Opinión

Una lección de ética para todos

"Es mejor salvar la vida de los nicaragüenses frente a la criminalidad de los falsos revolucionarios, que convertirse en su cómplice".

“No se debe luchar por la mayoría del voto si antes
no se comparte las aspiraciones y frustraciones de la mayoría.
En otras palabras, para ser bien claro,
creo que los gobernantes deben vivir
como personas comunes.
Deben de abandonar los restos del feudalismo,
las alfombras rojas, las fanfarrias, la corte de aduladores.
Tenemos que volver a las fuentes del republicanismo.
Pero es muy difícil”.
José Mujica (*)

Si Pepe Mujica considera que hacer ese cambio de las fanfarrias del poder a la vida común “es muy difícil”, es porque está revelando su experiencia, y debió costarle mucho el haberlo logrado en el ejercicio del poder, pues si así no fuera, no tendría ningún buen consejo que ofrecer, menos esta lección tal actual como histórica.

Nadie ignora que Mujica tiene la razón, más aun quienes viven en el mundo de la política y conocen, sean estos de izquierdas o derechas. No obstante que muchos políticos reconocen su ejemplo, cuando hay llegado al poder, no todos superaron sus debilidades, sucumbiendo ante el encanto de las fanfarrias, sintieron una atracción fatal por la riqueza y cayeron en la corrupción. Y su “corte de aduladores” es también el círculo de sus cómplices.

Los abusadores del poder llamados de “derechas”, son de tal antigüedad en materia de corrupción, que se pierden en el tiempo, como antigua es la lucha de los pueblos contra todo tipo de opresión y de opresores, y nada nuevo puede decirse de su especie.

Lo actual, es que en América Latina Mujica es uno de los pocos ejemplos de gobernantes de todas las tendencias, que en el poder se ha comportado como un hombre común y tenido un estilo de vida ético, consecuente con lo que piensa. A la par, y en particular nos interesa señalarlo, que muchos gobernantes considerados de izquierdas tuvieron y tienen prácticas más que contrarias a su modo de pensar, al comportarse igual o peor que los peores enemigos del pensamiento que pregonan.

En los extremos de esas aberraciones, están los orteguistas nicaragüenses, quienes a nombre de la “revolución”, se convirtieron en los mejores agentes y pretextos de las nunca desmentidas políticas injerencistas de los Estados Unidos.

Ante tal realidad, y desde el humanismo, no tiene cabida la duda: es mejor salvar la vida de los nicaragüenses frente a la criminalidad de los falsos revolucionarios, que convertirse en su cómplice cobijado bajo el antiimperialismo. Si Estados Unidos injiere aquí a nombre de la democracia, la respuesta justa debió de ser practicar una más auténtica democracia, pero nunca responder con la represión, mucho menos actuar contra la libertad y la vida de quienes demandan democracia.

Los amigos de la dictadura Ortega-Murillo del exterior, cierran los ojos ante la realidad de una Nicaragua distinta a las épocas de las intervenciones armadas norteamericanas: ahora Estados Unidos no cuenta dentro del movimiento de resistencia patriótica con ningún líder ni partido derechista del cual pudiera servirse para imponer su proyecto político.

Los políticos y partidos derechistas de quienes pudiera servirse, son aliados del orteguismo, principalmente dentro de la Asamblea Nacional, conocidos aquí como “zancudos”. Que intenten encontrarlos, es otra cosa, pero, en la Nicaragua actual, los viejos políticos no tienen liderazgo ni credibilidad dentro de esta rebelión cívica.

Hay unos gobernantes peores que otros, pero no se trata de dosificar la ética, sino de ser consecuente con ella. Lo de Pepe Mujica es apreciable, porque con su ejemplo de gobernante honesto y leal con el pueblo de su República Oriental del Uruguay, contribuyó a rescatar la imagen del auténtico revolucionario.

Su ejemplo confirma que “sin la ética la izquierda no vale nada”, ¿pues para qué sirve decir que se lucha por las transformaciones sociales, si uno es incapaz de transformarse a sí mismo como ser humano?

