El Niño cambia el mapa de riesgos: Cruz Roja se adelanta a una nueva amenaza de sequía en El Salvador

Lo que en junio era una advertencia climática comenzó a adquirir en septiembre una dimensión mucho mayor.

La Cruz Roja de El Salvador activó en junio un protocolo de acción anticipatoria para proteger a unas 10,000 personas en Morazán y La Unión, como parte de una operación regional que también incluye a Guatemala y Colombia y que dispone de 1,2 millones de francos suizos, cerca de US$1,5 millones, del Fondo de Emergencia para la Respuesta a Desastres de la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja (FICR).

Tres meses después, la evolución del océano Pacífico ha reforzado la preocupación.

El Centro de Predicción Climática de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) informó este 10 de septiembre que El Niño continúa fortaleciéndose y existe una probabilidad superior al 90 % de que alcance una intensidad muy fuerte durante el otoño e invierno boreales de 2026-2027. Las temperaturas superficiales del mar en el Pacífico ecuatorial oriental ya presentan anomalías superiores a 3 °C.

La Organización Meteorológica Mundial (OMM) había advertido una semana antes que existe una probabilidad cercana al 100 % de que El Niño persista hasta febrero de 2027.

El escenario no significa que El Salvador vaya inevitablemente a sufrir una sequía extrema durante todo ese período. Pero sí indica que el riesgo climático que llevó a la Cruz Roja a actuar anticipadamente no ha desaparecido y ahora se desarrolla bajo condiciones oceánicas más intensas de las previstas meses atrás.

La Cruz Roja decidió actuar antes de que llegara la pérdida

La diferencia entre esta estrategia y una respuesta humanitaria convencional está en el momento de intervención. La FICR no espera a que las familias pierdan sus cultivos, se sequen los pozos o muera el ganado para comenzar a movilizar recursos.

Los protocolos de acción anticipatoria establecen determinados umbrales climáticos y de vulnerabilidad. Cuando los pronósticos alcanzan esos niveles, se libera progresivamente el financiamiento.

En junio, la Cruz Roja explicó que los servicios meteorológicos de los países involucrados coincidían en un escenario de lluvias inferiores a lo normal durante el período de mayo a julio, precisamente cuando comenzaba el ciclo agrícola. En El Salvador, el Observatorio Ambiental había advertido entonces un déficit de precipitaciones.

El mecanismo regional contempla asistencia para:

  • 10,000 personas en Morazán y La Unión;
  • 10,000 personas en municipios del Corredor Seco de Guatemala;
  • 2,400 personas en Tolima y Cesar, Colombia.

El total supera las 22,000 personas.

Las familias con mayor vulnerabilidad pueden recibir transferencias monetarias para alimentos, combustible y necesidades esenciales. También se contempla suministro de agua potable cuando las fuentes comiencen a escasear, apoyo para cultivos y ganado, y capacitación en prácticas agrícolas adaptadas a condiciones de menor disponibilidad de agua.

El dato que cambió entre junio y septiembre

Cuando la Cruz Roja activó su protocolo, El Niño ya constituía una preocupación. Hoy el diagnóstico es mucho más contundente.

El NOAA señala que el índice Niño 3.4 alcanzó +1,8 °C en agosto, mientras otras regiones del Pacífico ecuatorial registraron anomalías aún mayores: +2,5 °C en Niño 3 y +3,4 °C en Niño 1+2.

La OMM, utilizando un conjunto de modelos internacionales, también concluyó que El Niño está firmemente establecido y continuará intensificándose durante los próximos meses.

El Centro de Dinámica de Fluidos Geofísicos de NOAA (GFDL) señala, en sus predicciones experimentales de septiembre, que existe alta confianza en un evento históricamente fuerte durante el otoño y comienzos del invierno, aunque advierte que se trata de una predicción experimental y no del pronóstico oficial del NOAA.

La diferencia es fundamental: la intensidad del fenómeno puede ser extraordinaria, pero eso no permite afirmar que cada país experimentará exactamente el mismo impacto.

La distribución de la lluvia depende también de otros factores atmosféricos y oceánicos.

¿Qué significa para El Salvador?

El Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales (MARN) ya había advertido desde abril que la temporada lluviosa de 2026 estaría condicionada por la evolución de El Niño.

Su perspectiva para mayo-agosto señalaba una canícula anticipada, períodos secos más prolongados y una alta probabilidad de uno o dos episodios de sequía meteorológica, uno de ellos con potencial de alcanzar intensidad severa, especialmente en el oriente y la zona paracentral. También anticipaba temperaturas superiores a lo normal y posibles olas de calor.

El pronóstico del MARN resulta particularmente relevante para entender por qué Morazán y La Unión se encuentran entre las zonas priorizadas por la Cruz Roja.

