WASHINGTON / KIEV. — En vísperas de unas elecciones que pueden alterar el control del Congreso estadounidense, Donald Trump ha dado un nuevo giro a su política hacia la guerra de Ucrania: mientras presiona al presidente Volodímir Zelenski para que detenga los ataques contra instalaciones energéticas rusas, negocia con Vladímir Putin el suministro de diésel y posterga sanciones que debían aumentar el costo de la invasión rusa.
La secuencia ha profundizado la ruptura entre Washington y Kiev. Para Ucrania, que depende de armamento occidental para defender sus ciudades e infraestructura, el problema no es únicamente diplomático: la incertidumbre sobre las armas, la inteligencia y los sistemas tecnológicos estadounidenses puede tener consecuencias directas en el campo de batalla.
El giro también tiene una dimensión interna. Los precios de la energía se han convertido en un problema político para Trump y los republicanos, que el 3 de noviembre afrontarán las elecciones de medio término. La búsqueda de combustible más barato puede presentarse como una respuesta a los consumidores estadounidenses, pero los beneficios reales del acuerdo con Moscú siguen en entredicho.
De la confrontación con Zelenski al repliegue militar
La distancia entre Trump y Zelenski no comenzó con el diésel. Se hizo evidente desde el retorno del republicano a la Casa Blanca, en enero de 2025, cuando su administración modificó las prioridades estadounidenses y buscó presionar a Kiev para acelerar una negociación que pusiera fin a la guerra.
El 28 de febrero de 2025, una reunión entre ambos mandatarios en la Casa Blanca terminó en una confrontación pública. Trump y su vicepresidente, J. D. Vance, reprocharon a Zelenski su actitud ante Washington y cuestionaron su disposición a alcanzar un acuerdo. El encuentro agravó una relación que ya estaba marcada por diferencias sobre las condiciones de una eventual paz y las garantías de seguridad que Ucrania considera necesarias.
El 3 de marzo, Trump ordenó suspender temporalmente la asistencia militar estadounidense. La medida fue levantada el 11 de marzo, después de las conversaciones entre delegaciones de ambos países en Yeda, Arabia Saudí. Aunque la interrupción duró poco más de una semana, dejó claro que el suministro de armas y el intercambio de información podían utilizarse como instrumentos de presión política.
Un informe de la Oficina del Inspector General estadounidense sobre la operación de apoyo a Ucrania confirmó que la asistencia militar fue suspendida temporalmente y luego reanudada. También advirtió que la incertidumbre sobre futuras interrupciones podía llevar a las fuerzas ucranianas a racionar municiones y limitar su capacidad para aprovechar oportunidades en el frente.
El episodio anticipó una transformación más profunda: Estados Unidos dejó de comprometer nuevos paquetes de ayuda de la magnitud de los aprobados durante la presidencia de Joe Biden y comenzó a depender, en buena medida, de recursos previamente autorizados y de mecanismos en los que los aliados europeos compran armamento estadounidense para entregarlo a Ucrania.
Las cifras muestran el retroceso del apoyo estadounidense
Los datos del Ukraine Support Tracker, elaborado por el Instituto de Economía Mundial de Kiel, permiten medir el cambio. Según su actualización de febrero de 2026, las asignaciones de ayuda militar europea aumentaron un 67 % en 2025 respecto del promedio anual de 2022 a 2024. Sin embargo, ese esfuerzo no compensó por completo la retirada estadounidense: el total de las asignaciones militares a Ucrania cayó un 13 % frente a aquel promedio.
El análisis del Parlamento Europeo, basado en el mismo rastreador, calcula que en 2025 las asignaciones militares de Estados Unidos se redujeron a aproximadamente 400 millones de euros, mientras que el apoyo militar europeo alcanzó unos 28,400 millones de euros.
La diferencia es sustancial. Europa amplió su participación para cubrir parte del vacío, pero Ucrania sigue dependiendo de capacidades estadounidenses en áreas difíciles de reemplazar con rapidez, entre ellas determinados sistemas de defensa antiaérea, municiones y tecnología militar.
El Consejo de Relaciones Exteriores de Estados Unidos señaló, en una revisión publicada en 2026, que desde el regreso de Trump no se habían aprobado nuevas autorizaciones legislativas de ayuda de gran escala comparables con las anteriores. Una parte importante del material previamente financiado continuó llegando, pero los recursos disponibles se consumen sin un flujo equivalente de nuevos compromisos.
Es importante distinguir entre la ayuda ya aprobada, las entregas efectivas y las nuevas asignaciones: no todo el dinero contabilizado como gasto estadounidense ha sido transferido directamente al Gobierno ucraniano ni todo corresponde a armamento. Pero la tendencia resulta clara: Washington ha reducido el impulso financiero nuevo que sostenía la defensa ucraniana.
9 de octubre: el acuerdo de diésel con Putin
El 9 de octubre de 2026, Trump anunció que había alcanzado un acuerdo con Putin para que Rusia suministrara diésel a los mercados internacionales. Según lo anunciado por el mandatario estadounidense, el primer envío superaría las 300.000 toneladas, seguido de cargamentos adicionales durante noviembre y los meses posteriores.