Muchos gobernantes de izquierda dedicaron su tiempo a las fanfarrias, las alfombras rojas, a cultivar el culto hacia sus personas. Otros permitieron que sus partidos utilizaran el poder para enriquecerse, y por eso perdieron el poder ante políticos reaccionarios.

Desde el punto de vista ideológico, las aberraciones de esos gobernantes son bofetadas a la memoria de los pioneros y forjadores de las ideas humanistas del socialismo, de los sacrificados en las luchas por las reivindicaciones sociales, en contra de la explotación y demás injusticias de los sistemas políticos clasistas.

Por el lado de quienes se pronuncian contra las ideas revolucionarias y se consideran democráticos, maldicen, demonizan y condenan al marxismo y al socialismo en vez de hacerlo contra sus falsificadores, lo cual traducen en la práctica demonizando a los “comunistas”, aunque no lo sean, con una intolerancia política que, de hecho, actúa en detrimento de la unidad contra la dictadura.

Hay quienes cometen la vulgaridad política de calificar de “guerrilla marxista” a cualquier grupo armado sin definición ideológica clara solo porque proclaman conquistar el poder por la vía “revolucionaria”. Ante tal vulgarización, cabe preguntarse… ¿qué culpa tiene de eso el pensamiento del doctor Marx?

Los culpables son los falsos revolucionarios que se amparan tras las denominaciones de “comunista”, “marxista”, sin saber conducir sus prácticas políticas como tales, cuando llegan a formar gobierno. En el mundo también se cultiva tal confusión al respecto que, por ejemplo, para los republicanos estadounidenses, el partido Demócrata… ¡es partido de “izquierda”!

Casi todos los políticos de orientación conservadora, cuando polemizan o hablan de política, recurren al fácil expediente de la descalificación de sus adversarios con esos adjetivos de cajón.

Los anticomunistas ilustrados no ignoran que ni el socialismo fue un sistema socialmente cabal, sino deformado en la Unión Soviética y en los “países socialistas”, y menos que en lo económico y lo social se acercaran al proyecto de una sociedad comunista, según la teoría de Marx. Otros repiten el error de llamar “país comunista” al que vive algún proceso de transformación política progresista, pero estos sí, por ignorancia.

Incluso para quienes se consideraron marxistas no les ha sido fácil liberarse de las falsas apreciaciones sobre el marxismo y, en concreto, sobre el “socialismo real” en la URSS y otros países europeos, tenidos como “comunistas”. A muchos ideólogos marxista –antes y después de la autodestrucción de la URSS— les costó convencerse de que las desviaciones –algunas aberrantes, como el estalinismo— no tenían mucha relación con los fundamentos del marxismo.

Ese convencimiento de que el socialismo soviético en varios aspectos fue una aberración, no le llegó a nadie de pronto ni por accidente, sino por un proceso de análisis con sentido crítico y autocrítico, y haciendo esfuerzos para buscar cómo esclarecerse en lo teórico sobre este asunto.

Las decisiones individuales fueron variadas e igualmente desiguales, según la voluntad y capacidad de cada quien. Hubo quienes optaron por la deserción ideológica y abrazaron la ideología que antes combatieron, también quienes siguieron fieles a los principios de Marx sin cambiar de acera y otros que siguen siendo dogmáticos.

Pienso (no me gusta decir creo) que ante dilema parecido pudo haber estado Pepe Mujica, hasta aclarar su conciencia, y decidirse a ser consecuente con su modo de pensar, y de actuar con la ética de auténtico revolucionario, como individuo y como gobernante.

No debemos olvidar que en El Salvador, Nayib Bukele, un miembro desde la infancia del FMLN abandonó su partido y se alió con el partido fundado por el expresidente Antonio Elías Saca, preso por robo al Estado y fundador del partido que lo intenta llevar al poder, GANA.

Por Onofre Guevara López, del Confidencial de Nicaragua, basado en una entrevista de Mujica con BBC News.

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