Triángulo Norte

Los muertos que nadie ve en la frontera de México con Estados Unidos

La Patrulla Fronteriza estadounidense tiene registradas más de 7.000 personas muertas en el desierto de Arizona durante las últimas dos décadas. El desierto borra las huellas de todo, pero sobre todo de los migrantes.

Cruzar en esta época del año parece una locura. Pero ante el endurecimiento de las medidas antimigrantes y el desbordamiento de los albergues en otras áreas fronterizas de México, muchos migrantes están corriendo el riesgo.

En una zona controlada por el crimen organizado, el éxito de la travesía depende de estar bien «conectados» con los traficantes de personas. En los meses recientes, a las garitas aduaneras del estado noroccidental de Sonora se han presentado personas provenientes del Caribe, América Central y mexicanos desplazados por la violencia, que hacen fila para solicitar asilo en Estados Unidos.

¿Por qué los países tienen fronteras si todos vemos las mismas estrellas? La pregunta escrita con gis apenas es legible en uno de los muros de un albergue que está a unos 100 metros de la vía del tren, «la ruta del Diablo» que recorre el occidente mexicano de sur a norte, usada por cientos de migrantes que buscan llegar a Estados Unidos.

Abajo de la frase, una bandera de El Salvador, enfrente, otra de Guatemala destacan en la pared de la Casa del Migrante Pueblo sin Fronteras, en Caborca, una ciudad sonorense, en las inmediaciones del desierto de Sonora.

Es uno de los hallazgos de un recorrido por la frontera de Sonora, uno de los territorios agrícolas más grandes de México.

Todos los que están en el albergue dicen haber llegado en el tren. Algunos salieron desde el estado de Tabasco, otros desde el de Chiapas, ambos en el sur de México. Y de ahí se desviaron. Hay quien suma ocho trenes en su andar.

En los primeros días de julio ya sintieron los impactos del acuerdo migratorio entre México y Estados Unidos.

En la central de autobuses en Tierra Blanca, en el también suroriental estado de Veracruz, se queja uno de ellos, no le quisieron vender el boleto para viajar porque no traía credencial que lo identificará como mexicano.

Otro cuenta que le fue peor: perdió mil lempiras hondureñas (unos 40 dólares) porque en la taquilla le vendieron los boletos de él y su hija de nueve años, pero no los dejaron subir al autobús. Tuvieron que tomar el tren en Pénjamo, en el central estado de Guanajuato.

«Yo pasé un tiempo antes y estaba más tranquilo», interviene un joven mientras acaricia a un perro pitbull que reposa con todos bajo la sombra de un patio de cemento donde sobrellevan los 37 grados centígrados del desierto sonorense.

El hombre que viaja con su hija se queja de que no hay trabajo. Cómo le van a hacer entonces, reclama, cómo quieren que le hagan si los gobiernos no mejoran salarios ni la seguridad.

«De 35 años para arriba ya no hay trabajo, a menos que sea de guardia de seguridad, que vas a ganar 6.000 (unos 243 dólares) mensuales», dijo.

Otro hombre contextualiza lo que significa con una cuenta más simple: «El kilo de frijoles le vale como 100 pesos mexicanos (5,5 dólares)».

Esta casa del migrante es dirigida por Irineo Múgica, quien enfrenta en libertad una investigación por presunto tráfico de personas. Algunos pobladores de la zona se refieren al sitio como «nido de polleros (traficantes de personas)».

Pero los migrantes que están aquí se preguntan qué habrían hecho si no existiera una sombra como esta cerca de las vías. «Ya muchos habrían muerto», advierte uno.

Unos metros más adelante sobre la vía del tren, casi frente a un módulo de la Cruz Roja que atiende exclusivamente a migrantes, dos primos hondureños escuchan música trap en una tienda de campaña improvisada que les sirve de dormitorio.

Christian, torso tatuado, cuerpo correoso, prende el fogón a la intemperie para cocinar papas en un sartén.

Lleva una década migrando, la tercera parte de su vida, desde los 17 años. En 10 ocasiones ha entrado a México y cuatro a Estados Unidos. Siempre que lo deportan, emprende el camino de vuelta.

Asegura que no lo hace por gusto. Es por la necesidad de dinero, pero principalmente «obligado a salir de las pandillas de allá (en Honduras)». Y que elige esta ruta porque es menos insegura que la del Golfo de México.

