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Quiénes están detrás de los disturbios que sembraron el caos en Cataluña

Barcelona y otras ciudades de la región fueron conmovidas por las masivas protestas independentistas que, aunque mayoritariamente pacíficas, incluyeron un componente de violencia desconocido desde el retorno de la democracia en España.

El epicentro de la batalla se concentró la noche del viernes 18 de octubre en espacios céntricos de la capital catalana como la Plaza de Urquinaona, paso habitual de los numerosos grupos de turistas que cada fin de semana abarrotan Barcelona. Al grito de “la calle es nuestra” hasta 2.000 jóvenes sembraron el caos ante la incapacidad de la policía para frenarles. En toda España se suspendió el resto de retransmisiones en la televisión para intentar explicar en directo qué estaba pasando. 

“Hemos estado cerca de perder la batalla. Nos querían matar”, admite la Policía Nacional tras los disturbios que estallaron en Cataluña la pasada semana al conocerse la sentencia del proceso independentista. Al mismo tiempo desde el otro bando, el de los manifestantes, denuncian agresiones de las fuerzas del orden. Todos coinciden en que lo sucedido estos días en ciudades como Barcelona, Tarragona, Lleida y Girona no tiene precedente en la historia de la democracia española. 

La pregunta que más se ha repetido es de dónde ha venido esa oleada de frustración que ha sacado a las calles catalanas a cientos de jóvenes para enfrentarse cuerpo a cuerpo con la policía. Quiénes eran esos chavales que cubiertos con cascos de motorista, máscaras de lucha libre mexicana y pasamontañas lanzaban canicas con tirachinas, arrancaban adoquines del suelo, improvisaban barricadas y prendían fuego a los cubos de basura. 

El gobierno catalán presidido por Quim Torra, líder de la coalición independentista Junts per Catalunya, responsabilizó de las acciones violentas a «grupos de infiltrados» para evitar que se pudiera ensuciar la imagen del movimiento independentista, tradicionalmente cívico y con una dilatada experiencia en protestas pacíficas masivas. El mismo Torra fue quien, al conocerse la decisión del Tribunal Supremo de sentenciar a entre 9 y 13 años de cárcel a los líderes nacionalistas, animó a los catalanes a practicar «la desobediencia civil» y hacer valer su derecho legítimo a la protesta.

“Si antes eran 50 o 100 chicos tirando piedras a la policía, ahora eran 1.000 o 2.000
“Si antes eran 50 o 100 chicos tirando piedras a la policía, ahora eran 1.000 o 2.000″, contó un periodista que cubrió esta y otras protestas independentistas catalanas

Pol Pareja estuvo cubriendo a pie de calle para El Diario las manifestaciones y los disturbios desde el primer día. Niega que lo ocurrido fuera parte de una campaña diseñada para ensuciar la causa catalana, como dijo el presidente catalán, ni que las acciones estuvieran lideradas por grupos anti sistema procedentes de otros países. 

“Siempre hay un porcentaje de turismo revolucionario, gente que se apunta a viajar cuando hay revueltas pero en este caso no era mayoritario”, dice a Infobae. Para este reportero acostumbrado a cubrir movimientos sociales en Cataluña, lo extraordinario de este caso ha sido el inmenso poder de convocatoria. “Si antes eran 50 o 100 chicos tirando piedras a la policía, ahora eran 1.000 o 2.000. Aunque no todos fueran violentos, incluso había algunos de fiesta bebiendo alcohol o que simplemente salieron el viernes a liarla, esa masa es muy difícil de dispersar”. 

En los medios españoles se ha hablado de “la generación del procés”, jóvenes catalanes que ahora tienen entre 16 y 25 años y vieron a sus familiares y vecinos siendo golpeados por la policía española durante el referéndum del 1 de octubre de 2017 que el gobierno español consideró ilegal. Esa rabia contenida, sumada a la certeza tras la sentencia del procés de que la lucha política no es un camino posible hacia la independencia pues solo llevará a la cárcel, ha podido desembocar en esta necesidad de violencia. 

