrático
El pronunciamiento de El Salvador toca una fibra sensible en América Latina: el patrón de gobernantes que acceden al poder mediante el voto popular para, una vez instalados, desmantelar el sistema desde adentro.
Analistas políticos señalan que Venezuela es el caso de estudio definitivo de lo que la ciencia política moderna llama «autocratización gradual». A diferencia de los golpes de Estado militares del siglo XX, los nuevos autoritarismos en la región comparten una hoja de ruta común:
- Legitimidad de Origen: El líder llega al poder con mayorías abrumadoras y un discurso de ruptura contra las «élites tradicionales».
- Modificación de las «Reglas del Juego»: Una vez en el cargo, el primer paso suele ser la reforma constitucional o el control de las cortes supremas para habilitar la reelección indefinida.
- Captura Institucional: El debilitamiento de los contrapesos (como el Legislativo y el sistema electoral) permite que el gobernante se perpetúe en el poder bajo un barniz de legalidad.
«La tragedia de Venezuela comenzó cuando las instituciones se volvieron extensiones de la voluntad de un solo hombre», señalaron expertos durante el foro.
Venezuela como advertencia regional
La intervención salvadoreña en la OEA resuena en un momento donde varios países del continente enfrentan críticas por la concentración del poder. Desde el giro constitucional en Nicaragua bajo Daniel Ortega, hasta las reformas en otros países que han permitido mandatos consecutivos —incluso cuando la Constitución original lo prohibía—, la región parece estar atrapada en un ciclo de personalismo.
El Salvador, al calificar la situación venezolana como una «consecuencia esperada», lanza un mensaje de advertencia: cuando se modifican las reglas del juego democrático para eliminar la alternancia, la salida suele ser traumática y externa, al cerrarse todas las vías institucionales internas.
Hacia una transición incierta
Mientras países como Colombia, Brasil y México han adoptado una postura de «no intervención», El Salvador se alinea con el bloque que exige una hoja de ruta inmediata para una transición democrática pacífica. El reto para la OEA ahora es evitar que el vacío de poder en Caracas se convierta en una anarquía, mientras los líderes del resto del continente observan el destino de Maduro como un espejo de lo que ocurre cuando la democracia es erosionada hasta su desaparición total.
