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¿Un fracaso anunciado? Cumbre de las Américas deja a Joe Biden al borde de una delicada derrota

En la Cumbre de las Américas de abril del 2018, realizada en Lima, el entonces presidente de Estados Unidos, Donald Trump, avisó a último minuto que no participaría del evento. Cuatro años más tarde, el presidente Joe Biden hace malabares para impedir que la cumbre de la cual será anfitrión la primera semana de junio, en Los Ángeles, sea un verdadero fracaso.

Sus esfuerzos finales incluyen viajes de la primera dama, Jill Biden, a Ecuador, Panamá y Costa Rica para defender la importancia de la relación entre Estados Unidos y la región, y negociaciones frenéticas del exsenador demócrata Chris Dodd, designado asesor especial para la cumbre, con los gobiernos de México y Brasil para lograr que los presidentes Andrés Manuel López Obrador y Jair Bolsonaro confirmen su presencia.

México y Brasil ocupan actualmente asientos rotativos en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. La ausencia de ambos mandatarios en la cumbre sería, como mínimo, una delicada derrota para el gobierno norteamericano. Eso explica las gestiones de Dodd, quien -aún contagiado de Covid-19- dedicó los últimos días, desde su residencia, a dialogar con los dos gobiernos. El presidente de México aceptó una reunión virtual que, según el canciller mexicano Marcelo Ebrard, fue cordial y positiva, pero la presencia del jefe de Estado aún no fue confirmada. Ya el gobierno brasileño se opuso a esa posibilidad, y es esperada una visita presencial del senador a Brasilia apenas sea posible.

Podría decirse que el vínculo entre Estados Unidos y América Latina pasa por su peor momento en décadas. Si en algún momento existió la expectativa de que con la llegada de Biden a la Casa Blanca el casi desprecio de Trump por la región quedara en el pasado, especialistas en Relaciones Internacionales, como Juan Gabriel Tokatlian, vicerrector de la Universidad Torcuato Di Tella, aseguran que hubo cambios, sí, pero muy suaves y de escaso impacto.

Biden representa hasta ahora, en palabras de Tokatlian, “un trumpismo soft”, que se encontró, a la hora de organizar la cumbre, con una región gobernada por mandatarios de diferentes signos ideológicos que quieren hablar sobre otros temas, que no son los que más interesan a Estados Unidos.

“La región quiere debatir proyectos de crecimiento, de combate a la desigualdad, cambio climático, no solamente hablar de Rusia, China, la guerra en Ucrania. Este cuestionamiento al modo unilateral en que se manejó Estados Unidos agrietó la cumbre, la volvió una suerte de crónica de una cumbre cuasi fracasada antes mismo de empezar”, afirmó el vicerrector de la UTDT.

La decisión del gobierno de Biden de no invitar a Cuba, Nicaragua y Venezuela, sumado, entre otras cosas, al deseo de discutir temas como la guerra en Ucrania, fue interpretada como el intento de imponer una lógica geopolítica que muchos en América Latina no comparten.

Situación compleja

La situación en que se encuentra la Casa Blanca es realmente compleja. Si no cede a las presiones de México (a las que también se sumaron Chile, Argentina y Bolivia) para que ningún país sea excluido, no logrará convencer a López Obrador de asistir. Por otro lado, los países caribeños no aceptan que Juan Guaidó, a quien el gobierno norteamericano sigue reconociendo como presidente legítimo de Venezuela, sea invitado como representante de su país.

Finalmente, Bolsonaro está más inclinado a no participar de la cumbre por temas exclusivamente internos. El presidente brasileño está en campaña por su reelección y, a menos que le den garantías de que estará blindado a críticas de cualquier tipo en la cumbre, ir hasta Los Ángeles y sacarse una foto con Biden no le suma votos; incluso podría restarle entre sus seguidores más radicales.

En Washington, veteranos de la diplomacia como el embajador Thomas Shannon, exsubsecretario del Departamento de Estado para el Hemisferio Occidental, creen que el timing de la cumbre no es bueno.

