Política

Trump recupera terreno a 60 días de las elecciones en EE.UU

A 60 días de la elección, los números empiezan a estrecharse y los demócratas, luego de haber tenido un discurso unificador que le hablaba a todo el país, parecen haberse empezado a hablar a ellos mismos. La convención republicana unificó un mensaje coherente y reimpulsó la candidatura del Presidente que, una vez más, tropieza con sus propios instintos. Donald Trump es siempre Donald Trump... La definición para las elecciones de noviembre parece seguir estando en los conservadores de centro.

«Quizás lo iban a matar». Con esa frase el Presidente justificó las acciones del joven de 17 años, Kyle Rittenhouse, que portaba ilegalmente un arma semiautomática con la que se le acusa de disparar y asesinar a dos manifestantes en Kenosha, Wisconsin, hace una semana.

Pero no contento con la declaración, luego se fue a hacer un tour para mostrar a los estadounidenses el desastre causado por las manifestaciones, responsabilidad, según él, de ultraizquierdistas y demócratas. Una vez más el mandatario escoge un bando en vez de bajar los ánimos y enfocarse en la justicia.  

Trump llamó "fracasados" a estadounidenses muertos en guerras, según The Atlantic
Al parecer, el Presidente que no tiene ningún interés en que su poder no sea una ventaja cuando restan 60 días para las elecciones en EEUU

Es posible que los adeptos irreductibles y fanatizados del Presidente -que son millones- le den la razón, pero es menos probable que la mayoría de los estadounidenses apoyen esa lógica, electoralmente hablando. Ahora, ya se sabe que en Estados Unidos no siempre gana el que tiene consigo a las mayorías.

Hace cuatro años, Trump hablaba desde el contrapoder y la antipolítica, como un outsider con estilo alternativo en contra del establishment. Hoy sigue creyendo que esa es una estrategia ganadora (sólo él, no es la estrategia de la campaña ni del partido), pero más de uno diría que no necesariamente es ganador hoy la estrategia que lo fue hace cuatro años, tomando en cuenta que en ese tiempo, es él quien ha estado en el poder. Aunque competir desde el gobierno siempre es una ventaja, incluso tratando de ser equitativo: estar en el ejecutivo te permite hacer propaganda de la que es tu labor natural.

Y en este caso más, con un Presidente que no tiene ningún interés en que su poder no sea una ventaja. 

President Donald Trump speaks during a news conference in the James Brady Press Briefing Room at the White House, Friday, Sept. 4, 2020, in Washington. (AP Photo/Evan Vucci)
Hace 4 años, Trump hablaba desde el contrapoder y la antipolítica, como un outsider con estilo alternativo en contra del establishment. Hoy sigue creyendo que esa es una estrategia ganadora (AP Photo/Evan Vucci)

La convención y su final 

El gran obstáculo de Trump sigue siendo su propio proceder. Después de una sorprendente y motivadora convención (aunque los números de rating no superaron a los demócratas, sí han tenido efecto en los sondeos), el gran tropiezo de la convención fue la noche final: Trump habló desde la Casa Blanca -quizás su gesto más antidemocrático en 4 años- y desde allí se salió del guión y regresó a su discurso hosco y conflictivo. 

La significación antidemocrática que tiene hacer actos electorales en las instituciones del gobierno es enorme, no sólo porque es un delito usar infraestructura y fondos de los contribuyentes para favorecer parcialidades políticas, sino porque eso niega el concepto democrático en el que todos valemos por igual, y le da preponderancia a quienes estén el poder. Son este tipo de gestos los que, más allá de la justicia, destruyen culturalmente la democracia de un país. 

Luego de la convención, nuevas protestas y asesinatos en Kenosha y Portland han avivado las más terribles respuestas del Presidente, que instiga a la policía a ejercer las acciones «que tengan que ejercer», mientras las autoridades locales lo responsabilizaron y le pidieron que no hiciera la visita para no atizar la confrontación. Pero el Presidente, claro, de todos modos la hizo. Pero independientemente de su posición, ahí no están la definición de las elecciones, sino los extremos inamovibles.

Hacia la opinión pública, Biden acusa a Trump de ser él el causante de la violencia, mientras Trump promete ley y orden y advierte que, si Biden gana, el país arderá y será un caos. Muchos se sorprenden de que Trump acuse a Biden de que en un gobierno suyo reinaría lo que en realidad está reinando en el propio. Pero esa retórica es común en líderes con tendencias autócratas como Trump, la de empantanar al otro con lo que se le acusa a él. Es una práctica permanente. Y si no, pregúntese cuántas veces ha escuchado a Trump acusar a los que considera rivales de difundir fake news!

