Irán respondió con un portazo a la última señal negociadora de Donald Trump. El secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional iraní, Mohsen Rezaei, sostiene que no habrá conversaciones con Estados Unidos hasta que se cumplan las condiciones de Teherán, después de que el presidente estadounidense afirmase que estaba abierto a alcanzar un acuerdo. El movimiento llega con el conflicto enquistado, el petróleo por encima de los 100 dólares por barril y dos de las principales rutas energéticas del planeta convertidas en armas de presión geopolítica.
Un portazo a la oferta de Trump
Trump aseguró el 14 de septiembre que Irán quería alcanzar un acuerdo «rápida y desesperadamente» y añadió que Washington estaba dispuesto, al menos conceptualmente, a estudiar una negociación. Rezaei respondió pocas horas después acusando al mandatario estadounidense de enviar «señales contradictorias», desde rechazar cualquier conversación hasta declararse preparado para hablar.
La posición iraní pretende evitar que una eventual negociación sea interpretada como una capitulación ante la presión militar y económica estadounidense. «No habrá conversaciones hasta que se cumplan las condiciones de Irán», sentenció Rezaei. La cuestión ya no gira únicamente alrededor del programa nuclear: energía, sanciones y control de las rutas marítimas han pasado al centro del tablero.
El acuerdo que duró apenas semanas
Washington y Teherán habían alcanzado en junio un memorando de entendimiento con mediación de Pakistán y Qatar. El documento abría una ventana negociadora de 60 días, pero el proceso acabó descarrilando entre acusaciones mutuas de incumplimiento y nuevos intercambios de ataques.
Irán exige ahora recuperar buena parte de aquel marco. El presidente Masoud Pezeshkian ha señalado que Teherán volvería a cumplir sus obligaciones si Estados Unidos hace lo mismo. Entre los compromisos discutidos figuraban el levantamiento del bloqueo naval, alivios de sanciones y facilidades para las exportaciones iraníes de petróleo.
Ormuz cambia las reglas
La referencia de Rezaei al petróleo y «los estrechos» no es retórica. El estrecho de Ormuz continúa siendo una pieza fundamental del suministro energético mundial y su utilización como instrumento de presión proporciona a Teherán una capacidad negociadora difícil de neutralizar exclusivamente mediante sanciones.
A esta tensión se ha añadido el deterioro de la seguridad en el mar Rojo. El cierre del oleoducto saudí Este-Oeste ha afectado a una infraestructura capaz de transportar entre 2,6 y 4 millones de barriles diarios, hasta alrededor del 4% del suministro mundial de crudo.
El petróleo entra en la negociación
El efecto económico ya resulta visible. El Brent ha superado los 105 dólares por barril en medio de las interrupciones y del temor a nuevos ataques contra infraestructuras energéticas.
Para Washington, esta evolución complica la estrategia de máxima presión. Cada nuevo episodio de tensión puede deteriorar todavía más la posición económica iraní, pero también eleva la factura energética para consumidores estadounidenses y europeos. La presión sobre Teherán tiene, por tanto, un coste indirecto creciente para quienes la ejercen.
Trump necesita una salida
La Casa Blanca afronta además un dilema político. Tras meses de enfrentamiento sin una resolución definitiva, una negociación permitiría a Trump presentar una vía de salida del conflicto. Sin embargo, aceptar previamente las condiciones iraníes podría ser interpretado como una cesión después de haber apostado por sanciones, bloqueos y presión militar.
Ese equilibrio explica la ambigüedad denunciada por Rezaei: Washington necesita conservar la amenaza mientras mantiene abierta una puerta diplomática. Teherán parece decidido a elevar el precio de atravesarla.
Teherán negocia desde la resistencia
La estrategia iraní consiste ahora en demostrar que el tiempo no juega exclusivamente a favor de Estados Unidos. El daño económico interno sigue siendo elevado, pero la capacidad de influir sobre Ormuz y sobre otros corredores regionales multiplica el coste de prolongar indefinidamente el enfrentamiento.
El diagnóstico es incómodo para Washington: la presión económica puede debilitar a Irán sin obligarlo necesariamente a aceptar las condiciones estadounidenses. Cuanto más se extienda la crisis, más importante será el mercado energético dentro de cualquier negociación futura. La batalla diplomática ya no consiste únicamente en determinar si habrá conversaciones, sino en decidir quién llega a ellas con mayor capacidad para imponer las reglas.