El agro salvadoreño enfrenta el último tramo de 2026 entre lluvias irregulares y un El Niño que amenaza la postrera

Las lluvias que regresaron con mayor frecuencia a El Salvador desde finales de septiembre han cambiado parcialmente el paisaje del campo, pero todavía no han cambiado el balance climático de un año marcado por sequías recurrentes, altas temperaturas y una distribución irregular de las precipitaciones.

El dato más reciente del Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales (MARN) muestra la magnitud del problema: septiembre terminó con 282.4 milímetros de lluvia frente a un promedio climatológico de 365.8 milímetros, un déficit de 22.8 % que convirtió al mes en el noveno septiembre más seco desde 1971. El país registró además 13 récords de temperatura y un cuarto episodio de sequía meteorológica durante el año.

La lluvia, por tanto, no desapareció. Lo que cambió fue su distribución y su capacidad para sostener los cultivos.

En los primeros días de octubre el MARN volvió a registrar precipitaciones de intensidad débil a fuerte en diferentes regiones. Entre el 5 y el 6 de octubre, por ejemplo, la estación de El Sauce, en La Unión, acumuló 51.8 milímetros. Las lluvias también alcanzaron sectores de San Salvador, Santa Ana, Sonsonate, Chalatenango y otros puntos del oriente.

El pronóstico inmediato mantiene condiciones favorables para nuevas lluvias y tormentas, asociadas principalmente a la Zona de Convergencia Intertropical y una vaguada. El MARN prevé precipitaciones durante estos días en las cordilleras, la zona oriental, la cadena montañosa norte y sectores costeros.

Pero para el agricultor, unos días lluviosos no equivalen necesariamente a una recuperación de la temporada.

El agua llegó tarde para una parte de los cultivos

La agricultura salvadoreña entra en esta etapa con pérdidas acumuladas durante la primera siembra. La Asociación Cámara Salvadoreña de Pequeños y Medianos Productores Agropecuarios (CAMPO) estimó en septiembre que las sequías habían provocado pérdidas de alrededor de 2.47 millones de quintales de maíz y frijol, y advirtió que el déficit de granos básicos podía acercarse a 6.87 millones de quintales en el ciclo 2026-2027. Se trata de estimaciones gremiales, no de un balance definitivo del Gobierno.

La evaluación internacional coincide en el diagnóstico general.

GEOGLAM, que integra información satelital, observaciones de campo y aportes de organismos como FAO, FEWS NET y otros sistemas de monitoreo agrícola, informó a comienzos de octubre que la cosecha de Primera en Centroamérica había concluido y que las condiciones del maíz y frijol en El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua habían sido degradadas debido a períodos secos prolongados y temperaturas elevadas. Según el organismo, esas condiciones redujeron las perspectivas de rendimiento tanto de pequeños productores como de explotaciones comerciales.

En el caso salvadoreño, la consecuencia no es solamente una menor cosecha. La irregularidad de las lluvias también está modificando las decisiones de siembra.

En varias zonas del país, productores han optado por aumentar la superficie de sorgo o maicillo en sustitución parcial del maíz y frijol durante la postrera. El cultivo necesita menos agua y ofrece además una alternativa para alimentar al ganado. La tendencia ha sido reportada en sectores de Usulután, San Miguel, Morazán, La Unión y La Libertad.

Es una señal de adaptación, pero también una señal de presión: el agricultor está modificando lo que siembra porque ya no puede asumir que el comportamiento tradicional del invierno se mantendrá.

La postrera todavía puede salvar parte de la producción

La situación no está cerrada.

A mediados de septiembre, CAMPO estimaba que alrededor del 70 % de la siembra de postrera había sido establecida a nivel nacional, aunque en el oriente la cobertura se situaba cerca del 50 %. Los productores habían aprovechado las lluvias de septiembre para establecer frijol y sorgo, pero advertían que esos cultivos todavía dependían de la continuidad de las precipitaciones.

Esto convierte las próximas semanas en una etapa crítica.

Una lluvia suficiente y bien distribuida puede permitir que los cultivos que lograron establecerse completen su desarrollo. Pero lluvias demasiado espaciadas, acompañadas por temperaturas elevadas, pueden volver a someterlos a estrés hídrico.

