Por Sandra Weiss -DW-
El presidente salvadoreño Nayib Bukele no está en la papeleta en las elecciones en Costa Rica este fin de semana. Pero su sombra ha estado planeando sobre estos comicios desde el principio: varios candidatos adoptaron su eslogan de «mano dura» contra el crimen para hacer campaña, entre ellos el esposo costarricense de una prima de Bukele.
Pero, sin duda, el que más explotó su cercanía ideológica con Bukele es el actual presidente Rodrigo Chaves, un exfuncionario del Banco Mundial con una agenda neoliberal y un polémico estilo populista de derecha. Su Partido Pueblo Soberano, fundado en 2022, incluso adoptó el mismo color que el movimiento de Bukele: el emblema azul turquesa.
Costa Rica ante un cambio de época
Como la Constitución prohíbe la reelección, Chaves lanzó al ruedo su exministra, Laura Fernández, quien, según varias encuestas, lidera cómodamente y logrará tal vez superar el 40 por ciento necesario para imponerse en primera vuelta.
Aun siendo poco carismática, sin perfil político propio, Rodríguez se beneficia del apoyo y la popularidad de su mentor y de la debilidad de sus contrincantes. El mejor posicionado entre las 20 candidaturas de una oposición dividida es el economista Alvaro Ramos, del Partido Liberación Nacional, rozando el 10 por ciento de intención de voto.
Todavía puede haber sorpresas, advierten los expertos consultados por DW, ya que un tercio del electorado está indeciso y, en el pasado, las encuestas no fueron muy confiables.

Pero, si en algo coinciden los expertos, es en que el país, famoso por haber sido durante décadas un ejemplo de democracia y sustentabilidad en la región, está ante un cambio de época, si se afianza el modelo que combina un populismo punitivo con una política económica neoliberal y extractivista.
Un presidente en conflicto con quienes ponen límites
«Estamos en una situación compleja porque el actual Gobierno se ha dedicado sistemáticamente a atacar la institucionalidad democrática que ha diferenciado a Costa Rica del resto de países centroamericanos», dice la socióloga Montserrat Sagot en entrevista con DW. Enumera, por ejemplo, los ataques al Tribunal Supremo de Elecciones, al Poder Judicial y a los medios críticos.
A eso se añade una disputa eterna con un Legislativo, donde Chaves no tuvo la mayoría. El conflicto culminó en dos intentos fallidos de desaforar al presidente. El último fue por beligerancia política, una figura que se refiere a la prohibición de que el presidente en ejercicio se involucre en asuntos electorales o manifieste apoyo incluso al partido oficialista.
Todo esto en un panorama de constante deterioro en la salud y educación pública, otrora el orgullo de la sociedad costarricense, y con un aumento de la violencia en los últimos cuatro años: los homicidios crecieron de 13 a 18 por cada 100,000 habitantes.

Crecimiento económico y una narrativa que conecta con emociones
No parece un balance muy favorable para mantenerse en el poder. Sin embargo, con un 52 por ciento de aprobación, Chaves goza de una popularidad alta, que se explica, por un lado, por un crecimiento económico robusto del 4,4 por ciento en promedio en los últimos cuatro años. Y, por el otro, con una bien construida narrativa.
Culpar a los partidos tradicionales por el deterioro y a los demás poderes por obstaculizar las reformas propuestas por Chaves es un relato persuasivo en la opinión de Carlos Sandoval, doctor en estudios culturales de la Universidad de Birmingham.
«Demuestra la capacidad que tiene el populismo autoritario para conectar emocionalmente con los sectores que lo pasan mal», dice en entrevista con DW. Pero también considera que la oposición está fallando: «No presenta grandes propuestas e invierte sus energías en criticar al presidente y a su candidata», haciéndoles publicidad y desperdiciando la oportunidad de colocar su propia agenda.
Para Ingrid Hausinger, la campaña no ha sido sobre propuestas sino sobre emociones y promesas difusas, algo que refleja el eslogan oficialista: «continuidad para el cambio».
La representante en Centroamérica de la Fundación Heinrich Böll (cercana al Partido Verde alemán) observa otro fantasma rondando las mentes de los votantes: «Hay mucho miedo en el electorado por perder calidad de vida, y este Gobierno lo sabe capitalizar muy bien».
No sacrificar el desarrollo por unos árboles
Hay otro tema que ha caracterizado Costa Rica, pero casi no aparece en el debate electoral: la ecología. Ser un país verde y sustentable fue la marca de Costa Rica en los últimos 30 años, y también un elemento de promoción turística, un importante sector económico. Sin embargo, esto cambiará si gana Fernández, advierten las expertas.
«Chaves dice abiertamente que no va a sacrificar el desarrollo por unos árboles y monitos. Es una visión clasista y extractivista, que privilegia a los grandes inversores», dice Sagot, catedrática de la Escuela de Sociología de la Universidad de Costa Rica.
También Hausinger ha observado un retroceso ambiental que se puede acelerar si Fernández se impone. «Costa Rica tenía un préstamo para hacer un tren eléctrico que Chaves canceló, están privatizando la empresa pública de energía y no se hacen consultas previas en proyectos de inversión», enumera la ecóloga.
Hay muchos más ejemplos. Se quiere volver a autorizar la minería a gran escala, prohibida desde 2010 en el país. Costa Rica no ha firmado el primer acuerdo ambiental de la región, el acuerdo de Escazú, a pesar de que fue uno de los países que más apoyaron las negociaciones del tratado adoptado en 2018.
«En la agenda política, se ha restado prioridad totalmente al medio ambiente, ni siquiera en los informes de Gobierno hay capítulos dedicados al tema. Vemos una actitud muy similar al resto de países de Centroamérica, donde el medio ambiente dejó de ser una prioridad», subraya Hausinger.
Los tres coinciden en que estas elecciones pueden significar el fin de la excepcionalidad costarricense. «Pero depende también de cómo quede conformada la Asamblea legislativa», advierte Sagot.
Las esperanzas de preservar los avances se anidan en una ciudadanía que en el pasado ha mostrado una tendencia a la moderación, colocando contrapesos para evitar concentración y abusos de poder.
