El precio de la impredecibilidad — Cómo la política exterior de Trump ha puesto a prueba las alianzas históricas de EE.UU

Esta misma semana, Estados Unidos amenazó con imponer “aranceles muy elevados” a la Unión Europea si el bloque avanza en convertir a Canadá en su primer “miembro asociado”, una fórmula que ni siquiera constituye una adhesión formal. El primer ministro canadiense, Mark Carney, respondió ante el Parlamento Europeo que nadie va a dictarle a su país con quién puede alcanzar acuerdos internacionales. Es solo el episodio más reciente de un patrón que se repite desde hace meses: Washington plantea una demanda o una advertencia, y del otro lado, un aliado histórico responde con una firmeza que hace apenas una década habría resultado impensable entre socios tan estrechos.

Dos meses antes, en la cumbre de la OTAN en Ankara, el propio presidente estadounidense reavivó su reclamo sobre Groenlandia, calificando de insuficiente la inversión danesa en la defensa de la isla e insinuando que Copenhague no puede protegerla frente a buques rusos o chinos. La primera ministra de Dinamarca, Mette Frederiksen, respondió que el territorio “no está en venta” y exigió respeto a la soberanía de su país. Islandia, Países Bajos y Letonia cerraron filas con Dinamarca en público. Y en enero de este año, al ser consultado sobre los límites de su poder global, Trump respondió que lo único que puede detenerlo es su propia moral, y que no necesita el derecho internacional. Es una frase que The New York Times describió como el reconocimiento más franco hasta ahora de una visión del mundo donde la fuerza nacional, y no los tratados, determina quién gana cada disputa entre potencias.

Estos hechos no son opiniones ni interpretaciones: ocurrieron, están documentados y merecen ser leídos con la seriedad que ameritan, sin que ello implique adoptar automáticamente la etiqueta de “capricho” o “pataleta” que algunos críticos utilizan, ni tampoco asumir sin más que se trata de una estrategia negociadora perfectamente racional, como sostienen sus defensores. La realidad, como suele ocurrir en geopolítica, admite ambas lecturas simultáneamente.

La lectura crítica: Un costo acumulado en confianza

Para los gobiernos europeos, canadiense y de otros aliados tradicionales, el patrón resulta difícil de ignorar. La guerra comercial entre Estados Unidos y Canadá, que se intensificó a partir de 2025 con aranceles sobre acero, aluminio, automóviles y una amplia gama de bienes de consumo, generó tal volatilidad que la propia Corte Suprema estadounidense terminó anulando parte de los aranceles de emergencia impuestos por Trump bajo la Ley de Poderes Económicos Internacionales de Emergencia. Canadá, que todavía envía cerca del 70% de sus exportaciones al mercado estadounidense, respondió fijándose la meta de duplicar su comercio con países distintos de Estados Unidos en la próxima década, una decisión que constituye, en los hechos, un distanciamiento estratégico deliberado de su socio más cercano.

El caso de Dinamarca ilustra un tipo de fricción distinto pero igualmente sensible: un aliado fundador de la OTAN, que combatió junto a Estados Unidos en Afganistán y sufrió una de las tasas de bajas per cápita más altas de toda la alianza, viendo cuestionada la soberanía sobre parte de su propio territorio sin que medie el aval del Consejo del Atlántico Norte. Analistas españoles señalaron que ese episodio no solo tensó la relación bilateral con Copenhague, sino que abrió interrogantes sobre la fiabilidad de Washington como socio militar en general, justo cuando la presencia naval china y rusa en el Ártico crece. Desde esta óptica, el patrón de amenazas arancelarias y reclamos territoriales no fortalece la posición negociadora de Estados Unidos, sino que empuja a sus aliados a diversificar alianzas y reducir su dependencia de Washington, exactamente lo contrario de lo que buscaría una potencia interesada en preservar su liderazgo.

La lectura que matiza: Reclamos con algo de fondo

Sería injusto, sin embargo, presentar este fenómeno como una serie de arrebatos sin ninguna base. Washington ha reclamado durante años que buena parte de sus socios en la OTAN no cumplían con el compromiso de destinar el 2% de su PIB a defensa, dejando el peso desproporcionado del gasto militar occidental sobre Estados Unidos; ese reclamo, guste o no la forma en que se ha planteado, contribuyó a un histórico aumento del gasto europeo y canadiense en defensa durante los últimos años, algo que el propio secretario general de la OTAN, Mark Rutte, ha reconocido como un fortalecimiento real de la alianza. La preocupación estadounidense por la creciente presencia de buques rusos y chinos en rutas árticas tampoco es una invención: es una inquietud de seguridad compartida, en el fondo, por buena parte de Europa, aunque el método propuesto por Washington —presionar territorialmente a un aliado— resulte, para casi todos los demás miembros de la alianza, contraproducente. Del mismo modo, el déficit comercial estadounidense con Canadá y con la Unión Europea es un dato real, no una percepción, y forma parte legítima de cualquier negociación comercial entre socios, incluso si el instrumento arancelario elegido genera más fricción que resultados.

Lo que está realmente en juego

El problema de fondo, y este es el punto donde ambas lecturas convergen, no es necesariamente el contenido de cada reclamo individual —el gasto en defensa, el déficit comercial, la seguridad ártica—, sino el método y la imprevisibilidad con que se han planteado. Una alianza construida durante ocho décadas sobre la previsibilidad mutua y el respeto a ciertos consensos básicos —como que un miembro no cuestiona la soberanía territorial de otro sin consultar al resto— empieza a resquebrajarse no necesariamente porque los reclamos carezcan de sustento, sino porque el modo de plantearlos erosiona la confianza que sostiene el sistema completo. Carney lo resumió con una frase que, más allá de su origen canadiense, podría suscribir hoy buena parte del bloque occidental: nadie va a dictarle a su país con quién puede aliarse. Que gobiernos históricamente moderados y pro-atlantistas —Dinamarca, Canadá, buena parte de la Unión Europea— sientan hoy la necesidad de decir eso en público, es en sí mismo el dato más revelador de todo este proceso, independientemente de qué bando de este debate resulte, con el tiempo, tener la razón.

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