“Hubiera sido mucho mejor realizar el encuentro hace un año. No hubiéramos tenido muchas de las cuestiones que hoy tenemos, y tendríamos una agenda sobre la pandemia que uniría a los países”, opinó Shannon. Para el embajador, que conoce como pocos demócratas cómo funciona la política en América Latina, “hoy tenemos una región profundamente fragmentada y con pocos liderazgos”. “Los cuatro años de gobierno de Trump redujeron drásticamente la agenda de cooperación regional, y a eso se sumó la guerra en Ucrania y la crisis económica. Estados Unidos y todos perdieron el foco en materia de integración y hoy todos están abocados a temas internos”, completó.

Falta de conexión

En Estados Unidos, muchos lamentan que el país anfitrión haya perdido el control de la narrativa sobre la cumbre, hoy dominada por las demandas de México, la Argentina, Chile, Bolivia, Guatemala, Honduras y Brasil, entre otros. Se habla sobre lo que exigen los países latinoamericanos, y no sobre las propuestas que la Casa Blanca podría haber puesto sobre la mesa desde que Biden llegó al gobierno, pero no lo hizo.

Para Michael Shifter, expresidente del Diálogo Interamericano, “no es ninguna sorpresa lo que estamos viendo. La falta de conexión entre Washington y la región se arrastra desde principios de siglo, aún cuando China no era fuerte como hoy, la polarización política no era un drama como lo es hoy, y América Latina no estaba tan fragmentada”.

“Estados Unidos hace mucho no tiene un liderazgo hemisférico. El país está muy limitado por sus problemas internos, Biden tiene temas de gobernabilidad y, por otro lado, los países de la región enfrentan enormes turbulencias e insatisfacción social. Estados Unidos es visto como un país débil y con baja capacidad de acción. Mi recomendación en caso de que lo fueran ni López Obrador ni Bolsonaro sería no hacer la cumbre”, afirmó Shifter.

Presidentes como López Obrador, Bolsonaro o el salvadoreño Nayib Bukele no son controlables y la cumbre, opinan especialistas como el expresidente del Diálogo Interamericano, podría terminar transformándose en un show de presidentes populistas, con discursos y agendas propias.

Lejos quedaron las cumbres de la década del 90, donde presidentes como Bill Clinton dominaban la escena. Desde la fatídica cumbre de Mar del Plata, en el 2005, cuando fue enterrado definitivamente el proyecto de crear un Área de Libre Comercio para las Américas (ALCA), las relaciones entre Estados Unidos y América Latina nunca más fueron las mismas. Con Barack Obama pareció iniciarse una nueva etapa de esplendor, pero la victoria de Trump en el 2016 desactivó los intentos de su antecesor, y Biden no ha logrado retomar la agenda iniciada por el expresidente demócrata, a quien acompañó como vice y dedicando especial interés por la región.

En la opinión del economista brasileño Pedro Silva Barros, exdirector de la Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur), “hay una crisis de liderazgo en Estados Unidos, y también una ausencia de liderazgo entre los latinoamericanos. Brasil está ausente, y México y la Argentina no han conseguido ocupar ese espacio”. Para Silva Barros, la administración Biden “no tiene una agenda clara para América Latina. Ni siquiera sobre el aislamiento de Venezuela, Cuba y Nicaragua existe consenso”, comentó el exdirector de Unasur, haciendo referencia a recientes flexibilizaciones de sanciones contra el gobierno de Nicolás Maduro.

Con el objetivo de contribuir a la construcción de una agenda de integración y cooperación continental, académicos de tres prestigiosas instituciones latinoamericanas (la Universidad Torcuato Di Tella de Argentina, el Colegio de México y la Universidad de los Andes, de Colombia) presentarán en Los Ángeles, en el ámbito de la cumbre, un documento con propuestas concretas. El objetivo, comentó Tokatlian, quien participa de la iniciativa, es “mostrar que América Latina tiene una agenda frente a los Estados Unidos”.

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