España debe agradecer a América la “mala costumbre” azteca de bañarse a diario

Cuando los españoles llegaron a Tenochtitlan, se toparon con una civilización que barría sus calles, se enjabonaba a diario y consideraba el aseo una virtud cívica. De vuelta en casa, los baños públicos estaban bajo sospecha de herejía.

Es razonable imaginar la escena de 1519. Unos cientos de hombres con semanas de marcha, sudor y armadura encima entran en la ciudad más limpia que habían visto. Los cronistas no escribieron un parte olfativo de su propia tropa, pero sí dejaron testimonio del asombro que les produjo el aseo de los mexicas, y ese asombro es el mejor retrato de la distancia entre dos mundos.

El emperador que se bañaba (una vez, o dos)

Bernal Díaz del Castillo, que nunca fue un hombre dado a la exageración cortesana, anotó que Moctezuma se bañaba “cada día una vez a la tarde”. Otro conquistador, Andrés de Tapia, subió la apuesta a dos baños diarios, y lo consignó con visible incomprensión, como quien describe una excentricidad exótica y no una rutina normal. Hay discrepancia entre las dos versiones, pero ambas coinciden en lo esencial: para el tlatoani, la higiene diaria no era un lujo sino un hábito.

No era privilegio de palacio. Los historiadores describen una sociedad que se lavaba con regularidad en lagos y ríos, con casas dotadas de baño de vapor, el temazcal, y que usaba el fruto del copalxocotl y la raíz del xiuhamolli como jabón, plantas que hacían espuma tanto para el cuerpo como para la ropa. Los mexicas, además, recogían la basura y lavaban las calles a diario, y se abastecían de agua de Chapultepec por acueductos. Los niños aprendían desde pequeños a lavarse las manos y la boca antes y después de comer. Los españoles, que venían de un mundo donde se vaciaban los orinales por la ventana, miraban aquello entre admirados y desconcertados.

Una España que que ya sabía bañarse (y se lo prohibió)

Lo más punzante de esta historia es que España no era ajena al baño. Los romanos dejaron termas por toda Hispania, y ya en el siglo I a. C. el poeta Catulo se burlaba de un celtíbero que, según él, se lavaba los dientes con orina, un chisme literario que algunos repiten como si describiera los hábitos de los conquistadores quince siglos después. Más tarde llegaron los hammams de Al Ándalus, herederos de la tradición romana y sostenidos por una religión que exige abluciones rituales.

Y entonces ocurrió el giro. Tras 1492, y sobre todo tras las conversiones forzosas de comienzos del XVI, el baño dejó de ser un asunto de higiene para convertirse en un asunto de ortodoxia. Los historiadores del Reino de Granada documentan cómo los cristianos viejos empezaron a rechazar los baños como cosa propia de gente sin limpieza de sangre, y cómo la Inquisición miró con recelo los lavados rituales de los moriscos. Una leyenda persistente, que la historiografía rigurosa trata con pinzas, atribuye a Isabel la Católica la hazaña de haberse bañado solo dos veces en la vida. Sea cierta o no, retrata bien un clima en el que lavarse mucho era, como mínimo, una imprudencia.

El broche llegó en 1567. La Pragmática de Felipe II, que prohibió a los moriscos bañarse en baños artificiales y ordenó destruir los existentes, no perseguía la limpieza sino la identidad: lo que se quería borrar era el rastro cultural musulmán. El efecto fue que los baños públicos de Granada fueron desapareciendo a partir del levantamiento de los moriscos de 1568. Conviene subrayar la cronología: cuarenta y ocho años después de que Cortés se encontrara con un emperador de baño diario, el rey de España mandaba derribar los baños de sus propios súbditos.