El problema es que el calendario agrícola y el calendario climático ya están acercándose a un punto de inflexión. El MARN prevé que la transición de la temporada lluviosa hacia la época seca comience durante la segunda mitad de octubre y que la estación seca quede establecida entre finales de ese mes y comienzos de noviembre.

Por ello, para una plantación de postrera, no basta con saber cuánto llueve en octubre. Importa cuándo cae la lluvia, cuánto tiempo permanece la humedad en el suelo y en qué etapa se encuentra el cultivo.

El café ya muestra el efecto de la sequía

En el café, el problema se presenta de otra manera.

Productores agrupados en UCAFES han reportado granos de menor tamaño y una maduración adelantada debido a la falta de agua. La cosecha comienza precisamente durante octubre, por lo que el impacto económico definitivo todavía no puede cuantificarse con precisión.

La situación muestra por qué las lluvias de octubre no necesariamente pueden reparar todos los daños acumulados durante los meses anteriores. Un cultivo que atravesó una etapa crítica con insuficiente disponibilidad de agua puede no recuperar completamente el rendimiento aunque posteriormente aumente la precipitación.

Algo parecido ocurre con la ganadería. Organizaciones del sector reportaron en septiembre reducciones de la producción de leche asociadas a la disminución de los pastos y la falta de agua, con impactos particularmente fuertes en el oriente. Las cifras comunicadas por las gremiales son variables y deben interpretarse como reportes sectoriales, no como una medición nacional consolidada.

Octubre: lluvia todavía disponible, pero con fuertes contrastes

El escenario oficial salvadoreño para octubre no es uniforme.

La perspectiva climática del MARN contempla lluvias en todo el territorio, con condiciones que pueden situarse entre normales y superiores a lo normal en sectores centrales, occidentales y surorientales, mientras que el nororiente mantiene un escenario por debajo de lo normal. Para la franja costera se contemplan acumulados de entre 400 y 500 milímetros, mientras que algunas áreas del noroccidente, Chalatenango y La Libertad Norte tendrían acumulados menores.

Esto explica una aparente contradicción que puede observarse en el campo: puede haber días con lluvias intensas y, simultáneamente, persistir una condición de déficit hídrico en determinadas regiones.

La lluvia no se distribuye de manera homogénea.

Además, el MARN contempla una probabilidad relativamente baja de un episodio generalizado de temporal durante el resto de la temporada. En otras palabras, el escenario más probable no es el de una gran recuperación mediante lluvias continuas, sino el de precipitaciones intermitentes y espacialmente desiguales.

Noviembre: comienza el verdadero cambio para el agricultor

Para noviembre, la perspectiva nacional apunta hacia una disminución considerable de las lluvias.

El MARN prevé precipitaciones generalmente aisladas o dispersas, con acumulados que podrían situarse alrededor de 40-50 milímetros en sectores occidentales y centrales y entre 60 y 75 milímetros en zonas paracentrales y orientales. La mayor parte del territorio se mantendría dentro de un escenario normal, aunque algunos sectores orientales podrían recibir precipitaciones por encima de lo normal. También se prevén entre uno y cuatro episodios de Vientos Nortes.

Para la agricultura de secano, noviembre representa por tanto una transición decisiva. La disponibilidad de agua deja de depender progresivamente de las lluvias frecuentes y pasa a depender de la humedad acumulada, las reservas de agua y, para los productores que disponen de ella, del riego.

El MAG ya ha comenzado a responder a ese escenario mediante una mayor utilización del riego. El ministerio anunció la incorporación de 20,000 manzanas de maíz y 5,000 de frijol bajo sistemas de riego para la postrera, mientras reportó unas 80,000 manzanas de maíz con riego auxiliar.

Diciembre: más incertidumbre, pero no un escenario tranquilizador

Para diciembre hay que evitar una afirmación que las fuentes disponibles todavía no permiten sostener.

El MARN no ha publicado aún, al 7 de octubre, una perspectiva nacional específica para diciembre. La propia institución prevé publicar en noviembre la perspectiva correspondiente a diciembre de 2026-abril de 2027.

Lo que sí existe es una señal consistente de los modelos internacionales.

El Centro de Predicción Climática de NOAA mantiene una probabilidad superior al 90 % de que El Niño alcance una intensidad muy fuerte durante el otoño e invierno boreal de 2026-2027. Para octubre-diciembre calcula además un 75 % de probabilidad de que el episodio alcance una intensidad considerada histórica en el registro instrumental desde 1950.