Con él está Élmer, cinco años menor, criado en la misma casa, como hermanos. Cristian dice que invertirá el tiempo necesario en seguir migrando y no quita el ojo de Estados Unidos. «Dios sí podrá detenernos, pero sólo él, nadie más. Es que es obligatorio, no es que queramos», sentencia.

Caborca es uno de los puntos de paso para quienes buscan cruzar la frontera a través del desierto de Sonora y llegar al estado de Arizona, en Estados Unidos. Desde ese desierto se emprenden dos rutas para cruzar. Algunos eligen ir 153 kilómetros al norte, hacia Sonoyta, y otros cinco kilómetros al este, rumbo a Altar.

Laura Ramírez dice que hace cuatro años desperdiciaba su tiempo jugando Candy Crush en su teléfono, hasta que decidió involucrarse un poco más en el bienestar de su comunidad. Una mañana salió con raciones de comida para repartir desayunos a los migrantes que hacen una parada en Caborca. Llegó a atender hasta 200 personas.

Además de los desayunos la mujer gestiona atención médica, da asesoría legal y acompaña tanto a familias que buscan a migrantes perdidos como a migrantes convertidos en indigentes que han quedado varados en este punto del desierto.

Lleva cuatro años con ese trabajo y en agosto, junto con otras personas se incorporará a la búsqueda de restos óseos en el desierto. Su proyecto se llama «Laura, ayúdame a volver a casa».

¿Por qué Caborca es un punto de encuentro de migrantes? Laura encuentra dos razones principales: «Una es que, entre comillas, es una de las fronteras más seguras. Es la más larga, eso sí. Pero no se ve tanto el secuestro, sí los hay pero no tanto como en Reynosa o esos lados. Y aquí pues desgraciadamente… pues la dichosa mochila, que desde que salen de allá les platican que la mochila es el cruce para cruzar por este desierto».

Cruzan como «pollos» o cargados. «Y no porque ellos quieran sino porque no hay otra forma de pasar. Si ellos conocieran el camino y quisieran ir caminando no se los permiten. Es una condición ir cargando ese cochinero», afirma.

Varios testimonios lo confirman: en Caborca y otros puntos de la ciudad de Sonoyta, los migrantes son contactados para que crucen el desierto con mochilas de, al menos, 20 kilogramos de marihuana. Hay quienes dicen que la cuota actual implica hacer dos viajes; otros, que deben pagar 300 dólares y además llevar la mochila.

Un migrante mexicano con el nombre ficticio de Adalberto relata que él llegó al municipio específicamente para cruzar con el paquete por el desierto. Trabajaba en el campo o como ayudante de albañil hasta que se desesperó.

«Me vine a chambear (trabajar) para echarme la mochila, aquí me agarraron (…) Te tienes que voltear para levantarte con las manos y con los pies. Cuando me la eché aquella vez, me fui para atrás. Era tiempo de frío, me pegó el frío machín (duro). El calor y el frío es lo mismo. En el desierto te mueres de frío y te mueres de calor (…) Ahora quiero pasar de nuevo pero quedarme a trabajar machín y ver quién va a ser la heredera, una que me quiera bien», cuenta.

José también es migrante, pero su destino es Sonora. Viajó del sur mexicano para buscar a su hijo de 21 años y a su hija de 20. Un contratista los enganchó en su pueblo del sureño estado de Oaxaca para que trabajaran en el cultivo de espárrago. Pero los jóvenes no se adaptaron. Tuvieron problemas con los compañeros y con la abundancia de droga.

El trabajo en estos campos es duro, añade. Los contratistas prefieren a los oaxaqueños o chiapanecos antes que a los centroamericanos para las jornadas, por su costumbre a estas labores. «A mí no se me dificulta ni con la mafia ni con la ley, porque no tengo ningún vicio. Nosotros estamos acostumbrados al trabajo duro», dice.

El informe del Semáforo delictivo señala que Caborca tiene 124 por ciento más denuncias por narcomenudeo que todo Sonora. Apenas hace dos semanas tres personas fueron asesinadas en el centro del pueblo. La nueva y militar Guardia Nacional llegó a Caborca este mes de julio. Y con ella, el Instituto Nacional de Migración, el Inami.

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