Europa enfrenta inundaciones extremas mientras El Niño frena los huracanes del Atlántico

La DANA Adam dejó lluvias torrenciales, evacuaciones y muertes en España, mientras Estambul sufrió uno de los episodios de lluvia más intensos de las últimas ocho décadas. En el Atlántico, la temporada ciclónica avanza con una actividad excepcionalmente baja. NOAA atribuye parte de esta anomalía a un El Niño que podría alcanzar una intensidad histórica, mientras la ciencia advierte que el calentamiento global aumenta el potencial destructivo de las precipitaciones extremas

by Redacción LaGaceta503

MADRID / ESTAMBUL / SAN SALVADOR. — Europa afronta una nueva señal de los riesgos que plantea un clima cada vez más cálido: lluvias torrenciales que desbordan cauces, anegan ciudades y obligan a evacuar a miles de personas, mientras, a miles de kilómetros, el Atlántico registra una temporada de huracanes extraordinariamente débil.

La DANA Adam golpeó entre el 17 y el 20 de octubre el litoral mediterráneo español, con especial intensidad en Valencia y Alicante. En Turquía, Estambul sufrió el 14 de octubre un episodio de lluvias que las autoridades calificaron como el más intenso en 83 años. Aunque ambos fenómenos ocurrieron durante un mismo período de inestabilidad regional, no existe evidencia suficiente para afirmar que se trató de una única tormenta desplazándose desde España hasta Turquía.

El contraste con el Caribe resulta llamativo, pero requiere una precisión: la temporada atlántica de 2026 no ha estado completamente libre de huracanes. El huracán Isaias se formó en octubre, convirtiéndose en el primer huracán del Atlántico de la temporada y en el más tardío registrado desde, al menos, 1905. Hasta el 20 de octubre, el Centro Nacional de Huracanes de Estados Unidos contabilizaba nueve tormentas con nombre y un huracán, cifras muy inferiores a los promedios climatológicos.

La combinación de estos episodios plantea una pregunta de alcance mundial: ¿cómo puede coincidir una temporada de huracanes tan apagada con inundaciones devastadoras en distintas regiones? La respuesta está en la interacción de varios procesos atmosféricos y oceánicos, no en una sola causa.

España: lluvias extraordinarias y pueblos inundados

La DANA Adam descargó precipitaciones excepcionales en el este de España. Según los datos difundidos por la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), Pego, en Alicante, acumuló aproximadamente 632 milímetros de lluvia en 36 horas, una cantidad extraordinaria para un intervalo tan corto.

El temporal afectó especialmente al sur de Valencia y al norte de Alicante. Las inundaciones anegaron viviendas, comercios y carreteras; hubo vehículos arrastrados por el agua, rescates desde tejados y restricciones de movilidad. Más de 2.000 personas fueron evacuadas durante la fase más grave del episodio, mientras las autoridades activaron dispositivos de emergencia y desplegaron efectivos de la Unidad Militar de Emergencias.

Al cierre de los balances publicados el 20 de octubre, las informaciones españolas contabilizaban cuatro fallecidos, aunque algunos medios recogían datos provisionales distintos mientras se verificaban las circunstancias de las muertes. La cifra debe actualizarse con el último parte oficial antes de publicar.

La DANA es una depresión aislada en niveles altos: una bolsa de aire frío que queda separada de la circulación atmosférica principal. Cuando interactúa con aire cálido y húmedo procedente del Mediterráneo, puede favorecer el desarrollo de tormentas intensas y persistentes. Si las células tormentosas permanecen estacionarias sobre una misma zona, la lluvia se acumula rápidamente y los cauces pueden desbordarse en cuestión de minutos.

No todas las DANAs provocan inundaciones catastróficas. Su impacto depende de la intensidad y duración de la precipitación, la humedad antecedente del suelo, la orografía, el estado de los ríos, la urbanización y la capacidad de alerta y respuesta.

La tragedia de octubre de 2024 en Valencia, que causó más de 230 muertes, sigue siendo el referente más doloroso de la vulnerabilidad de esta región. La repetición de episodios severos ha reabierto el debate sobre la construcción en zonas inundables, la preparación de las ciudades y la rapidez con la que se advierte a la población.