No se trata solamente de una cuestión de lluvia acumulada, para la agricultura importa cuándo llueve, cuánto tiempo permanece seco el suelo y en qué etapa se encuentran los cultivos.

Una precipitación intensa después de varias semanas secas no necesariamente compensa las pérdidas provocadas por la falta de humedad durante la germinación, floración o formación del grano.

El problema ya llegó a los cultivos

El Programa Mundial de Alimentos (PMA) de Naciones Unidas ha documentado un deterioro de las condiciones agrícolas en el Corredor Seco centroamericano.

En su solicitud de asistencia regional, el organismo señala que desde marzo los períodos secos prolongados y las lluvias inferiores al promedio han aumentado los déficits de humedad en el Corredor Seco de El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua.

El PMA reporta daños y pérdidas de cultivos y advierte que la posibilidad de nuevos daños sigue siendo elevada.

El organismo también advierte sobre un efecto económico que suele quedar fuera de las primeras alertas climáticas:

una menor cosecha puede elevar los precios de los alimentos, reducir las oportunidades de trabajo para jornaleros agrícolas y disminuir los ingresos de los hogares rurales.

La sequía, por tanto, no termina en la parcela, puede trasladarse del campo al mercado y del mercado al presupuesto familiar.

El maíz y el frijol están en el centro del problema

En El Salvador, cualquier deterioro significativo de la producción de granos básicos tiene implicaciones que van más allá del productor.

El maíz y el frijol forman parte esencial de la alimentación nacional y una disminución de la oferta puede aumentar la dependencia de las importaciones o presionar los precios internos.

El propio Ministerio de Agricultura mantiene programas orientados a desarrollar variedades de frijol con mayor tolerancia a la sequía para el Corredor Seco salvadoreño. Entre las iniciativas reportadas por el MAG se encuentra un proyecto para desarrollar materiales adaptados a condiciones de déficit hídrico y producir semilla certificada.

El Gobierno también ha distribuido históricamente variedades de frijol seleccionadas para condiciones de humedad limitada y temperaturas elevadas, entre ellas CENTA Sequía y CENTA Chaparrastique.

Eso muestra que el problema no es nuevo, lo que cambia ahora es la intensidad del escenario climático.

El Oriente salvadoreño vuelve a quedar expuesto

Morazán y La Unión forman parte de una zona donde la vulnerabilidad frente al déficit de lluvia es conocida.

El Atlas de Zonificación Ambiental del MARN identifica sectores de La Unión y el golfo de Fonseca con diferentes niveles de amenaza de sequía hidrológica.

La combinación de altas temperaturas, períodos secos y dependencia de actividades agrícolas puede provocar una cadena de efectos:

menos lluvia → menor humedad del suelo → menor producción → menos ingresos rurales → mayor presión sobre los precios → mayor vulnerabilidad alimentaria.

Cuando una familia depende de una cosecha para comer y de otra parte de esa cosecha para obtener ingresos, una pérdida agrícola puede afectar simultáneamente su alimentación y su capacidad económica.

El agua es el segundo frente de la emergencia

La sequía tampoco se mide solamente por la producción agrícola, cuando los períodos secos se prolongan, las comunidades pueden enfrentar problemas con pozos, nacimientos, pequeños sistemas de abastecimiento y fuentes utilizadas para el ganado, por eso la Cruz Roja contempla agua potable dentro de sus medidas anticipatorias. La estrategia tiene además una dimensión sanitaria.

El calor y la falta de agua pueden incrementar los riesgos asociados con la deshidratación y dificultar las condiciones básicas de higiene.

El Instituto Salvadoreño del Seguro Social advierte que las necesidades de hidratación aumentan durante los períodos de calor y actividad física y recomienda incrementar el consumo de líquidos en esas condiciones.

En las comunidades rurales, donde las personas pueden trabajar durante varias horas bajo temperaturas elevadas, la combinación de calor y menor disponibilidad de agua representa un riesgo adicional.

El Salvador ya está dentro del mapa internacional de vulnerabilidad

El PMA considera a El Salvador altamente vulnerable a los efectos de un clima irregular.

El organismo señala que el país se encuentra dentro del Corredor Seco y que sequías y tormentas tropicales pueden causar daños importantes a los cultivos y a otras fuentes de sustento.

También advierte que la pérdida de poder adquisitivo, los bajos ingresos y los precios de los alimentos siguen siendo factores que condicionan el acceso a la alimentación.

Esto significa que un evento climático no comienza desde cero, golpea una economía doméstica que puede llegar a la emergencia con recursos limitados.

El riesgo no es solamente sequía

Existe además una paradoja importante, un El Niño fuerte no significa que todas las amenazas climáticas desaparezcan salvo la sequía.