El anuncio se produjo en un momento políticamente delicado. El diésel, indispensable para el transporte de mercancías, la agricultura y buena parte de la actividad industrial, se había encarecido en Estados Unidos. Trump presentó el entendimiento como una medida para aumentar la oferta y contener los precios antes de las elecciones legislativas.
Sin embargo, la operación abrió una contradicción difícil de ignorar. Durante años, Estados Unidos y sus aliados habían intentado limitar los ingresos energéticos de Rusia para reducir los recursos disponibles para financiar su invasión de Ucrania. Ahora, la administración Trump negociaba una vía para facilitar la comercialización de combustible ruso.
La Casa Blanca defendió el acuerdo como una decisión favorable a los consumidores y al mercado energético. Trump sostuvo que el combustible se distribuiría internacionalmente y que no necesariamente se destinaría al consumo estadounidense. Esa explicación no elimina la cuestión económica central: permitir que Rusia venda más combustible puede generar ingresos para el país que continúa atacando a Ucrania.
Tampoco está demostrado que el acuerdo produzca una reducción significativa del precio del diésel en Estados Unidos. Un análisis publicado por El País, que citó estimaciones de la consultora Eurasia, indicó que un primer cargamento de unas 300.000 toneladas equivaldría aproximadamente a medio día del consumo estadounidense de destilados. Una cantidad de esa magnitud difícilmente cambiaría por sí sola el comportamiento de un mercado tan grande.
Por tanto, presentar el pacto como una solución decisiva al costo de la energía sería prematuro. Su impacto dependerá de los volúmenes que finalmente lleguen, las condiciones comerciales, la logística y la evolución de la oferta y la demanda mundial.
10 de octubre: Trump cuestiona la continuidad de Zelenski
Un día después de anunciar el acuerdo, Trump endureció sus declaraciones contra el presidente ucraniano. El 10 de octubre sugirió que Ucrania necesitaba un nuevo líder capaz de alcanzar un acuerdo con Rusia y responsabilizó a Zelenski de no haber aprovechado oportunidades para terminar la guerra.
Las palabras fueron interpretadas en Kiev como una nueva señal de que la administración estadounidense estaba trasladando la presión desde el invasor hacia el país invadido.
La posición de Trump contrasta con el principio que ha guiado la defensa ucraniana desde febrero de 2022: que las condiciones para terminar la guerra no deben imponerse a Ucrania mientras Rusia ocupa parte de su territorio y mantiene sus ataques.
La presión sobre Kiev se intensificó también en torno a los ataques ucranianos contra refinerías y otras instalaciones energéticas rusas. Funcionarios estadounidenses, según informaciones de prensa, habían pedido a Ucrania que detuviera esas operaciones. Desde la perspectiva de Washington, los ataques podían afectar la disponibilidad de combustible y los precios internacionales; para Kiev, golpear la infraestructura que sostiene el esfuerzo militar ruso constituye una forma de debilitar la capacidad de Moscú para continuar la guerra.
Esta diferencia estratégica ha convertido la política energética en otro frente del conflicto entre los dos gobiernos.
Del 13 al 17 de octubre: la disputa por las sanciones
El 13 de octubre, Trump defendió públicamente el acuerdo de diésel y aseguró que Estados Unidos continuaba compartiendo inteligencia con Ucrania. Con ello rechazó la idea de que Washington hubiera cortado por completo su cooperación con Kiev.
La precisión es importante: el distanciamiento político y la reducción de nuevas asignaciones no significan que toda la ayuda militar, tecnológica o de inteligencia haya desaparecido. Persisten mecanismos de cooperación, aunque su continuidad se ha vuelto más incierta.
La controversia escaló el 17 de octubre, cuando Trump suspendió mediante una orden ejecutiva la aplicación de medidas previstas en una nueva legislación dirigida a aumentar la presión económica sobre Rusia. El paquete contemplaba sanciones y aranceles relacionados con el comercio energético ruso y con países que compran petróleo y gas de Moscú.
La ley buscaba restringir los ingresos con los que el Kremlin financia su guerra. La decisión de Trump de aplazar la aplicación de esas medidas debilitó, al menos temporalmente, la presión económica que el propio Gobierno estadounidense había aceptado formalmente.
Zelenski calificó el giro de equivocado y advirtió que beneficiaba a Rusia, mientras que representantes rusos celebraron la decisión como una oportunidad para reactivar la cooperación económica.
La contradicción resulta especialmente visible: Washington mantiene su discurso de búsqueda de paz, pero flexibiliza instrumentos de presión sobre el Gobierno que inició la invasión, al mismo tiempo que reclama concesiones al país que intenta defenderse.
Una guerra, dos cálculos políticos
El calendario electoral ayuda a entender por qué el precio del combustible ocupa un lugar central en esta disputa. El 3 de noviembre los estadounidenses elegirán a los integrantes de la Cámara de Representantes y a una parte del Senado. El resultado determinará cuánto margen tendrá Trump para impulsar su agenda en la segunda mitad del mandato.