Turquía: Estambul bajo el agua

El 14 de octubre, lluvias intensas provocaron inundaciones en Estambul, la mayor ciudad de Turquía. El agua invadió viviendas, comercios, pasos inferiores y avenidas; varios vehículos fueron arrastrados y numerosos residentes quedaron atrapados en carreteras y zonas bajas.

La agencia Associated Press informó el 15 de octubre de al menos tres muertos, cinco personas reportadas como desaparecidas y más de 3.000 personas rescatadas de situaciones de riesgo. Las autoridades turcas describieron el episodio como la lluvia más intensa registrada en la ciudad en 83 años.

Las consecuencias también alcanzaron a las provincias cercanas de Sakarya y Kocaeli. Se registraron daños en viviendas, interrupciones del tráfico y problemas de movilidad, mientras los servicios de emergencia mantuvieron las labores de evacuación y vigilancia.

El ministro turco de Medio Ambiente, Urbanización y Cambio Climático, Murat Kurum, vinculó las inundaciones con la crisis climática y advirtió que las precipitaciones intensas son cada vez más preocupantes. Esa declaración es consistente con las tendencias científicas generales, aunque atribuir un episodio concreto al calentamiento global requiere estudios específicos de atribución.

La coincidencia temporal con la DANA española no significa que ambos episodios tengan exactamente el mismo origen meteorológico. Sí muestra cómo distintos sistemas pueden producir impactos extremos en una misma región amplia, especialmente cuando confluyen humedad abundante, inestabilidad y condiciones locales que amplifican las inundaciones.

El Atlántico, una temporada de huracanes anormalmente débil

Mientras el Mediterráneo afrontaba inundaciones, la actividad ciclónica del Atlántico se mantenía muy por debajo de lo habitual. El balance del Centro Nacional de Huracanes hasta las 03:00 UTC del 20 de octubre registraba nueve tormentas con nombre, frente a un promedio histórico de aproximadamente 12 para ese momento de la temporada, y solo un huracán.

La energía ciclónica acumulada también se encontraba muy por debajo de la normalidad. NOAA contabilizaba un índice de energía acumulada de 18, alrededor de un 84 % inferior al promedio de referencia para el período. Este indicador no mide únicamente el número de tormentas: también considera la intensidad y duración de los ciclones tropicales.

La anomalía fue aún más evidente en el calendario. Isaias se convirtió en el primer huracán de la temporada atlántica el 7 de octubre, el inicio más tardío de un primer huracán desde que existen registros comparables, al menos desde 1905. NOAA señaló que la temporada había sido inusualmente tranquila y relacionó parte de esa falta de actividad con el fuerte episodio de El Niño.

Por tanto, no es correcto afirmar que el Caribe y el Atlántico no han tenido huracanes en todo 2026. La formulación precisa es que la cuenca ha registrado una actividad excepcionalmente baja y que el Caribe ha permanecido sin el impacto directo de un huracán durante buena parte de la temporada, según el período y la zona que se consideren.

La ausencia de un gran huracán no elimina el peligro. Las tormentas tropicales, los sistemas que no alcanzan la categoría de huracán y las lluvias asociadas a ondas tropicales pueden provocar inundaciones, deslizamientos y pérdidas agrícolas. Además, la temporada oficial del Atlántico se extiende hasta el 30 de noviembre.

El Niño se fortalece y modifica la circulación atmosférica

La explicación principal de la debilidad atlántica se encuentra, en parte, en el desarrollo de un episodio intenso de El Niño. En su diagnóstico del 8 de octubre de 2026, el Centro de Predicción Climática de NOAA informó que el fenómeno seguía fortaleciéndose. El índice Niño 3.4 alcanzó una anomalía de aproximadamente 2,1 °C por encima del promedio, mientras en sectores del Pacífico ecuatorial oriental las anomalías superaban los cuatro grados.

NOAA estimó una probabilidad superior al 83 % de que las condiciones de El Niño fuerte a muy fuerte persistieran hasta el período enero-marzo de 2027. La agencia también advirtió que existía una posibilidad considerable de que el episodio alcanzara una intensidad histórica. Se trata de un pronóstico probabilístico, no de una certeza sobre su intensidad final.

