Farándula

João Gilberto, el querido maestro de la Samba brasileira partió

El músico al que Caetano Veloso calificó como "el más grande", fallecido el sábado en Río de Janeiro a los 88 años, mantuvo su integridad artística hasta el final.

Aquel a quien llamaban Joãozinho da Patu en la deprimente ciudad de Juaziero, tuvo muy claro desde pequeño que quería convertirse en João Gilberto. Rehusando los planes académicos y profesionales que su padre, don Juveniano de Oliveira, había trazado para él, a sus catorce años cayó rendido ante las posibilidades que le abría una guitarra que había llegado a sus manos en forma de regalo de un pariente. Una circunstancia que le descubriría un universo musical idóneo para desplegar su inteligencia, encanto y capacidad de seducción.

El camino no fue fácil: Salvador de Bahía, Río de Janeiro o Porto Alegre marcaron las estaciones de tránsito de su iniciático peregrinar en busca de «champán, mujeres y música» pero, sobre todo, de su propia identidad creativa.

En 1952 registró su primer disco, fuertemente influenciado por Orlando Silva. Nada ocurrió y su itinerario no pudo despegarse de una situación de penuria económica que su protector Luís Telles atenuó como pudo. Tuvieron que llegar el compositor Antonio Carlos Jobim y el poeta Vinicius de Moraes para poner en sus manos Chega de Saudade, la canción que escenificó la irrupción de un nuevo modelo musical bautizado como bossa nova. Un minuto y cincuenta y nueve segundos que lo cambiaron todo, como bautizó Ruy Castro uno de los capítulos de su excelente volumen Bossa Nova. La historia y las historias (Turner; 2008).

CON ‘CHEGA DE SAUDADE’ ESCENIFICÓ LA IRRUPCIÓN DE UN NUEVO MODELO MUSICAL, LA BOSSA NOVA

La esperanza de un Brasil sumergido en una fase de apertura política con un presidente, Juscelino Kubitschek, elegido democráticamente, sumado a un clima de modernización social y urbanística, encontraron reflejo en el desarrollo de un movimiento que germinó en barrios como Copacabana e Ipanema, potenciado por un sector social adscrito a jóvenes universitarios de nivel medio.

Alfredo José da Silva, Nara Leao o Dick Farney anticiparon el patrón pero Gilberto lo concretó en plenitud. Melodía, armonía, texto y ritmo deliciosamente ajustados gracias a su oído absoluto en un contexto íntimo en el que «las palabras deben pronunciarse de la manera más natural posible, como si se estuviera conversando». Un todo en el que el solitario músico encontró, por fin, su integridad artística pese a que nunca comulgó con la etiqueta y a que la ortodoxia lo repudió de inmediato.

Sin fracturas ni revoluciones, Gilberto concentró en su templado estilo vocal y en la batida de su guitarra una concepción transformadora de la que tomó rápida nota el jazz norteamericano, algunos de cuyos ingredientes ya se habían emulsionado con la fórmula básica de la bossa nova. Cantantes como Lena Horne y Sarah Vaughan o el guitarrista Charlie Byrd se sintieron atraídos por un sonido que terminó por explosionar internacionalmente en 1963, gracias a la grabación en Nueva York de Garota de Ipanema, junto al saxofonista Stan Getz. El productor Creed Taylor, de Verve Records, publicó la versión reducida en inglés con Astrud, la esposa de Gilberto haciendo sus primeros pinitos como cantante.

Antes que activarla, el descomunal éxito ralentizó la actividad de Gilberto quien durante su exilio norteamericano (1963-69), junto a su nueva pareja Miúcha, hermana de Chico Buarque, tocó poco y grabó menos. Su circunspecto y obstinado carácter fue ganando luego terreno, alentado por problemas físicos -ahora la voz, luego la mano-, hasta conducir a una reclusión que corrió pareja a la expansión de su leyenda.

Tras su regreso a Río en 1980, después de dieciocho años fuera de Brasil, su vida pasó a ser un misterio. Un hecho que no le impidió seguir alimentando con cuentagotas su colosal figura gracias a joyas como João (1991) o João, voz e violão (2001). Corto de recursos y pleiteando con discográficas y familia, el maestro siguió luchando hasta el final por preservar a su manera aquella pasión que movió al joven Joãozinho y que Caetano Veloso supo sintetizar sin más rodeos: «es el más grande».

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