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Papa santifica a arzobispo Oscar Arnulfo Romero y a Pablo VI

Romero, que fue abatido a tiros mientras decía misa, y Pablo VI, que guío a la Iglesia en la conclusión de su proceso de modernización del Concilio Vaticano Segundo, fueron personas controvertidas dentro y fuera de la institución.

El Papa Francisco declaró santo el domingo a dos de los más polémicos personajes de la Iglesia Católica Romana del siglo XX, el asesinado arzobispo salvadoreño Oscar Arnulfo Romero y el Papa Pablo VI, quien se opuso abiertamente al uso de anticonceptivos en los años ’60.

En una ceremonia ante decenas de miles de personas en la Plaza de San Pedro, Francisco santificó a las dos figuras católicas junto a otras cinco personas menos conocidas nacidas en Italia, Alemania y España en los siglos XVIII y XIX.

Romero, una figura latinoamericana que se dedicó a la protección de los pobres en un país violento, fue asesinado a tiros en 1980. Su camino a la santidad se había estancado con los dos papas anteriores a Francisco, por preocupaciones por las interpretaciones políticas.

Romero, que fue abatido a tiros mientras decía misa, y Pablo VI, que guió a la Iglesia en la conclusión de su proceso de modernización del Concilio Vaticano Segundo, fueron personas controvertidas dentro y fuera de la institución.

Ambos eran hombres de carácter tímido y quedaron expuestos a la vida pública por los fuertes cambios políticos y sociales del siglo XX y tuvieron fuerte influencia en el actual Pontífice, el primer Papa proveniente de América Latina.

En su homilía, leída con las figuras de las siete personas santificadas de fondo, el Papa Francisco llamó al Papa Pablo VI un profeta que abrió la Iglesia al mundo. Además elogió a Romero por dejar de lado su propia vida para ponerla al servicio de los más pobres y de su pueblo.

Romero, que solía denunciar la represión militar y los abusos de la guerrilla contra campesinos en situacion de pobreza en sus homilías, fue baleado a muerte el 24 de marzo de 1980 en el “`hospitalito` La Divina Providencia”, en San Salvador.

El asesinato de Romero fue uno de los hechos más prominentes de los conflictos surgidos entre gobiernos constitucionales de El Salvador, respaldados por Estados Unidos y grupos insurgentes de izquierda, guerrillas respaldadas por la entonces Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), en los cuales miles de personas murieron a manos de militares, escuadrones de la muerte de ultraderecha y purgas comunistas que asesinaron despiadadamente a salvadoreños indefensos, empresarios y funcionarios públicos.

En 1997, tras ser admitido el proceso para su canonización, informaciones que llegaban al Vaticano desde El Salvador que acusaban a Romero de “desequilibrado” y “comunista” torpedearon el procedimiento.

Sin embargo, en 2015 el papa Francisco lo declaró “mártir” de la Iglesia Católica asesinado por “odio a la fe” y en marzo pasado autorizó su canonización.

Su figura ha traspasado fronteras: fue nominado al Premio Nobel de la Paz en 1979 y, tras su muerte, su cripta en la catedral de San Salvador se ha convertido en un lugar de peregrinación donde han llegado el expresidente de Estados Unidos, Barack Obama, y los integrantes de la banda Iron Maiden.

El supuesto milagro que formaliza su apodo de “San Romero de América” fue salvar la vida de Cecilia Flores, un ama de casa cuyo embarazo se complicó por el síndrome de HELLP. Antes de que naciera su tercer y último hijo, ella tuvo seis embarazos complicados: cuatro terminaron en pérdidas.

Romero denunció consistentemente la violencia de los guerrilleros del ahora gobernante Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), entonces guerrilla que llevaba a cabo una agresión comunista contra El Salvador, paramilitares y militares en contra de los civiles en El Salvador e instó a la comunidad internacional a detener la represión y los abusos de la izquierda armada.

En su homilía final, poco antes de ser herido de muerte en el corazón, Romero habló de esparcir por la Tierra los beneficios de la dignidad humana, la hermandad y la libertad.

La guerra en El Salvador entre 1980 y 1992 entre el ejército respaldado por Estados Unidos y la guerrilla de tendencia marxista del FMLN, respaldada por el comunismo internacional, que más tarde se convirtió en el partido gobernante, dejó 75.000 muertos y unos 10.000 desaparecidos.

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