El Niño altera la circulación atmosférica tropical y puede modificar los vientos en altura sobre el Atlántico. Cuando aumenta la cizalladura vertical —el cambio de velocidad o dirección del viento con la altitud—, las tormentas tropicales encuentran mayores dificultades para organizarse y mantener una estructura intensa.

NOAA explicó en su perspectiva de la temporada 2026 que esperaba una actividad atlántica inferior a la normal, en buena medida por el desarrollo de El Niño. En su actualización de agosto, asignó un 75 % de probabilidad a una temporada por debajo de lo normal, un 20 % a una temporada cercana al promedio y un 5 % a una temporada superior a la media.

El efecto de El Niño no es uniforme en todas las cuencas. Mientras puede inhibir la formación de huracanes en el Atlántico, la reorganización de los vientos y la convección puede favorecer una mayor actividad tropical en el Pacífico oriental. Eso no significa que cada tormenta de una región sea causada directamente por el fenómeno, sino que cambia las condiciones de fondo sobre las que se desarrollan los sistemas meteorológicos.

El Niño no explica por sí solo las inundaciones europeas

Una de las precauciones fundamentales al comparar los episodios de España y Turquía con la falta de huracanes atlánticos es no atribuir todos los fenómenos a El Niño. Este fenómeno tiene efectos globales, pero no constituye una explicación directa y única de las lluvias torrenciales del Mediterráneo.

Las DANAs se forman por configuraciones atmosféricas regionales, incluidas las depresiones aisladas en altura, las corrientes de aire húmedo, la inestabilidad y la interacción con las montañas y la costa. El Niño puede influir en patrones de circulación a escala planetaria, pero para demostrar su papel específico en la DANA Adam se necesitaría un análisis meteorológico y de atribución dedicado a ese episodio.

La conexión más sólida entre las inundaciones mediterráneas y el cambio climático es termodinámica: una atmósfera y un mar más cálidos pueden aportar más humedad a los sistemas de tormentas, aumentando el potencial de precipitación intensa cuando la circulación es favorable.

El aire puede contener aproximadamente un 7 % más de vapor de agua por cada grado Celsius de calentamiento, como aproximación física derivada de la relación de Clausius-Clapeyron. La cantidad de lluvia que finalmente cae también depende de la dinámica atmosférica, la disponibilidad de humedad y la duración de la tormenta. Por eso, más calor no significa automáticamente más lluvia en todas las regiones, pero sí puede aumentar la intensidad potencial de ciertos episodios extremos.

Qué dice la ciencia sobre el cambio climático

Un estudio publicado en 2026 y liderado por investigadores de la Universidad de Valladolid y AEMET cuantificó el papel del calentamiento antropogénico en las inundaciones de Valencia de octubre de 2024. Sus resultados estimaron que el cambio climático intensificó en un 21 % la tasa de precipitación intradiaria y aumentó en un 19 % el volumen total de lluvia en la cuenca del Júcar. El área afectada por precipitaciones superiores a 180 milímetros se amplió en un 55 % debido al calentamiento global.

Los investigadores relacionaron esa intensificación con el mayor contenido de humedad atmosférica y la inestabilidad, exacerbados por el calentamiento del Mediterráneo.

Un análisis presentado en la Asamblea General de la Unión Europea de Geociencias de 2026 llegó a conclusiones compatibles mediante simulaciones de alta resolución. Para el episodio de Valencia de 2024, estimó que el calentamiento antropogénico elevó el contenido de humedad y el transporte horizontal de vapor entre un 18 % y un 24 %, aumentó la inestabilidad convectiva alrededor de un 25 % y contribuyó a incrementar la precipitación total cerca de un 20 %. La investigación se refiere al episodio de 2024 y no debe extrapolarse automáticamente a la DANA Adam de 2026.

El Centro Europeo de Predicción Meteorológica a Medio Plazo (ECMWF) también documentó que las inundaciones de 2024 estuvieron asociadas a una depresión aislada en altura, con aire mediterráneo cálido y húmedo, tormentas persistentes y acumulaciones excepcionales. Su análisis destacó que los modelos detectaron con varios días de anticipación una señal de precipitaciones extremas, aunque seguía existiendo incertidumbre sobre la localización exacta de los mayores acumulados.