Esta es la generación que creció durante la crisis económica y se ha chocado con la falta de oportunidades, (Photo by LLUIS GENE / AFP)
Esta es la generación que creció durante la crisis económica y se ha chocado con la falta de oportunidades

Quizá ese sea el pegamento que une a grupos de gente tan diversa, y no sólo independentistas, que se han concentrado estos días en Cataluña. Durante los disturbios aparecieron pintadas contra la policía -A.C.A.B., All Cops Are Bastards- y pancartas con el lema “Decidir no es delito”, empleado por distintos colectivos progresistas en España que están a favor del derecho a un referéndum aunque no sean nacionalistas. 

Esta es la generación que creció durante la crisis económica y se ha chocado con la falta de oportunidades, a la que le han robado el futuro. Esa frustración sumada a la tensión en Cataluña y a la decepción por una independencia frustrada está comenzando a estallar. 

“Durante los últimos años han sucedido hechos graves en Cataluña que han movilizado a colectivos que no quieren la independencia pero empatizan con ese rechazo a las instituciones españolas. Tras siete u ocho años de manifestaciones pacíficas sin conseguir nada los jóvenes están dispuestos a explorar otras vías. Estos chicos han perdido el miedo a la policía. Y otra cosa muy importante, se ha roto el tabú de la violencia en el independentismo, antes estaba muy mal visto tirar una sola piedra”, explica Pol Pareja.

Para él, todo cambió el lunes 14 de octubre al conocerse la sentencia del procés. “El detonante fue la toma del aeropuerto de Barcelona. La gente vio que era posible salir a la calle y generar algo, al menos llamar la atención sobre el hecho de que existe un problema social”, dice. 

 Se ha roto el tabú de la violencia en el independentismo, antes estaba muy mal visto tirar una sola piedra

En una acción ciudadana perfectamente coordinada, columnas humanas se dirigieron a pie, por carretera, para paralizar el tráfico de uno de los parques aéreos más importantes de Europa. Entonces se comparó en los medios las tácticas usadas en Cataluña con las protestas de Hong Kong. 

Detrás de esta acción estaba un grupo misterioso, que se había ido gestando desde principios de septiembre en círculos nacionalistas a través de redes sociales encriptadas como Telegram: el Tsunami Democràtic. Bautizada como “una app distópica” en los medios españoles, este servicio de mensajería coordina a través de distintos canales acciones estratégicas de protesta masiva, como el bloqueo de vías de transporte, y monitoriza las acciones de la policía. 

Este movimiento fue apoyado por el gobierno catalán, incluido el presidente Quim Torra, pero su capacidad de movilización sorprendió a otras organizaciones independentistas con más recorrido como la Asamblea Nacional Catalana (ANC), Òmnium Cultural y los propios Comités de Defensa de la República (CDR), que hasta su aparición eran consideradas las células con mayor poder de agitación y acción directa dentro del nacionalismo catalán. 

«Es muy importante aclarar que el Tsunami Democràtic sólo fue responsable de la acción pacífica de la toma del aeropuerto del lunes, todo lo que sucedió después se escapa de su control», matiza Pol Pareja. 

Con el paso de los días, en las protestas no sólo se escucharon gritos contra el gobierno español sino también, y esto es algo novedoso, contra el gobierno catalán y en especial contra el consejero de Interior de la Generalitat, Miquel Buch. 

Según crecía la tensión, del hashtag #SpainIsAFascistState se pasó a otros que también criticaban a figuras catalanas. El propio Gabriel Rufián, del partido independentista de izquierdas ERC, fue increpado por grupos de manifestantes al grito de “botifler” -un insulto del círculo independentista usado para los traidores a la nación catalana- por condenar públicamente la violencia.

