El reciente artículo de opinión del embajador de la República Popular China, Zhang Yanhui, publicado en el oficialista Diario El Salvador, despliega una narrativa de éxito rotundo: el «milagro» de sacar a 800 millones de personas de la penuria mediante una voluntad política unificada. Sin embargo, en el despacho presidencial de San Salvador, este mensaje de «comunidad de futuro compartido» colisiona con una realidad diplomática mucho más cínica y moralmente discutible.
Mientras el embajador Zhang ofrece la experiencia china como un modelo de estabilidad y compromiso social, el gobierno de Nayib Bukele atraviesa una crisis de identidad internacional. He aquí los puntos de quiebre que este editorial pone sobre la mesa:
- La Moralidad del «Aliado Intenso»: Bukele se ha apresurado a declararse el aliado más «intenso» de Donald Trump, una administración que ha definido a China como su principal adversario existencial. Resulta éticamente cuestionable que el gobierno salvadoreño aplauda los proyectos de la Iniciativa de la Franja y la Ruta (mencionada por Zhang como motor de desarrollo) mientras busca el favor de una Casa Blanca que ve esos mismos proyectos como «trampas de deuda» y mecanismos de control autoritario.
- Voluntad Unificada vs. Concentración de Poder: Zhang cita la «coordinación estrecha» de China como clave del éxito. En El Salvador, esto se ha traducido en la anulación de cualquier contrapeso democrático. El conflicto moral radica en que el gobierno utiliza el «éxito» de modelos autoritarios (como el chino) para justificar la erosión de la democracia local, mientras paradójicamente pide ser reconocido por EE.UU como un baluarte de los valores occidentales.
El embajador Zhang destaca que China alcanzó las metas de la Agenda 2030 con diez años de antelación. En contraste, El Salvador enfrenta desafíos estructurales que no se resuelven con grandes infraestructuras donadas (como la Biblioteca Nacional o el nuevo Estadio):
- Educación vs. Propaganda: Zhang afirma que para aliviar la pobreza «primero hay que fortalecer la educación». No obstante, el presupuesto salvadoreño ha privilegiado la seguridad y la publicidad estatal por encima de la inversión educativa robusta, contradiciendo la base misma del modelo chino que dice admirar.
- La Cooperación «Sin Condiciones»: El gobierno de Bukele abraza la ayuda china porque, a diferencia de los organismos tradicionales, no exige transparencia ni respeto a los derechos humanos. Esta es la moralidad discutible: se acepta la mano de China para evitar la rendición de cuentas, mientras se le jura lealtad al «Águila» para obtener legitimidad política.
El Salvador se encuentra en un funambulismo peligroso. No se puede construir un «futuro compartido» con China y, al mismo tiempo, pretender ser el puesto de avanzada del «Trumpismo» en la región. La reducción de la pobreza que pregona el embajador Zhang requiere una estabilidad de políticas que el actual gobierno salvadoreño solo parece tener para la retención del poder, no para la transformación social.
Declararse el aliado más intenso de los EE.UU mientras se publican odas al éxito del Partido Comunista Chino no es pragmatismo; es un conflicto de intereses que pone en duda la verdadera brújula moral de la administración Bukele. Al final, el pueblo salvadoreño queda atrapado entre la retórica del gigante asiático y la sombra de Washington, en un juego donde la soberanía parece estar en venta al mejor postor.