Estos resultados no prueban que el cambio climático sea la causa única de cada inundación. Demuestran algo más específico: en el caso de Valencia de 2024, el calentamiento global amplificó un episodio meteorológico que ya tenía condiciones favorables para producir lluvia extrema.

Para atribuir de manera rigurosa el papel del cambio climático en la DANA Adam de octubre de 2026, se necesitan estudios específicos que comparen simulaciones del clima actual con escenarios contrafactuales sin el calentamiento antropogénico.

Un clima con extremos distintos, no un clima sin reglas

La aparente contradicción entre inundaciones mediterráneas y pocos huracanes atlánticos revela una realidad importante: el cambio climático no produce el mismo efecto en todos los lugares ni en todos los tipos de fenómeno.

El Niño es una oscilación natural del sistema océano-atmósfera que puede modificar la probabilidad de determinados patrones meteorológicos. El calentamiento global, causado principalmente por las emisiones de gases de efecto invernadero, eleva la temperatura media del planeta y cambia las condiciones físicas en las que ocurren esos fenómenos. Ambos procesos pueden coincidir e interactuar, pero no son equivalentes.

Una temporada atlántica tranquila no contradice el calentamiento global. Del mismo modo, una inundación devastadora no demuestra por sí sola que el cambio climático haya causado un episodio específico. La evaluación exige observar tendencias de largo plazo, condiciones regionales y estudios de atribución.

Para Centroamérica, donde la población depende de la agricultura de secano y las lluvias estacionales, el fortalecimiento de El Niño merece atención especial. El fenómeno puede aumentar el riesgo de déficits de lluvia y calor en determinadas fases y regiones, aunque sus efectos concretos sobre El Salvador dependerán de la evolución del episodio, la circulación regional y los pronósticos estacionales del MARN, NOAA y otros centros meteorológicos. No es posible traducir el estado actual de El Niño en una predicción exacta de sequía o lluvia para cada municipio sin consultar esos pronósticos.

Al mismo tiempo, las lluvias intensas siguen siendo posibles incluso durante períodos de déficit estacional. Una atmósfera más cálida puede intensificar episodios de precipitación cuando se reúnen las condiciones adecuadas, aunque el balance total de lluvia de una temporada sea inferior a lo normal.

La prevención, la infraestructura y las alertas son decisivas

Los episodios de España y Turquía dejan una lección que va más allá de las cifras de lluvia: el daño depende tanto de la intensidad del fenómeno como de la exposición de la población y la preparación de las ciudades.

La urbanización de cauces y zonas inundables, el drenaje insuficiente, la pérdida de vegetación y la ocupación de áreas bajas pueden convertir una tormenta extrema en una catástrofe. Los sistemas de alerta temprana, las evacuaciones oportunas, la planificación territorial y la comunicación pública pueden reducir el número de víctimas, incluso cuando no es posible evitar el temporal.

Los modelos del ECMWF, las observaciones satelitales de la NASA y NOAA, y los registros de los servicios meteorológicos nacionales permiten detectar señales de peligro con anticipación. Sin embargo, un pronóstico de lluvias extremas solo salva vidas si llega a la población, se entiende y se traduce en decisiones oportunas.

La actividad atlántica podría repuntar antes de que termine noviembre, y las lluvias mediterráneas pueden reaparecer cuando se den las condiciones atmosféricas necesarias. Ni la ausencia temporal de huracanes ni la mejora del tiempo tras una DANA significan que el riesgo haya desaparecido.

La evidencia científica apunta a una conclusión clara: el planeta atraviesa una etapa de alteraciones climáticas en la que la variabilidad natural, como El Niño, se superpone a un calentamiento de origen humano. Comprender esa interacción —sin atribuir todos los fenómenos a una única causa— es esencial para preparar a las sociedades frente a lluvias extremas, sequías, calor y otros riesgos que afectan la seguridad, la economía y la producción de alimentos.

Con información de AdN -Agencia Digital de Noticias-

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