Biden viajará el jueves a Kenosha tras la visita de Trump
Muchos se sorprenden de que Trump acuse a Biden de que en un gobierno suyo reinaría lo que en realidad está reinando en el propio

La estrategia que le funciona 

Una de las voces inesperadamente favorecedoras de la candidatura de Trump fue el Vicepresidente Mike Pence. Un personaje tibio y a la sombra desde la campaña de 2016, hoy cobra la importancia de ser el representante de la adustez conservadora, férreo en sus principios de derecha, pero institucional, comedido en el verbo aunque no en sus ideas, un ultraconservador religioso pero sin estridencias.

Pence hizo la mejor y más elaborada defensa de Trump y el gobierno del que forma parte, y se convirtió en el imán de esa población electoral conservadora que se ha ido en estampida de las filas de Trump, huyendo del escándalo y los modos inapropiados para con la majestad presidencial que el mandatario ejerce.

Otros esfuerzos fueron notorios para suavizar la indómita imagen de Trump: mostrarlo empático, familiar, sensible con los inmigrantes (el discurso de Melania tuvo esa misión imposible), compasivo -un grupo de adictos y otro de rescatados en secuestros internacionales se reunieron para agradecer por sus esfuerzos en ambas áreas-, e incluso pudimos ver al Presidente en el acto de nacionalización de cinco representantes de los cinco continentes, tomándose fotos y sonriente. Luego se supo que ninguno de ellos sabía con anterioridad que iban a ser utilizados para la campaña.

Hasta que llegó el propio Trump, la última noche, y deshizo parte del trabajo realizado durante la semana. Sin embargo, la convención ha dado resultados.

Según los sondeos actualizados a diario por Real Clear Politics, el promedio de la brecha ya no está en 11 puntos sino en 7, pero más llamativo que eso es que empiezan a verse estados en los que Trump estaba perdiendo, con una ligera victoria, como en Michigan, donde el mandatario lidera por dos puntos. 

El medio The Hill publica una encuesta en la que Trump mejora levemente entre latinos y negros. Y hay otro estudio más llamativo, el del investigador alemán Helmut Norpoth, que elaboró un modelo de predicción tomando en cuenta el compromiso del voto, de acuerdo a  la participación en las primarias, y que ha acertado cinco de las últimas seis elecciones, incluyendo la de 2016. Según ese modelo, también en 2020 Trump sería reelegido a través de los colegios electorales. 

Sin embargo, el mismo Norpoth afirma que la diferencia es muy poca y falta todavía tiempo para la elección como para afirmar nada concreto, aunque su modelo apunte a la reelección del mandatario.

En tanto, la campaña republicana insiste en minar la imagen de Biden, Harris y sus allegados como unos misioneros del comunismo, la agenda globalista internacional y hasta de permitir extremismo terrorista. Hasta ahora no han tenido éxito, pero faltan dos meses para el día de la verdad.

Parte del paisaje

La respuesta demócrata no se ha hecho esperar y en este caso presenta una estrategia muy singular. En lugar de negar los sondeos, los exageran. Promocionan mensajes en las redes, en listas de correos y en los medios tradicionales, alarmados con la cercanía de Trump en las encuestas. Su propósito es generar miedo en electores y financistas. Comunicar que el país seguirá en el caos en que se encuentra si los electores dudan de su voto o no dan su contribución.

En las arcas republicanas, se dice que sólo 6 de cada 10 donantes que apoyaron a Trump hace cuatro años han desembolsado su dinero esta vez. También han salido a la luz acusaciones que indican que los fondos recaudados no están siendo administrados en el partido republicano, sino directamente por empresas de la familia del Presidente. 

Los ejércitos de investigadores que armaron el Washington Post y muchos otros medios, siguen haciendo fact checking. Las falsas verdades expresadas por el Presidente superan ya las 20 mil. Pero ése no parece ser ya un dato relevante, sino que, por el contrario, esa información no hace mella alguna en la percepción de los votantes. Otros valores como la conflictividad, el nacionalismo y los valores religiosos resultan ser más relevantes. Pero que el Presidente diga o no la verdad ha terminado siendo lo de menos.

Algo parecido está pasando con el Covid-19. Para beneficio del Presidente y gracias a su escandalosa y permanente retórica, los más de 180 mil fallecidos por la pandemia, que parecieran van rumbo y sin pausa a la cifra de 200 mil, apenas tienen peso ya en la opinión pública.

Un estudio reciente reveló en el New York Times que de haber hecho las cosas de otra manera, se habrían podido evitar hasta 145 mil de las más de 180 mil muertes que se han contado. Pero la pandemia pareciera haberse incorporado ya al paisaje. La controversial frase del mandatario, «it is what it is» (es lo que es), terminó calando en los ciudadanos.

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