Las consignas contra el
Las consignas contra el «estado español fascista» se terminaron mezclando con otras contra el gobierno catalán

Barcelona tiene una larga experiencia en materia de lucha callejera. Es un referente en Europa para los movimientos sociales anti globalización, autogestionarios y de okupación. Ya en 1873 Friedrich Engels hablaba con admiración de la dilatada experiencia de sus ciudadanos con los “combates de barricadas”. Sin embargo, los disturbios dejaron imágenes que no se habían visto en épocas recientes. Grupos de antidisturbios sorprendidos ante la ira de estos chicos, algunos de ellos menores. Emboscadas a la policía, que lamentaba ante la prensa que los manifestantes estaban organizados y usaban tácticas de “guerrilla urbana”. 

Por su parte, y en un intento de repeler las protestas, las fuerzas del orden emplearon todo el músculo a su alcance como las cargas con tanquetas de agua que nunca antes habían usado. Pronto se extendieron como la pólvora en redes sociales vídeos de jóvenes con el ojo reventado por el impacto de una bala de goma, con moratones por todo el cuerpo por los golpes con las porras metálicas y hasta el atropellamiento de un menor por un coche de los Mossos d’Esquadra -la policía catalana que coordinó los operativos- en Tarragona.

El saldo deja cerca de 600 heridos, entre ellos más de 200 policías, a los que lanzaron todo tipo de objetos contundentes e incluso ácido y fuegos pirotécnicos contra un helicóptero oficial en patrulla. Los daños en las vías públicas de Cataluña podrían superar los 2,5 millones de euros según las cifras que maneja la prensa local. 

En conversación telefónica con Infobae, los Mossos d’Esquadra confirman a fecha del jueves 24 de octubre la cifra de 205 detenidos por los disturbios, que a partir del sábado 19 fueron enfriándose. Tampoco los periodistas se salvaron de los incidentes, cinco sufrieron agresiones y dos fueron detenidos en el transcurso de su trabajo. 

El miércoles 16 octubre la protesta se trasladó a la Plaza del Sol de Madrid, el kilómetro cero de la capital española, un lugar con una fuerte carga simbólica pues es donde empezaron las protestas ciudadanas que desembocaron en el movimiento de indignados del 15-M en 2011. Allí acudieron grupos antifascistas, feministas y otros vinculados a movimientos libertarios para nada sospechosos de ser independentistas catalanes. 

Dos jóvenes se toman una selfie frente a una de las barricadas montadas por las protestas en Barcelona (Photo by LLUIS GENE / AFP)
Dos jóvenes se toman una selfie frente a una de las barricadas montadas por las protestas en Barcelona

Más allá de la mediática comparación con las protestas de Hong Kong, los colectivos sociales que han participado activamente en estas jornadas de lucha comparan lo sucedido con otras explosiones de ira ciudadana en el contexto de la globalización, desde los chalecos amarillos en Francia hasta las revueltas campesinas en Ecuador y los disturbios en Chile. 

«La sentencia del Procés supone un claro retroceso de libertades pues genera una jurisprudencia que acabara usándose contra la protesta social en todas sus formas. Por lo tanto, entendemos la respuesta en las calles», dice en un comunicado el sindicato de la CNT, emblema del anarquismo ibérico.

La resaca de las protestas ha dejado una ciudad que intenta superar lo ocurrido. La proximidad de las elecciones generales del 10 de noviembre ha convertido la crisis catalana en una poderosa arma electoral. Tanto el presidente en funciones, el socialista Pedro Sánchez, como la oposición, se han apresurado a visitar zonas afectadas en Barcelona como la Via Laietana para tratar de ganar votos. 

Mientras tanto los catalanes confiesan vivir unos días de “calma tensa”, nadie se atreve a apostar porque la mecha de los disturbios no vuelva a prender. Desde los Mossos d’Esquadra confirman a este medio que, aunque no desvelarán la cifra de los operativos que tienen preparados por cuestiones de seguridad, no descartan nuevos incidentes.

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