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Crónica de una pandillera en Virginia

Shannon Sánchez se había alejado de la MS-13. Después de estar en esa pandilla durante la escuela secundaria, se casó y tuvo cuatro hijos.

Pero cuando era adulta, volvió a caer en la MS-13 y ayudó a encubrir un salvaje asesinato de pandillas.

Hace unos días, la mujer de Leesbrug (Virginia) fue sentenciada en un tribunal federal de Alejandría a 70 meses de prisión. Después de que cuatro miembros de la MS-13 apuñalaran a un miembro de una pandilla rival hasta la muerte en una cantera de West Virginia hace dos años, Sánchez les quemó la ropa y les dio lejía para limpiar el cuchillo ensangrentado. Volvió en su camioneta, la que usaron para llevar a la muerte a Carlos Otero Henríquez, de 18 años, en busca de cámaras de videovigilancia.

“Las palabras no pueden expresar el remordimiento y el dolor que siento”, señaló Sánchez, de 36 años, a la madre de Otero Henríquez. “Desearía devolverte a tu hijo”, comentó.

Para sus propios hijos, que se sentaron en la corte, Sánchez también tuvo unas palabras de disculpa. “No dejes que mis errores determinen tu camino en la vida”, apostilló.

El abogado defensor Thomas Walsh comentó que Sánchez se volvió a poner en contacto con la pandilla después de que su esposo entrara en prisión. Para la fiesta de quinceañera de una hija, invitó a los niños a bailar con las chicas. Un amigo de un niño trajo un grupo que incluía a Dublas Lazo, un miembro de alto rango de una camarilla local de la MS-13.

Sánchez comenzó a alquilar el sótano de su casa de Leesburg a miembros de pandillas. A medida que muchos acudían a su casa, la policía se percató de la situación e instaló una cámara al otro lado de la calle.

Pero Walsh dijo en la corte que Sánchez actuó no como habilitadora sino como una presencia materna. Ella ayudó a tres miembros a salir de la pandilla, dijo Walsh, incluido uno cuyos dedos habían sido cortados con un machetes.

Al mismo tiempo también hablo de Lazo, un informante del FBI que ayudó a matar a Otero Henríquez.

Cuando Lazo y otros miembros de la pandilla pidieron prestado su vehículo en la noche del 21 de mayo de 2016, Sánchez estuvo de acuerdo. Cuando regresaron cubiertos de sangre, ella los ayudó a limpiarse los restos.

Walsh afirmó que Sánchez no estaba al tanto de qué había sucedido exactamente hasta que unos carteles de Otero Henríquez aparecieron en el vecindario unos días después. Pero incluso entonces, no confesó los hechos a la policía, que la entrevistó repetidamente. En cambio, ella trató de desactivar el sistema de navegación de su automóvil y fue en busca de cámaras de seguridad a lo largo de la ruta que los asesinos tomaron esa noche.

“Cuando ocurrió lo inevitable, ella eligió a la pandilla”, dijo el abogado auxiliar de Estados Unidos Tobias Tobler en la corte. “Por su ciega lealtad, ayudó a prolongar la agonía de una familia que busca a su hijo desaparecido”.

Una semana después del asesinato, agregó Tobler, Sánchez se involucró sentimentalmente con uno de los otros asesinos: Daniel Oswaldo Flores-Maravilla.

Walsh dijo que Sánchez actuó no por lealtad sino por miedo. Aunque se declaró culpable de su crimen, no cooperó con las autoridades por miedo a su vida y agregó que sigue recibiendo amenazas de muerte en la cárcel.

“Si ella hubiera cooperado con la policía, no estoy seguro de que estuviera viva”, remarcó en un tribunal.

El juez Liam O’Grady subrayó que apreciaba el bien que había hecho Sánchez, pero también citó lo malo.

“Le doy todo el crédito por tratar de convencer a la gente de que se vaya cuando creía que tenían la edad para hacerlo”, apuntó. “Tú también eres alguien que eligió ponerte en medio de toda esta actividad pandillera”, agregó.

La hermana de Sánchez ahora está cuidando a sus hijos.

Tres de los miembros de pandillas involucrados en el asesinato cooperaron y testificaron en el juicio contra otros cinco. Los ocho fueron condenados.

 

Con información de The Washington Post

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