Europa contra el agua

España no estaba sola. La peste negra del siglo XIV dejó una huella que duró siglos. Desde la segunda mitad de ese siglo los médicos desaconsejaban los baños calientes porque el calor abría los poros y, según la teoría de los miasmas, dejaba entrar la enfermedad. La mugre pasó a verse casi como una armadura. El resultado fue un extraño retroceso: París llegó a la Revolución con apenas nueve casas de baños, unas tres veces menos que a finales del siglo XIII. A ello se sumó el miedo al contagio de la sífilis y la desconfianza moral de la Iglesia hacia el cuerpo desnudo y compartido.

El historiador francés Georges Vigarello, autor de la obra de referencia sobre el tema, lo llamó el “aseo seco”: limpiarse no era lavarse, era cambiarse de camisa blanca, perfumarse y maquillarse. Luis XIV, el Rey Sol, se perfumaba, mudaba de ropa varias veces al día y, según se calcula, se bañó entre dos y cinco veces enteras en sus setenta y siete años de vida. Versalles, símbolo de la elegancia europea, olía, según los propios estudiosos, bastante mal.

El ajuste de cuentas científico

El cambio llegó tarde y por una vía que poco tuvo que ver con los aztecas. Hacia finales del siglo XVIII empezó a considerarse que lavarse con agua era necesario para la salud, y ya en el XIX la ciencia hizo el resto: Semmelweis demostró en 1847 que lavarse las manos reducía drásticamente las muertes de las parturientas, John Snow rastreó en 1854 un brote de cólera hasta una bomba de agua de Londres, y Pasteur y Koch sentaron la teoría de los gérmenes. De pronto, el agua limpia, el jabón y los desagües dejaron de ser caprichos y pasaron a ser política sanitaria.

En España ese proceso fue lento. Madrid inauguró en 1858 el Canal de Isabel II, que trajo agua filtrada a ciertos barrios antes que a ningún otro lugar del país, pero el cuarto de baño doméstico tardó un siglo en llegar a las casas comunes. Según las cifras censales, en 1950 solo el 9% de las viviendas españolas tenía baño o ducha y apenas un 34% contaba con agua corriente; en 1960 el baño llegaba al 24%, en 1970 al 54% y no fue hasta 1981 cuando se acercó al 88%. Dicho de otro modo, la generación de los abuelos de muchos lectores creció sin ducha en casa.

Los beneficios fueron enormes, aunque conviene repartir el mérito con honestidad: el baño diario no hizo el milagro solo, sino acompañado de agua potable, alcantarillado, vacunas y mejor alimentación. Lo que sí hizo fue cortar de raíz una cadena de enfermedades: infecciones cutáneas, sarna, piojos y el tifus que estos transmitían, diarreas infantiles, infecciones de las heridas. La mortalidad infantil cayó en picado y la esperanza de vida, que rondaba los 35 años en la España de 1900, supera hoy los 83. La higiene no explica todo ese salto, pero sin ella ninguna otra medida habría rendido lo mismo.

¿Deuda o espejo?

Conviene ser claros: no existe una línea recta que una el temazcal de Tenochtitlan con la ducha de un piso de Chamberí. Los europeos no aprendieron a lavarse copiando a los mexicas; llegaron ahí por un camino largo, caro y plagado de muertos. Más aún: en la propia Nueva España, el temazcal siguió generando recelo entre las autoridades religiosas por su carga ritual.

La deuda, si la hay, es otra y es de memoria. Los aztecas fueron un espejo incómodo en el que un imperio que acababa de proscribir sus propios baños pudo ver, aunque no quisiera verlo, que la limpieza no era sinónimo de herejía ni la mugre de virtud. Hoy cualquier español se ducha con la naturalidad con la que Moctezuma se bañaba a la tarde, y casi nadie tiene la gentileza de agradecérselo. Algunos dermatólogos modernos incluso discuten si hace falta jabonarse a diario, lo que añade un último giro irónico: quizá los aztecas tenían razón en bañarse, pero no en todo. Lo que está fuera de duda es que, en el choque de 1519, los más sucios no eran los “salvajes”.

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