La OMM advierte que el fenómeno puede modificar significativamente los patrones de precipitación y temperatura y aumentar riesgos de sequía, lluvias extremas y calor, dependiendo de la región y de la época del año, por eso, una temporada con déficit de lluvia puede alternarse con episodios de precipitación intensa.

Una lluvia torrencial después de un período seco tampoco necesariamente resuelve el problema agrícola, si el suelo está degradado o muy seco, parte del agua puede escurrir rápidamente en lugar de infiltrarse y recuperar las reservas. El desafío, por tanto, es manejar la variabilidad, no únicamente prepararse para un escenario permanentemente seco.

La alerta de septiembre es más fuerte que la de junio

Aquí se encuentra la principal conclusión de esta actualización.

En junio, la Cruz Roja actuó porque los pronósticos apuntaban hacia lluvias inferiores a lo normal durante el inicio del ciclo agrícola; en septiembre, NOAA y la OMM muestran un El Niño mucho más consolidado y potencialmente excepcionalmente fuerte.

NOAA calcula una probabilidad superior al 90 % de un episodio muy fuerte durante el otoño e invierno 2026-2027. La OMM, por su parte, estima una probabilidad cercana al 100 % de persistencia hasta febrero de 2027, esto no permite afirmar que El Salvador sufrirá necesariamente una sequía histórica.

Sí permite afirmar que las condiciones que justificaron la preparación anticipada siguen siendo relevantes y que el riesgo climático permanecerá elevado durante los próximos meses.

Una nueva prueba para la seguridad alimentaria

La experiencia de los últimos años demuestra que la vulnerabilidad no depende exclusivamente de la cantidad de lluvia.

Depende también de la capacidad de los agricultores para almacenar agua, acceder a semillas resistentes, utilizar sistemas de riego, conservar humedad en los suelos, diversificar sus cultivos y disponer de crédito o asistencia cuando ocurre una pérdida.

El propio PMA está promoviendo en El Salvador mecanismos como huertos familiares y comunitarios, riego por goteo, captación de agua lluvia y sistemas de bombeo solar como herramientas de adaptación.

Son medidas que pueden parecer pequeñas frente a un fenómeno climático global, pero adquieren enorme importancia cuando se aplican en miles de parcelas.

La acción anticipatoria puede ser más barata que la emergencia

La decisión de movilizar fondos antes del desastre responde también a una lógica económica.

El PMA sostiene que las acciones anticipatorias pueden reducir los costos de respuesta a emergencias hasta siete veces en determinados escenarios. En marzo de 2026 anunció una inversión de US$3,8 millones para medidas tempranas frente a la sequía en El Salvador, Guatemala y Honduras, con una cobertura prevista de unas 75,000 personas.

La Cruz Roja utiliza una lógica similar, una transferencia económica realizada antes de la pérdida de los activos productivos puede permitir que una familia compre alimentos sin vender sus animales.

Un depósito de agua puede evitar que una comunidad tenga que ser abastecida de emergencia.

Semillas adaptadas pueden reducir la probabilidad de una pérdida total.

Y proteger el ganado antes de que desaparezcan los pastos puede evitar la liquidación de activos que tardaron años en acumularse.

La pregunta ahora es qué ocurrirá después de la alerta

El Salvador cuenta con sistemas de monitoreo meteorológico y agrícola y con experiencia institucional frente a eventos de sequía.

Pero el desafío que plantea 2026-2027 es mayor.

La combinación de El Niño fuerte, temperaturas elevadas, déficit de humedad y vulnerabilidad económica rural puede producir impactos acumulativos.

La Cruz Roja ya tomó una decisión preventiva en junio.

El PMA mantiene medidas anticipatorias.

El MARN ha advertido sobre períodos secos y temperaturas superiores a lo normal.

Y los organismos internacionales siguen actualizando sus pronósticos a medida que El Niño se fortalece.

La señal más importante no es que vaya a ocurrir necesariamente una catástrofe.

Es que las instituciones humanitarias están actuando antes de tener que declarar una emergencia.

Y en un país donde una parte significativa de la población rural depende directamente de la agricultura, esa diferencia puede ser decisiva.

El verdadero desafío para El Salvador será convertir las alertas climáticas en acciones concretas: agua almacenada antes de que falte, semillas adecuadas antes de sembrar, asistencia al productor antes de perder la cosecha y protección social antes de que la familia tenga que vender sus activos para alimentarse.

Porque si el pronóstico de NOAA y la OMM se mantiene, el problema climático de 2026 no terminará con la temporada de lluvias.

El Niño seguirá presente durante el otoño, el invierno y, según las proyecciones actuales, hasta comienzos de 2027.

Y para El Salvador, la próxima cosecha podría convertirse en la primera gran prueba de cuánto aprendió el país a prepararse para un clima cada vez más impredecible.

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