La situación política del presidente es desfavorable. Una encuesta de Pew Research Center, realizada entre el 28 de septiembre y el 4 de octubre a 5,062 adultos estadounidenses, encontró que su aprobación había caído al 30 %, el nivel más bajo de su segundo mandato hasta ese momento. Además, el 44 % de los votantes encuestados dijo considerar su voto como una forma de votar contra Trump, frente al 19 % que lo veía como un voto a favor del presidente.
La economía y los precios figuran entre las preocupaciones principales del electorado. En ese contexto, la promesa de abaratar el diésel puede ofrecer a la Casa Blanca un argumento de campaña: mostrar que está actuando frente al costo de la vida.
Pero la coincidencia temporal no demuestra, por sí sola, que el acuerdo con Rusia se haya concebido exclusivamente para salvar las perspectivas electorales del Partido Republicano. Lo verificable es que Trump anunció la operación con las elecciones a pocas semanas de distancia y la presentó como una medida para reducir los precios. La lectura de que el cálculo electoral ha pesado más que la estrategia de aislamiento de Moscú es una interpretación política, no un hecho probado sobre sus intenciones privadas.
La pregunta de fondo es si el eventual beneficio para los consumidores compensará el costo estratégico de flexibilizar las sanciones y mejorar las oportunidades comerciales de Rusia. Si el volumen de combustible es demasiado pequeño para mover los precios, el Gobierno podría asumir un costo diplomático y militar considerable sin conseguir el resultado económico que promete.
Ucrania teme quedarse sin capacidades críticas
Mientras Washington y Moscú discuten sobre combustible, Ucrania continúa enfrentando ataques contra su infraestructura energética. El 19 de octubre, el presidente ucraniano denunció nuevos bombardeos rusos contra la red eléctrica, que dejaron a más de medio millón de personas sin suministro, según Associated Press.
Zelenski también expresó preocupación por retrasos en suministros estadounidenses esenciales, incluidos equipos de defensa antiaérea, y por las limitaciones que afectan a servicios satelitales utilizados por las fuerzas ucranianas.
El problema no es únicamente cuánto dinero recibe Kiev, sino qué capacidades puede mantener en funcionamiento. La defensa contra misiles y drones, la disponibilidad de municiones y el acceso a inteligencia o comunicaciones seguras son factores que pueden determinar cuántos daños logra evitar Ucrania durante los ataques rusos.
Europa ha aumentado sus aportes, pero no puede sustituir de inmediato todos los sistemas fabricados en Estados Unidos. El Instituto de Kiel advirtió en agosto de 2026 que los países europeos siguen dependiendo de armamento estadounidense para sostener parte de su ayuda militar, en especial sistemas de defensa aérea como Patriot.
Una reducción adicional de las entregas, de la inteligencia o de los servicios tecnológicos podría ampliar esa vulnerabilidad. No obstante, mientras no exista una decisión formal que confirme un corte total, sería incorrecto afirmar que Estados Unidos ha abandonado por completo la cooperación militar con Ucrania.
Lo que sí se observa es un desplazamiento de prioridades y una incertidumbre creciente sobre la continuidad del respaldo estadounidense.
¿Una traición o un cambio de estrategia?
La palabra traición pertenece al terreno de la valoración política. Pero la sucesión de decisiones permite explicar por qué ese término ha ganado fuerza entre los críticos de Trump: la administración redujo las nuevas asignaciones de ayuda, utilizó temporalmente el suministro militar como mecanismo de presión, pactó la comercialización de diésel ruso y postergó sanciones destinadas a castigar la invasión.
Desde la Casa Blanca, estas decisiones pueden defenderse como parte de una estrategia para forzar negociaciones, ampliar la oferta de combustible y proteger los intereses estadounidenses. El problema es que no está claro que el enfoque esté acercando una paz duradera. En cambio, sí ha creado una ventaja económica y diplomática para Moscú, al tiempo que debilita la confianza de Kiev en su principal aliado militar.
El acuerdo energético tampoco resuelve las causas del encarecimiento del combustible ni garantiza que el ahorro llegue a los consumidores. Y si los ingresos adicionales de Rusia contribuyen a sostener su capacidad económica durante la guerra, la política puede terminar contradiciendo el objetivo declarado de acelerar el fin del conflicto.
La elección del 3 de noviembre medirá el respaldo interno a Trump, pero sus consecuencias se extenderán mucho más allá de las urnas estadounidenses. Para Ucrania, el riesgo es que sus necesidades de defensa queden subordinadas a los cálculos políticos de Washington. Para Europa, la advertencia es que la seguridad del continente depende cada vez más de su capacidad para sostener una defensa que Estados Unidos ya no garantiza con la misma continuidad.
En definitiva, Trump no ha anunciado el fin de toda cooperación con Ucrania, pero sí ha impulsado un giro que favorece a Moscú en un momento crítico. La pregunta que queda abierta es si el diésel ruso abaratará realmente el combustible para los estadounidenses o si, a cambio de una promesa electoral incierta, Washington está concediendo al Kremlin un margen económico y estratégico que Ucrania pagará en el campo de batalla.
Con información de AdN