El IRI de la Universidad de Columbia, utilizando un conjunto de modelos internacionales, proyecta para octubre-diciembre una mayor probabilidad de precipitaciones inferiores a lo normal en distintas zonas de Centroamérica.

GEOGLAM es todavía más específico para el sector agrícola: sus modelos de septiembre señalan más de 70 % de probabilidad de lluvias por debajo de lo normal entre octubre y diciembre en el este de El Salvador, además de Honduras, Nicaragua y el este de Guatemala. El mismo informe prevé temperaturas superiores a lo normal y advierte que el escenario coincide con el desarrollo de la Segunda/Postrera.

Aquí aparece una diferencia que no debe ocultarse: la perspectiva nacional del MARN para noviembre presenta amplias zonas dentro de lo normal, mientras que los modelos internacionales encuentran señales secas más marcadas cuando se analiza el trimestre octubre-diciembre y, particularmente, el oriente salvadoreño.

No se trata necesariamente de pronósticos incompatibles. El MARN trabaja con una escala nacional y mensual más detallada, mientras que los sistemas internacionales trabajan con probabilidades estacionales y grandes conjuntos de modelos. La coincidencia más importante está en otro punto: el oriente del país continúa siendo la zona de mayor vulnerabilidad ante un escenario de déficit hídrico.

El problema ya no es solamente la sequía

La particularidad de 2026 es que el agro no está enfrentando simplemente “menos lluvia”.

Está enfrentando mayor variabilidad.

Puede llover intensamente durante uno o dos días y después producirse varios días secos. Puede haber suficiente precipitación en una estación meteorológica y déficit a pocos kilómetros. Puede aumentar temporalmente la humedad superficial sin que se recuperen las reservas de agua acumuladas en el suelo, los pastos, los ríos y las fuentes utilizadas para riego.

El propio MARN explica que la sequía agrícola depende no solamente de la ausencia de lluvia, sino también de la temperatura, la humedad y la evaporación. En las zonas donde predominan maíz, frijol y sorgo, esas variables determinan directamente la disponibilidad de agua para los cultivos y el ganado.

La FAO también ha advertido que los agricultores del Corredor Seco salvadoreño están cada vez más expuestos a lluvias erráticas, períodos secos prolongados y estrés hídrico. El organismo señala que los episodios de El Niño suelen provocar en El Salvador precipitaciones inferiores al promedio, retrasos en los calendarios de lluvia y períodos secos más prolongados.

Un cierre de año con dos escenarios

El campo salvadoreño llega así a octubre ante dos posibilidades simultáneas.

La primera es que las lluvias que todavía quedan en octubre permitan terminar de desarrollar una parte importante de la postrera, especialmente en las zonas donde los productores consiguieron sembrar a tiempo y conservar humedad suficiente.

La segunda es que los períodos secos reaparezcan antes de completar los ciclos agrícolas y que el establecimiento de la época seca reduzca aún más la disponibilidad de agua, particularmente en el corredor seco y el oriente.

Los dos escenarios pueden coexistir.

De hecho, esa es probablemente la característica más importante de la temporada 2026: el riesgo no consiste únicamente en que deje de llover, sino en que las lluvias lleguen de manera insuficiente, irregular o demasiado tarde para las necesidades específicas de cada cultivo.

Para el maíz y el frijol de postrera, las próximas semanas serán decisivas. Para el café, la magnitud del daño comenzará a conocerse con mayor claridad durante la recolección. Para la ganadería, la disponibilidad de pastos y agua seguirá siendo un factor crítico. Y para los agricultores que puedan acceder al riego, el agua almacenada adquiere un valor estratégico creciente.

El Salvador todavía puede cerrar 2026 con una producción agrícola mayor de la que sugerirían los peores escenarios de sequía. Pero los datos disponibles hasta ahora no permiten hablar de una recuperación generalizada del agro por el simple hecho de que haya vuelto a llover.

El invierno está terminando. La pregunta que queda abierta no es si volverá a llover, sino cuánta agua útil quedará en el campo cuando la temporada lluviosa termine y cuánto tiempo tendrá que sostenerla el agricultor antes de que regresen las lluvias de 2027.

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